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Un acontecimiento extrañísimo

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Marilyn Forero Olaya

La primera vez que me pasó, juré que algo extraordinario, o paranormal como le llaman, me había sujetado con violencia por la espalda mientras intentaba dormir. No podía respirar, traté de gritar pero el miedo hizo que la voz se cortara y que el sonido de mis alaridos fuera densos, sin vibraciones, algo así como voz pero sin sonido. No sé, no puedo describirlo con justeza.

Con el esmero de convencerme de que lo sucedido hacía parte de una teoría espiritista (por cierto, no sé si haya una teoría y tampoco que se llame espiritista) que afirma que el alma, en ciertas ocasiones, se desprende del cuerpo para navegar por el vasto e ingrávido terreno cósmico y cuando desea regresar entra al cuerpo de golpe. Siendo así, supuse que mi alma había entrado por mi espalda con tanto brío que ni pude gritar. Ni yo misma me lo creí pero como ya saben: mentir es más cómodo.

Muchos meses después, me aconteció algo extrañísimo. Algo que marcó para siempre mis noches de sueño. A eso de las seis de la tarde, un día de octubre de 2014 en casa de mi madre, decidí ver una película tan estulta que me dormí casi de inmediato; luego vino la entelequia. Mis pies descalzos alertaron a mi cerebro que pisaba un fangoso suelo, lleno de pasto muy verde pero también muy corto, el cielo era negro iluminado por estrellas titilantes, los grillos gritaban tan alto que tuve que taparme mis oídos, estaba despierta, lo juro. Lo extraño, y aquí reirán, es que a pocos metros de mí, Freddy Krueger, con su particular camisa a rayas, venía a toda prisa con un cuchillo. De inmediato recordé los consejos de sus películas: hay que despertar. Me detuve y con el carácter que me define dije: parece ser una pesadilla y como es mía yo decido qué pasará. Sin embargo, Krueger no paró y tuve que apurarme.

Corrí, grité y grité. Pero de nuevo mi voz no emitía sonido alguno. Abrí los ojos y yacía en posición fetal en mi cama. Lo de ese día no fue un sueño, era real, yo lo sentí real. Cómo es posible que en un sueño pueda intervenir de manera tan reflexiva y, además tomar un tiempo para decidir qué hacer.

Intrigada, consulté en san Google y descubrí que no estaba desquiciada, lo que ocurría tenía nombre propio, Parálisis del Sueño, una condición que afecta a miles de personas en el mundo, donde su característica principal es la incapacidad temporal para ejecutar movimientos voluntarios durante el sueño, donde se está consciente pero impedido para hablar. Con tan mala suerte que sus sueños resultan, casi siempre, como pesadillas.

Desde el 2014 hasta ahora, he vivido cerca de cinco a siete episodios, todos igual o peor de aterradores, con la diferencia de que ya adentro, lo llamo por su nombre: Parálisis del Sueño. Intento calmarme y aconsejarme que dentro de los próximos tres minutos estaré despierta.

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