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Laura Pereira

Seguro, en uno de esos días amargos en que ha caído en picada al hoyo
negro que llamamos fracaso, en una de esas horas en que se siente miserable, se ha preguntado: ¿por qué vine al mundo?, ¿por qué yo y no otro?, ¿cuál es mi sentido? Y para impulsarse a la luz y seguir caminando, simplemente se ha inventado un motivo idealista, esotérico, altruista o materialista; o tal vez, ha llegado a la conclusión general de que su vida debe tener un sentido importantísimo, pero que aún no lo conoce o no lo alcanza…  Cambiar el mundo, llegar a la cima, crear un invento inolvidable, dejar de sentir un vacío.

Como humanos, es inaceptable pensar que no vinimos a nada más que a andar a la deriva y a morir.  Por eso filósofos, religiosos, antropólogos y pensadores llevan siglos intentando hallar el sentido de la humanidad, de la vida propia. Es tan importante para muchos encontrarlo, que todavía en 2018 se pronuncian estas preguntas en las clases de los colegios y las universidades, mientras otros revisan su Facebook.

Pero ¿qué tal si el sentido de la vida, que pensamos tan importante, no es más que miedo al absurdo?  ¿Ha pensado, alguna vez, que simplemente vino a nacer, comer, reproducirse, envejecer y morir, como cualquier otro animal?  Obvio, no quiero crear un debate filosófico ni insultar a los intelectuales con mi ignorancia y vacío existencial.  Pero, sí quiero plantearle que, quizás, las ansias que usted siente por encontrar un sentido a su propia vida no son más que una invención necesaria para no desvanecerse al obligarse a asimilar el sinsentido. Una salida para no restarle importancia a su devenir y por lo tanto, a su propio ser.

Somos una especie que razona, por eso no admitimos como una posibilidad que seamos iguales a otras especies y que, como ellas no tengamos un motivo único de existencia. Sería el fin. Imagínese descubrir que es una simple coincidencia de la evolución o el resultado de la unión de un cromosoma y un espermatozoide cualquiera. Que no tiene más sentido que ser parte de un ecosistema y que sus acciones no afectan tanto como podría pensarlo.  Aceptarlo significaría que el hombre no es superior, ni tiene un fin único impuesto por el destino o su Dios. Que usted no es diferente al resto de los humanos, que no tiene una meta impuesta desde su nacimiento, que no es el rey de la tierra, que el camino es recto del parto, a la reproducción y la tumba, aunque tome decisiones diferentes, que no tiene poderes para cambiar el mundo, que no tiene que esforzarse porque no es su destino. Pero, que por miedo a aceptarlo continúa buscando una razón.

¿Si no tiene sentido la vida, vale la pena vivirla?  Por temor a responderse no, deja abierta la pregunta, y decide mentirse asignándose un sentido, un fin personal y uno a su raza, para continuar, una meta que busca cada día para que lo llene y que seguramente, morirá sin hallar. Por ésta vive agotándose, pensando que al ser impuesta por algo más fuerte que usted, es irrompible.  Eso nos pasa a todos, que volvemos la búsqueda de sentido, el sentido mismo de la vida. Por eso mentimos, por eso creamos el pajazo del fin, del tengo que vivir por algo, de la unicidad, que nos obliga a buscar una meta y a trabajar para alcanzarla, a auto-explotarnos. Mentimos para tener un por qué levantarnos cada día.

Quizá solo los llamados flojos, sin metas o incrédulos, descubrieron que su día a día no debería ser más que cumplir sus necesidades físicas y morir, haciendo las paces con el sinsentido que es su existencia, dejándose llevar por el tiempo hasta la muerte, evitando el sinsabor y la angustia que genera no tener respuesta, pero abrazando el golpe de no significar nada, de no buscar nada. Quizá ellos son los únicos valientes que entendieron que vivir sólo es ir dando pasos sin razón, adaptándose, siguiendo los instintos, reptando, esperando el final.

El lado amable de todo este planteamiento es que puede elegir entre la búsqueda de sentido como salvavidas, como impulso para luchar por metas y ganar alegrías (a pesar de saber que el vacío continuará hasta su muerte), o abrazar el sinsentido y descubrir que, aunque venimos al mundo sin un fin, la búsqueda de éste y los sentimientos de vacío, desperdicio propio y de estancamiento que vienen con él, son necesarios para que vivir merezca la pena.

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