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«Se salvó La Nacional»

 

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Por: Oscar Seidel

Era una opípara fiesta tal como acostumbraban los Bachiches a celebrar el fin de año. De un momento a otro, Bruno – el primo camorrero – cayó de bruces al suelo, y se armó la algarabía. Yo, Salvatore, estaba mirando el mar por la ventana, puesto que la fiesta era de los mayores. Mi hermano Giacomo  -quien cursaba tercer semestre de medicina en la Universidad Nacional- también estaba ausente revisando el libro de Anatomía que iba a utilizar en el próximo periodo.

Algunos alarmados comentaron que Bruno ingirió demasiada lasaña con salsa blanca y leche entera, y raviolis de requesón con tomate seco; otros de la familia especularon que era un cólico miserere o un vahído, producto de haber ingerido un vino añejo Vigna la Miccia de la Sicilia, y los más audaces se atrevieron a vaticinar que el primo se estaba haciendo el muerto para que las bambinas se le acercaran.

Como el primazo no despertaba, mi padre me alcanzó a ver recostado en la ventana, gritó “Salvatore ve a llamar a Giacomo, para que atienda esa masa informe tirada en el suelo”; quería además mi padre comprobar qué tanto mi hermano había aprendido en la universidad, y si la plata invertida en los estudios no era en vano. De manera diligente mi hermano se caló las gafas con lentes de aumento, se colgó el estetoscopio que mis padres le habían regalado de Navidad, y con toda la solemnidad de un galeno se puso a revisar al paciente. Le tomó la presión arterial y estaba bien, le dio algunos masajes al corazón y alcanzó a escuchar  unos latidos, pero Bruno no despertaba……La tensión empezó a aumentar en la fiesta, mi padre ya estaba desanimado porque Giacomo no  reanimaba al primazo, cuando el prospecto de médico se iluminó e hizo voltear el cuerpo, le hundió el estómago con las dos manos, y de manera inmediata se escuchó “un fuerte pedo con olor a mozzarella”. Mío caro tío Francesco que estaba pendiente de la experticia de mi hermano, como buen abogado que era, además de poseer un humor mordaz, sólo atinó a exclamar  “se salvó La Nacional”.

La fiesta continuó en medio de música napolitana especialmente La Dona e mobile y Funiculi funicula, vivas a Giacomo por el milagro realizado, y jamás volví a ver tan contento a mi padre como aquel fin de año.

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