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¿Qué se puede hacer salvo ver películas o escuchar a Luis Alberto Spinetta…?

Flickr, Natanael Amenabar
Flickr, Natanael Amenabar

Aquiles Cuervo (*)

Los poetas son los que siembran vida y muerte en las Ciudades Invisibles. Son el humo y la llama de nuestras supuestas conciencias. Cuando uno de ellos se extingue (¿se extinguen?) en un trance, a pesar de todo, inmortal, las calles cambian de color y los buses dejan de marcar su parada. Los poetas son los inventores e interpretes de los alfabetos secretos de las ciudades; son los engrasadores, los desengrasadores de nuestros días monótonos, tantas veces anodinos. Hoy hablaremos de uno de ellos y del recuerdo que vive en nosotros a través de su poesía, de su música de alas, y de nuestros pasos marcados por sus pulsos y pulsiones: ha muerto Luis Alberto Spinetta, causa y efecto del rock nacional, del rock argentino transcontinental, de las noches latinoamericanas de los últimos cuarenta exilios…ha muerto un Artaud. Se ha ido a tocar al cielo de los exiliados con Jimmi Hendrix, Pappo, Jim Morrison, Miguel Abuelo y tantos otros cronopios menores y mayores que han hecho de nuestra vida un modelo para armar y desarmar, for ever and a day…

Pocos como Spinetta pueden preciarse de ser cantores de las ciudades latinoamericanas, interprete de soledades demasiado ruidosas, poeta de cantatas de puentes amarillas, socio del desierto, donde siempre hay espacio para un antes y un después. Recuerdo la primera vez que escuché su voz, en uno de esos casetes grises símbolos de una época fugaz, entre el acetato, el CD… y el olvido. Fue una tarde principios de siglo, cerca de la Universidad Nacional. Creo que la primera canción que Ella me mostró fue una de la “máquina de hacer pájaros” y seguro fue Bubulina, soñada a dos voces con Charly García. Es esa canción que dice, hoy irónicamente “ya no es tiempo de mirar atrás”. Luego vinieron Almendra y Pescado Rabioso y Jade. Algo ya clásico. Algo tan sonoro como un poema póstumo y olvidado de Rimbaud. Toda una iluminación. Toda la música de Spinetta me impregna desde entonces, para nunca más dejarme al lado del camino…sin Ella. Vinieron luego años de misterioso amor y frenesí y de vivir intensamente con una “muchacha ojos de papel”, inoxidable. Después pasó el tiempo como en una película de Godard y las tardes-al-sol se fueron tornando del color de ese viejo casete que aún conservo pero ya no tengo donde oír, aunque no haya dejado de escucharlo. Sigue ahí en mi mesita de noche como una semilla que otros guardan en forma de fetiche imperecedero. Como un tatuaje. Ni siquiera está completa la grabación pues según recuerdo alguna vez grabamos algo con ella encima…algo encima con ella…algo imposible de recuperar…

Recuerdo también haber visto a Spinetta en Rock al parque en el 2004. Hace una eternidad. Fue una noche lluviosa, como tenía que ser, casi salida de una postal del cementerio Père Lachaise. El parque Simón Bolívar acogía a fans de tres generaciones y Spinetta cantó y cantó como poseído por sus Bandas Eternas. Cientos coreamos sus viejos temas de Almendra y de Jade, de color humano a alma de diamante y vimos muchos trenes, rigurosamente rockeros. Y algo en el ambiente trajo un aire marcial de bengalas perdidas…y presiento que esa noche una “abeja reina” no volvió a casa tal cual había salido.

Spinetta murió en esta primera semana de febrero a los 62 años en su Buenos Aires querido, interminable, que no termina de bajar y bajar por la Avenida Alcorta cicatriz hacía…¿hacia donde? Hacia donde Cerati esté. En la constelación del rock argentino, Spinetta deja una huella poética y musical indeleble. Sus historias que se bifurcan y nos bifurcan entre libros de la buena memoria, de arena, y túneles de héroes y tumbas, entre guitarras platea

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