El Magazín

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Manual para tomar una sola cerveza

A Natali, sin tilde.

 

Nélfer Velilla

 

Al menos pude saber dónde estaba. Logré ver la última notificación antes de que la policía me tocara la puerta. La mandaron a España. Ya me la imagino con una falda larga, leyendo salmos y haciendo planas del Génesis, cacheteada por una monja un par de veces si aún se les permite hacer eso. ¿Ha visto en algunas películas cómo la paradoja juega su papel y esas chicas terminan revolcándose entre ellas en los baños, con las libretas y la biblia bien acomodadas en las tapas de los inodoros? Bueno, usted no está aquí para eso. Usted quiere respuestas más sencillas. Algo que me sirva de defensa o lo que sea contra lo que catalogaron como trastorno.

Déjeme ver. A Elisa yo la veía todas las mañanas caminar al colegio. Según me dijo, odiaba que el carro la transportara esas seis cuadras desde su casa. Sí, es una pelada consciente. Varias veces me había visto barriendo la terraza. Yo le recibía los buenos días. Durante las tardes la sorprendía en la tienda comprando cualquier cosa, mientras que yo tenía la cerveza en la mano. Siempre me hacía carita de reproche, y miraba también, como contando, las botellas vacías en el suelo cerca de mí. Luego empecé a decirle que si era que quería una, y ella se enfurecía y me volteaba los ojos, pero volvía a mirarme impávida. Elisa tiene una manera peculiar de ser temeraria, se impone con un movimiento de las cejas. Algo como así, ¿ve? No, es que yo soy malo imitándola. Okey, continúo. La primera vez que llegó a la casa fue para hacerme una pregunta sobre la cerveza, que qué le encontraba de bueno. Pensé que le estaban enseñando ética y que se trataba de una tarea porque me habló sobre adicciones. “De bueno no le encuentro nada”, le respondí, “lo que sucede es que la cerveza sabe encontrarme lo bueno a mí. Ella da en ese punto preciso al cual sólo le basta llegar para deleitarme con el frío, con el sabor amargo, con la espesura de la espuma, con su ascenso imparable hacia el pico de su envase, con mi ascenso irreductible hacia el placer”. ¿Sabe qué me dijo ella? Que había leído algo sobre la naturaleza de los vicios, y que era sencillo dejar una fijación si se hallaban nuevas fijaciones menos nocivas. Me dijo también que lo mío con la cerveza era un capricho vulnerable al remedio. Yo le alcancé a creer cuando la hallé besándome incontrolable, pero la desmentí cuando acabó el efecto del alcohol de ese día, pues entonces me asusté por lo que había sucedido. De manera que fue ella la que me buscó el lado. Con esto podría quedar claro que yo no hice nada que pueda ser considerado como abuso. Asimismo, no negaré lo que vieron, que no fue más que mi indulgencia con las cosas que me convencen y me deleitan.

Las siguientes tardes Elisa apareció de nuevo en la sala, trayéndome falsas tareas. A sus padres yo les caía bien, así que le permitieron ir a que le ayudara, decían que yo era el más teso del sector y que qué bueno que la estaba motivando a estudiar, aseguraban que yo había conseguido un milagro. Cuando me dijeron eso, cuando me preguntaron si debían pagarme algo, me tocó guardarle el secreto a la pobre Elisa, porque ella me retribuía con el verdadero asunto de su visita, su desnudez, su valentía con la danza improvisada en el metro y medio de mi cama, y su consentimiento cuando yo destapaba una sola cerveza después de destaparle también el pecho, claro está, y ungirle besos en el punto que tiene más cercano a su verdadero olor. ¿Usted logró verla? Es que es hasta carebonita, alta, parece de mentiras, de fina porcelana, es flaca, y ya sabe lo que dicen de las flacas.

Yo no quería prohibirme abrirle la puerta, pues en algún momento, supongo, debí tener una de esas entrevistas con la consciencia; sin embargo, me permitía –ya sin tanto reproche– embriagarme de nuevo por su humedad, por su olor dulzón, reinventado en la mezcla con cualquiera de los cien perfumes de las revistas que le cedía su mamá; por la sensación de experiencia que se me antojaba al pensarla en la cama o, incluso, en la hamaca; por la placidez con la que elaboraba movimientos, también por la ternura que sólo se puede aspirar en la juventud y, por supuesto, por la cerveza que me esperaba como recompensa a causa de abandonar el repaso breve de las reglas de multiplicación, y regresar al encuentro con el desquicio, al que ella se refería como la simple y la llana sensatez, como la condescendencia con el deseo irremediable y con nuestros desaforados esfuerzos. Vea, yo cogía esa botella y la destapaba con unas ganas… apenas escuchaba el chasquido seco, que es más bien como un siseo instantáneo, yo sufría el efecto Skinner, salivaba y de nuevo tenía en la boca las piernas y el cuello de Elisa, vivo, espeso y caliente, como un antagonista de la capacidad de aquel líquido para arrebatarme la sed temblorosa de nuestro karma; o no, me parece, ahora que lo pienso, que era la mejor combinación, que no chocaban ambos sabores en su total capacidad para satisfacerme, que se conjugaban, porque, al vaciar la botella, nada más quería despertar a la chica para probar que el orden de esos factores no alteraba el producto exquisito e irremplazable, mezclado encima de mi lengua con total voluntad, exento de cualquier elogio que esperáramos escuchar por la magnitud erótica, mágica y reprochable de nuestros encuentros.

Parece, doctor, que le molesta escucharme la sinceridad, y a quién no, pero usted necesita detalles y, al parecer, yo necesito de la evocación. Quién iba a creer que Elisa, con esos pocos años, que no le alcanzan (por uno) a mi inocencia, iba a dominar las dotes de una experta ninfómana. Créame que ni el catolicismo ni el mismo Dios “la van a curar”, como dicen sus padres. Piensan, además, que fue cosa mía, que la infecté con algún veneno diabólico. Pero no, yo no soy ni la causa ni la finalidad (si lo fuera no me arrepentiría), es la locura de su sexo insaciable, de su ánimo voraz por la carne, ese que hasta me enorgullece de ella y por el cual tuve, durante aquellas tardes, lo que los franceses llaman bien la petite mort. Juzgue usted ahora. A mí ya me sobra pelear contra una corriente que me supera por épocas, y veo que lo que me queda es resignarme, entender que al final fue más nociva la fijación concentrada en la deliciosa piel de Elisa. ¿Y sabe qué es lo peor? Que aquí ni siquiera puedo tomarme una cerveza al día, sólo una, aunque sea una, así como esa culicagada me la enseñó a beber.

 @NelferVelillaG

 

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