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Mala peste analfabeta (Diatriba de un fraile intransigente)*

May God help me, Flickr, radiant guy
May God help me, Flickr, radiant guy

Anderson Benavides *

Dado que hoy por hoy vivimos en un mundo de asnos rematados con aires de personas instruidas y de contrabandistas de ideas tantas veces derrotadas y deshechas, siempre es grato y reconfortante saber que Dios se preocupó por dejar señalado el camino de la salvación en los representantes más preclaros del género humano, cuyas vidas cuajadas de sorprendentes aventuras, fe ciega, obediencia pasiva, amargas angustias, padecimientos y martirios, jamás les impidió cumplir con el piadoso deber de fundar sectas para regir los destinos de la tierra bajo sus enormes predicamentos; muy a pesar de que algunos filosofastros de rancia estirpe, tan hábiles en la venta de rompecabezas verbales como en pasar las noches de claro en claro bebiendo en compañía de rameruelas, se hayan atrevido en todas las épocas a poner en tela de juicio su veracidad y a componer libros lamentables en su contra. Por eso, con tanta interpretación utópica de la historia y no menos falta de fe dando vueltas por ahí, creo que no me equivocaré si hago una ligera defensa de las vidas de aquellos generales religiosos, en aras de infundir un sincero arrepentimiento en quienes tienen asegurado su lugar en el infierno tan pronto den con sus huesos en la tumba.

Es que, verdaderamente, uno oye entre los escépticos cosas cada vez más extrañas. Dicen los muy simpáticos, por ejemplo, que la Iglesia está esperando la segunda venida de Cristo para doblarle de nuevo el espinazo y revenderlo a mejor precio, que el fuego y la excitación al odio y a la venganza fueron los argumentos más efectivos de Moisés, o inclusive que Mahoma aprendió primero a mentirse a sí mismo para lograr más éxito mintiendo en sus discursos kilométricos. “Lo que les faltaba de instrucción en el cerebro a esta burda horda de oradores de bazar –he escuchado asegurar a algunos en medio de sus arrebatos– les sobraba de pericia en la lengua; apenas abrían su boca, parecía que se despeñara un río de una loma”.

Bien es cierto que Mahoma no sabía leer ni escribir, pero al fin y al cabo también lo es que no necesitaba instrucción alguna, puesto que su Corán le fue entregado por Dios en persona mientras meditaba contra viento y marea en tierras ignotas. Admitamos también que Jesucristo no dejó escrito ningún Evangelio y que era poco avezado en la lectura, aunque desde los albores del cristianismo se nos haya explicado muy bien que el Mesías traía desde su nacimiento la palabra de Dios en el bolsillo, lo cual lo libró de caer en los baches en que frecuentemente caen los “sabelotodo” que pasan la vida con las narices metidas entre los libros y sus contradicciones gratuitas. Ni que decir tiene que Ezequiel recibió la orden divina de comer pan untado de excremento; pues bien, ¿es que acaso hay en ello algo de otro mundo? Solamente los envidiosos, aficionados a sacar conclusiones apresuradas y deformes en extremo, ven en esto motivos de reproche.

Lo que no se concibe, y lo que empieza por hacer enojoso el caso, es que personajes que quizá ni siquiera estuvieron nunca bautizados y que apenas nacieron debieron ser agarrados a puñetazos por una comadrona, pertrechados con todo su armamento argumentativo y cargando toda su charlatanería como equipaje, hayan tomado las palabras sacramentales de los grandes predicadores para insinuar que las revelaciones del Todopoderoso en la persona de ellos no fueron más que producto de sus nervios trastornados, de frecuentes ataques de enajenación mental y de una dosis dominante de ocio y embriaguez en sus organismos. Sinceramente, es difícil admitir la existencia de tantos miopes sin sentido de la realidad entre nosotros.

Pongamos por caso a ese tal Spinoza –el cinismo encarnado en la persona de un hombre-, que sin avenirse a la menor concesión prefirió ser expulsado de su sinagoga con tal de seguir aferrado a sus frívolas ideas antirreligiosas. En verdad cuesta trabajo imaginarse que alguien nacido como judío afirme y repita sin vergüenza alguna que el Pentateuco no fue escrito por Moisés sino por Esdras y, por si fuera poco, que añada que los siguientes siete libros del Antiguo Testamento fueron redactados por el mismo autor en tiempos de la segunda cautividad judía en Babilonia y no después del Éxodo, como lo demuestra claramente y sin ninguna ambigüedad la Escritura.

Por otro lado, no existen palabras para reprobar lo que un aparecido que se hacía llamar “Barón d’Holbach” escribió en un libro pernicioso que, presa de su odio fanático contra el Redentor, tituló: “Historia Crítica de Jesucristo”. Se lee allí con tremenda indignación que el arcángel San Gabriel era en realidad un soldado romano que visitaba a escondidas a la virgen María en su casa, que de esos amores nació Jesús y que el santo carpintero José desapareció para siempre de sus vidas desde el mismo momento en que se dio cuenta del “engaño”. Alega además que en cierto evangelio apócrifo –cuyo nombre no importa- está escrito que el Salvador, con apenas cinco años de edad, dio muerte a un compañerito de juego por un supuesto inconformismo con el resultado final; que entre los doce y los treinta años de edad Jesucristo se la pasó vagabundeando en compañía de los esenios de Egipto; y que cada vez que se le pidió hacer un milagro bajo la supervisión de los doctos judíos de su tiempo rechazó la oferta, pero que jamás se negó a una invitación a comer o a beber vino en magníficos banquetes, donde se destacaba por despedazar a bocados por lo menos un par de reses; en pocas palabras, que siempre actuó como aquellos músicos que no cantan ni cuando se les ruega, pero que cuando nadie les pide que toquen no paran de hacerlo nunca.

Para colmo de males, otro de aquellos “ilustrados”, apellidado Diderot, supuesto creador de la novela moderna y precursor de la crítica del arte, no tuvo inconveniente alguno en sumarse a las farsas agrias y cochinas del infeliz d’Holbach, y dejó consignado dentro de sus frasecillas “ingeniosas” cosas como estas: “una joven vivía con un gran recogimiento; un día recibió la visita de un joven que llevaba un pájaro, y quedó embarazada. Y ¿se pregunta quién es el que le ha hecho el niño? ¡Vaya pregunta! El pájaro”. En general, basta repasar las palabras de los insignificantes chupatintas del “Siglo de las Luces” para concluir que en ese siglo enfermo lo que no cesaron fueron los equívocos, las burlas mordaces y la ignorancia deliberada.

¿Y el bufón de Voltaire qué?, preguntará forzosamente quien se pare un instante a examinar el asunto. Sería absurdo detenerse –respondo-, sobre las cosas que salieron de aquella cabeza piojosa condenada a no tener conciencia, pues el silencio es el mejor látigo ante esta insensata caricatura que jamás entendió el lenguaje humano. Por lo demás, sus tonterías andan tan debilitadas hoy, que mañana no encontrarán quien las repita.

De ahí en más se siguieron sumando a semejantes pensamientos imposibles de todo punto los alemanes del Siglo XIX, que sin vacilar un instante hablaron contra la divina providencia en un tono más rígido e insólito, como si lo hicieran mientras se retorcían en medio de los dolores de un parto. Es de suma importancia recordar que entre ellos se destacó un pedante que, aparte de insultar en todo momento a la humanidad como si viviese en una elevada atalaya cultural, arremetió cual perro hambriento contra todo lo que oliera a cristianismo o a sus sapientísimas sentencias, y que, expresamente para destacarse de los demás, tuvo el descaro extraordinario de dar a Dios por muerto y celebrarlo con bombos y platillos, cuando él mismo fue quien acabó sus días desamparado y aguantando malos tratos en un sanatorio mental. He aquí la mejor muestra de cómo suelen terminar quienes apuntan su escopeta y tiran a matar hacia donde menos deben… por muertos así nadie llora.

Los rusos de la misma época tomaron en sus novelas “realistas” la causa del pueblo por la de la justicia, creando ciertos ambientes fantásticos y movimientos demasiado intrigantes en los que la Santa Iglesia no vino a resultar siendo más que un estorbo para la dirección de las cuestiones políticas. De tal suerte esa literatura volandera llegó hasta el extremo de hacer cada vez más frecuentes los casos de suicidio entre sus cándidos lectores, que no podían ver en el porvenir más que territorio minado y agua turbia.

Y no hay que olvidar a los franceses, por supuesto, que si bien disminuyeron considerablemente en número respecto a los del nefasto siglo XVIII, tuvieron entre sus filas un par de continuadores y defensores a ultranza de las ideas cavernosas de sus difuntos compatriotas. Afortunadamente, y paradójicamente gracias a las constantes revoluciones que trajo consigo la ilustración, fueron pocos los que mostraron disposición de tenderles una mano literaria, puesto que sería el romanticismo –o lo contrario al volterianismo- el que alcanzaría mayor popularidad en ese país, apoyándose siempre en las políticas eminentemente procatólicas para ofrecerles a los hombres una vida más desahogada con entretenimiento en lugar de críticas hueras o manifiestos rimbombantes. Renán, por consiguiente, no vino a ser más que un simple gusano opacado por el encanto misterioso de las novelas amorosas.

Pero detengámonos aquí, y no caigamos en la tentación de volver a refutar cosas que se refutan por sí solas. Como se sabe, salvo rarísimas excepciones, es bastante pedirle al hombre de letras que haga daño, así que de poco o nada sirve responder a cada una de las alucinaciones diabólicas de gentes que desempeñaron la actividad más grosera con la que ha contado la humanidad en toda su historia: la filosofía acusatoria y su mar sin orillas plagado de ultrajes cada vez más hirientes. Por lo demás, estoy persuadido de que las personas que aún hoy encuentran deleite en los libros de estos escritorzuelos de mediano fuste tendrán que resarcir sus faltas cuando llegue la hora del juicio final -si es que para entonces queda alguna-.

Después de todo, ha sido en realidad una suerte contar entre las capas superiores de nuestra intelectualidad a autores como Carlyle, quien preocupado por la inquietante situación de su tiempo buscó sus héroes entre los hombres a los que acatar la Biblia no les resultó demasiado difícil, esclareciendo de paso el camino de la teología y aconsejando de la manera más sumisa, entre otras tantas cosas de invaluable utilidad, que la Teocracia debía ser la forma suprema de gobierno y el fin principal de cualquier Estado que buscara destacarse sobre los demás. Su culto a Cromwell, y la defensa al legítimo uso de “la espada y la Escritura” por parte de este militar con alma de sacerdote son de una brillantez cegadora, moralmente paradisíacas y de una magnanimidad sin parangón alguno. Su elogio a Lutero, la explicación de cómo retaba al diablo y la forma como lo espantaba tocando su flauta ni más ni menos que si fuese una mosca, echa por tierra ese argumento facilista de que “no hay guerra sin avaricia”, pues de sobra se sabe que ninguna de las que trajo consigo la reforma cristiana fue motivada por el poder o las riquezas. ¿O acaso es posible encontrar en estos tiempos más ricos que pobres entre los pastores protestantes?

¿Y cómo olvidar al archiconocido Pascal? Aquel hombre aventajado no solo entre los de su época, sino también el primero entre la pléyade de pensadores de todos los siglos. Si, por ventura, este excelente cristiano se hubiese consumido como una vela tratando de armar revuelos con juicios devoradores contra la religión, tal como lo hicieron sus herederos con conceptos diametralmente opuestos a los suyos, seguramente sus postulados matemáticos no pasarían de meras fórmulas que jamás habrían alcanzado ni un átomo de verdad.

En efecto, una mente que dejó para la posteridad un libro como los Pensamientos tiene que haber sido inspirada por una fuerza sobrenatural o por el mismísimo Dios que le dio vida, ya que no cabe imaginar que alguien haya concluido sin ayuda del centro de enseñanza de mayor rango cosas como que: “Es justo que un Dios tan puro sólo se descubra a aquellos cuyo corazón está purificado”; que “Dios se oculta a los que le tientan y se manifiesta a los que le buscan”; que “Dios ha de reinar sobre todo y todo referirse a él”; y, sin duda lo más importante, que “Solamente hay que amar a Dios y no odiarse más que a sí mismo”. Tanto mejor es que haya asumido valerosamente la defensa del Redentor ante los impíos obstinados en negar su existencia, diciéndoles que: “Josefo y Tácito sí hablaron de la existencia de Jesucristo, pero alguien suprimió de sus obras estos pasajes o los desfiguró”; que “Para probar a Jesucristo contamos con las profecías, que son pruebas sólidas y palpables”; y que “Sin Jesucristo el mundo no subsistiría”. Muchísimo más notorio es lo que apuntó sobre los milagros y el pecado: “No es posible creer razonablemente contra los milagros… Toda la fe reposa en los milagros”; “Cuando haya discusión en la misma Iglesia, el milagro decidirá”; “Es peligroso ser tentado, y cuando alguien es tentado, ello se debe a que no reza”. Y ni qué decir tiene respecto a las palabras pronunciadas casi con aire de pecador arrepentido en favor de la Santa Iglesia: “La historia de la Iglesia –dijo– debe llamarse propiamente la historia de la verdad”; “La Iglesia ha subsistido –añadió– gracias a que la verdad no se discutió, o si se discutió estaba el Papa, o si no estaba la Iglesia”; “La Iglesia enseña y Dios inspira –habló a los que a menudo eligen el cauce erróneo-, ambos infaliblemente”; y, brillando por sí mismo e iluminando los caminos venideros, advirtió como un verdadero profeta a los ateos empedernidos que sacan a la luz hasta la más insignificante de las faltas del clero: “Hay que ir a Dios por la Iglesia. Quien no está a favor suyo está en contra suya”.

Definitivamente la lucidez y clarividencia de este humilde servidor del Señor marcaron toda una época en la historia de nuestra civilización, pues fue incluso capaz de autocalumniarse y vituperarse para enseñarnos a soportar las pesadas cargas que trae consigo la mancha del pecado original. Dondequiera que se encuentre, nunca será demasiado tarde para demostrarle nuestra gratitud a este docto salmista, más aún cuando en estos días andamos tan faltos de nuevos talentos y de cosas tan preciadas para nuestras almas, siempre expuestas a ser llevadas de un lado para otro por todo un contingente de burros que deberían por lo menos ser condenados a morir ahogados en un fangal profundo. ¡Bienaventurados sean Pascal, Carlyle y todos aquellos que cifren sus postreras esperanzas en un gobierno de curas!

Ignoro lo que pensará el lector a estas alturas, o si concuerde conmigo en todo lo que he dicho, pero si hay algo que no puede escaparse a ningún entendimiento capaz de pensar es que nuestra mayor desgracia actual radica en la incredulidad y en la falta de fe. A mi entender, solamente una cosa es cierta, y es que quienes todavía intentan “razonar” sobre los asuntos sagrados, tratando de suplantar sus sabias enseñanzas con tesis que se vienen al piso por sí solas, no son más que mayúsculos sinvergüenzas que creen llevar toda una mole de “verdades” en su trastocada cabeza, sin saber que a la postre terminarán como todos los siniestros personajes que se han empeñado toda la vida en vendarnos los ojos con sus artilugios: viendo cómo se les va por debajo de los pies el firme terreno que pisaban en el mundo no bien llegue la hora de su castigo. Las cuentas, amigos míos, distan mucho de haber sido saldadas por completo.

*Fragmento del libro “La Raíz Teómaca y sus Retoños”, por Fray Juan Jueves. Disponible para consulta en la Biblioteca de la Conferencia Episcopal, Sala de San Antón, Sección “Libros y Artículos de Carácter Oficial”.

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(*) El autor. Colombia, 1985. Desempleado. Filósofo sin título, facultad hoy día inaudita. Autor del libro de ensayos Teómacos y Pesimistas, inédito a despecho de su autor y en perjuicio de la humanidad.

 

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