El Magazín

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Coca-Cola colors

  

Coca Cola, Flickr, Omer Wazir
Coca Cola, Flickr, Omer Wazir

Fabián Mauricio Martínez  González *

Un muchachito rubio y bien bronceado estaciona su mini-cooper frente a su mansión en Malibú. El día es soleado, sin una sola nube. El rubio tiene dieciséis años, es rico y famoso. Abre la puerta y, sin saludar a nadie, pasa de largo por un vestíbulo donde varios chicos beben coca-cola. El muchachito, nervioso, acelera el paso.

Al llegar al muelle privado, descubre con horror que algunos de sus amigos han robado su propiedad más preciada: una nevera clásica llena de coca-cola. El rubio, visiblemente ofendido, observa el espacio del que fue arrancado el refrigerador, las cadenas reventadas, y su expresión cambia al divisar a sus amigos huyendo en un yate, a escasos cincuenta metros. El muchachito corre hasta el parking acuático y emprende la persecución en una jet ski. Los otros, al percatarse de que son perseguidos, activan el sistema de defensa del yate y en un parpadeo, la proa es invadida por cañones y ametralladoras. Se abre fuego y el rubio esquiva con una pericia James Bond los misiles y las balas. Recuesta la moto sobre las olas, efectúa eses temerarias y se va a acercando heroicamente al yate. Una rampa roja aparece en medio del mar, y el rubiecito acelera y se arroja sobre los ladrones quienes no tienen otro remedio que lanzarse al agua. Los chicos, derrotados, flotan en el mar abierto y observan con rabia el barco que se aleja con el botín: la nevera de coca-cola.

La última escena muestra al rubiecito dirigiendo el yate, mientras bebe una coca-cola fría. En la pantalla, el tradicional logo y el eslogan de turno, rematan el comercial. Con la boca abierta, un cantinero y un negrito harapiento observan el sucio televisor. El negrito, bajo un sol de los mil demonios, acaba de salir de una ciénaga  llena de basura. Cruzó a nado doscientos metros, desde el rancho donde vive con sus padres y cuatro hermanos, hasta la tienda de yotojoro que flota en el cenagal. El cantinero limpia la barra, se seca el sudor con el mismo trapo y se queda mirando al negrito. El niño observa las coca-colas de la nevera. El cantinero carraspea y el negrito le entrega una moneda, señalando las coca-colas del congelador.

-Esto no te alcanza pa’ una botella completa.

– No importa, dame pa’ lo que alcance.

El cantinero busca bajo la barra y saca una botella con un cuncho de coca-cola caliente. El negrito saca el pitillo sucio de la botella y lo arroja a la ciénaga. Bebe a pequeños sorbos, sonríe, pensando en quién sabe qué cosas.

-Gracias canti- y le devuelve la botella al tendero.

El negrito se zambulle en la ciénaga y entre cartones y plásticos, nada de regreso a casa.

  

Dark horse in the barn, Flickr, pmarkham
Dark horse in the barn, Flickr, pmarkham

Caballos desbocados

El abuelo llegó con la revista bajo el brazo y los nombres de los posibles ganadores, relampagueándole en la cabeza. Antes de su primera apuesta ordenó una cerveza. La paladeó poco a poco y así aquietó su mente atribulada, con las combinaciones y felices predicciones, hechas en la soledad de su cuarto la noche anterior. Era un viejo experimentado y no podía dejarse llevar por la ilusión de las victorias anticipadas. Debes saber jugar se repetía a medida que bebía.

Con la idea de calentar motores, comenzó apostando un par de billetes a una pareja de caballos mediocres. Tal y como lo esperaba no ganó nada, pero entró en ambiente para la larga jornada que se venía. Al mediar la mañana, achispado por las cervezas y revisando los apuntes de su libreta, escogió dos caballos que, según sus estudios, constituían la quiniela ganadora de esa carrera: Cabrera Infante e Hiroshima, dos pura sangre cabalgados por un experto jinete cubano y uno japonés de moderada experiencia. No reprimió su grito de alegría cuando Cabrera Infante e Hiroshima hicieron el 1-2, pese a las miradas recelosas de los otros apostadores, quienes movían la cabeza incrédulos ante la extraña carrera. Lapislázuli había arrojado a su jinete al suelo y Medias de Seda– el favorito de los especialistas- se había detenido en mitad de la competencia, negándose a mover un músculo más. Después de la carrera, Medias de Seda fue sedado con un dardo y sacado a rastras de la pista.

Doble orgullo para el viejo. El de la victoria de los caballos y el de su victoria por encima de los arrogantes especialistas de la hípica. El abuelo cobró, pidió más cerveza y se sentó muy sereno a observar las otras carreras. Se sentía en las nubes y no le importaba el olvido al que había sido relegado por sus hijos. Su esposa, una buena mujer llamada Mariluz, había fallecido en junio del año pasado y hacía seis meses que no recibía una llamada ni una muestra de cariño de sus hijos. No los necesitaba, recibía una pensión decente y su salud era estable.

Había conocido a Mariluz en un antiguo hipódromo, una inolvidable tarde de marzo, en la que ella vestía un traje de flores y llevaba el pelo en dos trenzas negras. El hipódromo había sido demolido para construir un centro comercial, el traje de flores estaba en una caja de zapatos en el closet del viejo, y las trenzas se habían ido cayendo poco a poco. Sacudió la cabeza buscando espantar los recuerdos y acabó la cerveza de un solo trago.

A mediodía fue a almorzar a un restaurante de comida oriental. Ordenó pollo szechuan y se sintió levemente importante. Recordó que su mujer fue la que lo inició en las artes de la buena comida, y tuvo que secar sus lágrimas mientras esperaba la cuenta del mesero.

En la tarde, en un arranque de optimismo, el abuelo apostó las tres cuartas partes del dinero que le quedaba. Lo hizo a la combinación Gato bajo la LluviaAnne Moore. Un caballo corpulento y una yegua dorada, como  la cerveza que ya le obnubilaba el juicio. Sus dos caballos no eran tan malos como sus jinetes, y en un abrir y cerrar de ojos, el viejo perdió casi todo el dinero.

Esperó la próxima carrera, sintiendo que toda su vida se justificaba en ese movimiento. Consultó la revista desaliñada, sus estudios en la libreta, y en el último minuto echó al diablo los cálculos e hizo caso a su corazón, que prefería una yegua llamada Marylou y un caballo apodado Rayo de Plata. Invirtió todo el dinero en esa quiniela y con pánico creciente, se sentó a observar la caída de su pequeño imperio personal.

Horas más tarde, acostado en su cama, el viejo continúa oyendo el fragor de los cascos sobre la pista, la risa de su esposa que lo abraza y le señala los caballos, mientras él muerde un desteñido traje de flores.

Supermarket, Flickr, Brad K
Supermarket, Flickr, Brad K

Artículos para el hogar

La muchacha viene todos los viernes y hace lo mismo: se pasea por la sección de cosméticos, abre las cremas, toma el aplicador de perfumes, se pone un poco en el cuello. Va hasta los licores, compara el precio de los vinos, estudia las botellas y fechas de cosecha. Después, corta unas libras de jamón y acomoda todo dentro de la canasta que pasea por el supermercado sin comprar nada. En la sección de frutas y verduras, descarga la canasta, sumerge sus manos en las uvas, huele las mandarinas y arrulla las sandías. No exagero, la chica de pañoleta y botas de gamuza roja, acaricia y canta a las frutas. No sé qué podrá cantarle una mujer a una sección de frutas, pero así pasa, todos los viernes.

Yo la observo, con total impunidad, desde mi puesto de cajero del supermercado. Aunque siempre estoy rogando porque nadie más la vea, porque aquí ese tipo de conductas están absolutamente prohibidas. La vez pasada, un hombre que bebió la cerveza antes de pagarla fue conducido por los vigilantes al cuarto frío. El martes pasado, una mujer metió un encendedor en su bolsillo. Las cámaras la detectaron y dicen que está, junto a varias personas más, en el refrigerador de los mariscos. Yo no quiero comprobar si es cierto, cumplo con mi trabajo y ya. Por andar fisgoneando, a la señora de la panadería, la llevaron a los refrigeradores. Elkin, el encargado de las basuras, fue arrastrado por los guardias, luego de pelearle a un cliente que botó dos cáscaras de banano al suelo, tras comerlos. Al cliente lo llevaron a los cuartos fríos también. No sé que le pueda pasar a una chica que le canta a las sandías y que llena su canasta para no comprar nada. Ruego porque el próximo viernes, que es quincena, ella no venga por acá.

Los días de quincena resultan abrumadores, la tienda se colma de familias arrogantes que lo tratan a uno como sirviente. Los días de quincena, los guardias y las cámaras se concentran en las cajas registradoras. 

Hoy la muchacha ha venido sin pañoleta. Tiene el pelo cafecito y es tan bonita que dan ganas de abrazarla hasta la muerte. La tienda está a reventar. A la chica no le importa, pero no puedo espiarla, porque hay un niño gordo que me exige la caja de chocolates que su madre pagó. Un momento, debo registrar el detergente, la escoba, la cera para piso, el desinfectante y un montón de artículos más. El niño gordo grita que quiere los chocolates ya. La madre continúa poniendo artículos sobre la cinta deslizante. Dos guardias se acercan. Intento sacar los chocolates de la bolsa, pero los artículos de la cinta se apilan y caen al suelo. El niño gordo toma una bolsa de detergente y la hace añicos. Grita que le arden los ojos, mientras su madre llena la registradora con botellas de coca-cola que se quiebran en el piso. 

Los guardias me empujan hacía el cuarto frío. Ya era hora que cambiaran a ese cajero tan inútil, alguien comenta cuando me llevan. Observo que la muchacha se encuentra en la sección de frutas. Huele con suavidad las naranjas. El guardia más cercano se pone alerta. La chica toma un pimentón y le canta. El guardia va por ella. Yo aúllo, pataleo. El guardia se olvida de la chica y corre al sitio donde me golpean sin piedad.

Sobre el suelo, antes de recibir la patada en la cara, sonrío al ver entre las docenas de zapatos corrientes, las botas de gamuza roja alejándose tras las puertas.

 Casino. Flickr, http2007

Don’t forget the Joker

El escenario es un casino solitario. Falta poco para que amanezca y hay dos hombres que esperan porque las cinco cartas sean descubiertas. Su juego fue repartido y cada uno tiene dos cartas entre manos. Hay una suma considerable en juego,  producto de las apuestas de toda la noche.  2000 grandes dice el Primer hombre. Pago tus 2000 dice el Segundo.

Los dos miran al crupier que desecha una carta y descubre tres sobre el paño verde: un diez de corazones, un rey de corazones y un as de corazones.  La boca del Segundo hombre tiembla, el Primero se percata y disimulando que tiene una muy buena mano, apuesta cinco mil más. El Segundo se sorprende y paga dubitativo la suma con sus fichas.

La cuarta carta es una reina de corazones. El crupier observa a los dos jugadores con neutralidad, en sus huesudas manos baila el azar que sentenciará la noche. El juego es del Segundo hombre casi por completo, sólo un milagro salvaría al otro. Él lo sabe y lo apuesta todo, el Segundo no se amilana y pone todas sus fichas en la mesa: All in.

Antes de que el crupier descubra la quinta carta, el Primer hombre saca una pequeña pistola de su zapato y le dispara en la cabeza al ganador. Apunta en la nariz del tallador y reclama todo el dinero.  El crupier alcanza un maletín que está sobre la mesa contigua, lo abre, le enseña los billetes y le entrega el botín. El Primer hombre cierra el maletín y sale del casino justo cuando el sol empieza a despuntar los cerros orientales.

El crupier sigue con sus ojos la retirada del traidor, y los pone sobre la sangre del muerto derramada sobre el paño. Con un gesto instintivo, aparta las cartas de la hiel roja y les da vuelta. Las cartas del asesino, que el tallador observa con ojos aterrados, son un ocho de picas y un gracioso y estúpido joker.

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(*) Nació en Bucaramanga la madrugada de un 14 de junio de 1980. Estudió Literatura en la UIS y en el 2008 ganó por tercera vez la Mención de Reconocimiento del Concurso Nacional de Cuento de la Universidad Externado de Colombia y además,  ganó el II Concurso Nacional de Cuento RCN y MEN Homenaje a Tomás Carrasquilla. Trabaja como director del taller de literatura RENATA-UIS y acaba de publicar para Editorial Norma, el libro “Me llamo José Antonio Galán” de la colección juvenil “Me llamo…”. Su primer libro se titula “Una ciudad llamada Bucaranada” y los cuentos cortos publicados acá hacen parte de un segundo libro llamado “Apuntes sobre Homo Sapiens”. 

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