El Hilo de Ariadna

Publicado el Berta Lucia Estrada Estrada

MARÍA HELENA GIRALDO

la ciudad de tus ojos

 

“Vengo de la guerra/ Con las manos vacías/ Y el corazón ardiente”

Estos versos dan inicio al libro “La ciudad de tus ojos” de María Helena Giraldo, presentado el pasado jueves 11 de octubre en Envigado (Antioquia). Desde el primer verso la poeta se erige como testigo de la historia, es la memoria que evitará que el horror, el dolor y el desamparo sean cubiertos por el manto del olvido y en ese trayecto bordea precipicios, siente su piel lacerada por el escenario permanente de la muerte. No obstante, se vislumbra un espacio para la esperanza: “… me pregunto/ Por tu cama limpia/ oliendo a jazmines”. Así luego hable de Medellín “agazapada en el miedo”, pero que deja abierta una ojiva: “Exorciza el carnaval de la muerte”. Caminante eterna, tropieza con piedras, pero se levanta y sigue su trasegar con los ojos abiertos, para no perder ni una sola imagen de la desolación del paisaje, así lleve “odios tatuados en la piel de los días”.

Y aunque Medellín, o Filadelfia, el pueblo que la vio nacer, estén presentes en su poesía, ésta deja de ser local para ubicarse en un poblado de cualquier continente. Y al mismo tiempo su poesía es atemporal, puede hablarnos del Egipto faraónico o puede remitirnos a la última masacre ocurrida en cualquier villorrio colombiano o africano. O bien Nueva York, donde los autómatas se estrujan los unos a los otros o se fagocitan entre sí, en esa lucha sin tregua que es la supervivencia. Autómatas que se cruzan con las sombras de desplazados de esa otra guerra fratricida que asola los campos de la patria herida.

  En “La Ciudad de tus Ojos” María Helena García se reconoce como hija de la tierra, de esa Pachamama ancestral tantas veces violada y vilipendiada. Pero también se reconoce como una eterna tejedora, salida de los talleres de Aracné. Y aunque su poesía es atemporal, la poeta se erige en Memoria, en lucha contra el Olvido; es la poeta-testigo que nombra y denuncia, y clama y se desgarra para que la injusticia no quede impune: “Desde que el último cataclismo/…Arrancó las raíces de la selva/… Siempre he estado”.

En la tercera parte, “Con las manos abiertas”, la poeta, eterna viajera, regresa a sus orígenes, a su infancia perdida en el tiempo y en la pesadumbre. Con este poema cierra el libro; y con un acertado verso, “Escondiéndonos en la noche”, María Helena Giraldo se erige como la poeta-niña, la poeta-anciana, cuya edad milenaria se pierde en el fondo oscuro de la memoria.

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