El Hilo de Ariadna

Publicado el Berta Lucia Estrada Estrada

CARTA ABIERTA A ÓSCAR IVÁN ZULUAGA: DIMITA, UNA CUESTIÓN ÉTICA

Es muy posible que usted no sepa quién soy yo, puesto que los hombres políticos rara vez miran hacia abajo; solo lo hacen para mirar al contendor  y así poder estar alertas para responder a la menor provocación. Pero, aunque no lo conozco personalmente, he escuchado decir que usted es un hombre de bien, y alguien, que cree conocerlo muy bien, dice que “usted merece ser presidente porque tiene una familia muy bonita”; y yo no tengo porque dudar que eso sea cierto. No obstante, uno no llega a la presidencia de un país porque tenga una familia armoniosa. Se necesitan muchas otras cualidades, no sólo intelectuales y personales, que usted seguramente posee, y que no discuto, pero eso no es suficiente. Tampoco dudo que usted sea un hombre honesto; pero en estos últimos días esa imagen se ha ido difuminando a unos pasos bastante rápidos.

Un hombre, me refiero a la especie humana, no al género, debe saber rodearse de personas probas, sabias, mesuradas y respetuosas; debe condenar todo tipo de violencias verbales y físicas;  debe alejarse de los que llaman a la guerra y al delirio,  debe poner una linea divisoria entre sus ideas y las que promueven el terrorismo verbal que conlleva al fratricidio, debe combatir las ideas que en vez de construir destruyen; lo que no hace sino sembrar el caos en una tierra arrasada por una guerra que dura ya cincuenta años, y que hace que ni usted ni yo, ni sus hijos ni mi hijo, hayamos conocido nunca la paz-. En otras palabras, un hombre de bien debe saber elucidar el comportamiento ético del comportamiento que genera violencia y podredumbre. Un hombre de bien debe alejarse de aquellos que aúllan en las noches de plenilunio – aún bajo el sol ardiente del trópico o en las montañas barridas por el viento-, y cuyo eco resuena en los abismos; eco que impide que los nietos que están por venir, sus nietos y mis nietos, y los cientos de nietos de millones de colombianos de bien, también estén condenados a otros cincuenta o cien años de olvido y de miseria.

Me refiero, por supuesto, a la miseria humana. Me refiero al dolor que se instala en los más profundo de nuestro ser, y que nos carcome lentamente, convirtiéndonos en una jauría de hursas horribilis muy peligrosas; poniendo en evidencia los oscuros móviles que mueven a unos pocos para manipular y corromper todo lo que los rodea. Hay personas que son aceite, por lo tanto no se mezclan nunca con el agua transparente; en cambio, pueden inflamarse con una llama diminuta y luego transformarse en un gran incendio, para el cual no habría agua suficiente para apagarlo.

Usted sabe muy bien a qué y a quienes me refiero. También estoy segura que usted lo que desea es ser un ejemplo de paz para sus hijos y un motivo de orgullo para su esposa; así que si desea que ese orgullo prevalezca en los decenios a venir, y que ese orgullo también lo sientan sus nietos, debería renunciar irrevocablemente a esa carrera sucia que se ha instalado en todo el territorio nacional en pos del Palacio de Nariño. Sé que la ecuanimidad, pregonada por muchas personas que creen conocerlo muy bien, le dice, minuto a minuto, que los colombianos no somos una estirpe condenada a desaparecer; como si pasó con la estirpe que Gabriel García Márquez, nuestro escritor insigne, describió en su portentoso libro Cien Años de Soledad. El mismo escritor, al que una de las acompañantes del desafortunado partido político en el que usted milita, condenó a las llamas eternas. Otra prueba fehaciente de la estupidez humana, pero sobre todo de la miseria humana que corroe las entrañas del temible movimiento Centro Democrático. Movimiento de extrema derecha. Vástago de movimientos fascistas que han dejado una estela de horror, y que nos ha privado de tener más Leonardos, Miguelángeles, Picassos, Mozarts o Yourcenares. Sobre todo porque el presupuesto de la nación, que debería servir para una mejor educación, salud, generación de empleo, entre otros aspectos, va directamente a las arcas militares y al bolsillo de locos que se bañan cada día en la sangre de sus hermanos.

Una vez más señor Zuluaga, mesura y honestidad es lo que esperamos de usted, por favor, por el bien de Colombia, ¡dimita!

Atentamente,

Berta Lucía Estrada Estrada

 

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