Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

Una prosa de Emilia Conejo

Como tantas otras veces anteriores con otras amistades, también en esta le cedo el espacio de mi blog a Emilia Conejo, amiga mía que vive en la provincia de Madrid, al pie de la sierra del Guadarrama, y que me envió esta prosa suya sobre Natalia Goncharova. Prosa que, según me dijo, comenzó a escribirla al pie de la catedral de Colonia, la ciudad donde vivo, o más bien sobrevivo, sentada en un café cercano al Museo Ludwig, después de visitar una exposición gracias a la cual descubrió la obra de la pintora rusa. El texto me gustó tanto que le pedí permiso para incluirlo en mi blog, y con su nihil obstat aquí se los entrego, esperando que lo disfruten tanto como yo.

 

“No son mujeres, son catedrales”
En recuerdo de Natalia Goncharova

por Emilia Conejo

 

En el estudio de la calle Jacques Callot, en pleno barrio latino, se amontonan decenas de cuadros de cara a la pared. Son las catedrales inconclusas, esas obras que Natalia Goncharova ha abandonado a medio hacer. No puede soportar los trabajos sin terminar, no quiere verlos, y los castiga como a niños de escuela. Algunas de esas pinturas tendrán una segunda oportunidad y volverán a mirar hacia la ventana y a poblar con sus colores el cuarto diáfano que han alquilado en París durante el exilio ella y su marido, el también artista Mijáil Lariónov. Natalia está preparando una exposición de sus mujeres para la galería de Paul Guillaume, donde ya expuso hace dos años junto con Mijáil, y donde conoció a Apollinaire, que quedó prendado, imaginamos como tantos, de su obra.

Natalia se sonríe al recordar lo que comenzó como el reproche de un crítico que, al ver sus mujeres, exclamó: “¡No son mujeres, son catedrales!”, y piensa en Louis Leroy, que unas décadas atrás lanzó el adjetivo “impresionista” como un proyectil envenenado para referirse a la exposición de 1874, aquella en la que estaban Pissarro, Degas, Renoir o Cézanne. Pero, al igual que entonces, la historia ha dado la vuelta a la crítica, y Natalia ha pasado a ser conocida en efecto como la autora de las catedrales, pero no por el tamaño aparentemente desproporcionado de sus figuras, sino por la épica que ella les confiere, por esa capacidad suya para reconocer al gigante en una mujer anónima. “Los obstáculos a las catedrales, esa es precisamente la biografía personal. De cómo la vida impedía a Goncharova convertirse en Goncharova”, escribiría mucho más tarde Marina Tsvietáieva.

Hace dos años que estalló la guerra. El imperio austrohúngaro se derrumba y parece ahora una neblina lejana. A Natalia no le asustan los cambios, pero el ambiente en Rusia, le escriben sus allegados, es de tensión. No regreses por el momento; quedaos en París. Para su alma eslava, estar lejos de la tierra es un desgarro constante, algo así como el de un largo vestido de novia que se enganchó hace años en una zarza, y que se rasga un poco más con cada paso que se da.

Natalia sigue pintando.

Le reconforta especialmente haber hecho el escenario para El gallo de oro de Rimsky Korsakov, quizás por el hecho de que la obra esté basada en un poema de su abuelo, Alexandr Pushkin. Su relación con Diaguilev es sólida a pesar de los dardos de algunos expertos, que no ocultan el desprecio que sienten por su obra: los decorados parecían, dicen, “más alfombras persas o mobiliario rústico pintado que fondos para danza”. Natalia y Mijáil están familiarizados con el recelo de la crítica –para abrazar el futurismo ruso hay que tener la coraza engrasada–, pero sonríen y se estrechan la mano cuando leen en otra crítica que en el estreno del ballet “cada objeto era una obra de arte por sí misma”.

Mientras recuerda aquello, Natalia se recuesta en su butaca e imagina el escenario para una música audaz que suena de fondo. Y mientras entra en una suerte de estado de duermevela, tal vez perciba mi voz preguntándole, mientras leo las páginas que Tsvietáieva escribiera sobre ella: “¿Y a ti, no te gustaría que te recordaran en el siglo XXI?” No alcanzo a escuchar su respuesta pero, por si acaso, yo he decidido hacerlo.

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Tsvietáieva, M. (2006). Natalia Goncharova: retrato de una pintora.                  Editorial Minúscula: Barcelona

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