Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

Un caso… delicado

Uno de los mayores éxitos editoriales en España, en los últimos años, es el de la saga de la inspectora de la Policía Nacional en Barcelona, Petra Delicado, asistida por el subinspector Fermín Garzón. La autora de la saga es Alicia Giménez Bartlett, manchega como el Quijote y ganadora de varios premios internacionales ad hoc por algunas novelas de la saga, así como del X Premio Pepe Carvalho por el conjunto de su obra policial.

He leído las diez primeras novelas de la saga con el apasionamiento que me despiertan obras de esta naturaleza y porque estas me parecen muy bien escritas, muy bien diseñadas, y habitadas por unos protagonistas por quienes siento mucha empatía y no menos simpatía. Ello no quita que mientras iba avanzando en mi lectura no encontrase rotos y descosidos, es decir, datos que no casaban y que hasta se contradecían, inexactitudes, disonancias, etc., e incluso algún que otro gazapo ortográfico grande como la copa de un pino. ¡Con lo súper importantes que son los detalles en las novelas policiales!

Fui reflejando mis lecturas en el diario que publico semanalmente en mi otro blog, desde la última semana de noviembre del 2009 hasta anteayer, sin fallar un solo domingo; este es el enlace, por si acaso les pica la curiosidad: https://www.fronterad.com/autor/ricardo-bada/  Y una vez terminada la lectura de esas diez primeras novelas de la saga determiné no leer ni una sola más, tan sólo un volumen de nueve cuentos, titulado Crímenes que no olvidaré, también protagonizados (los cuentos, no los crímenes) por Petra Delicado y Fermín Garzón.

Abordé su lectura el lunes de la semana pasada y los cuatro primeros cuentos se leían bien, pero cuando terminé de leer el quinto, titulado “Petra en agosto”, decidí que lo dejaba para releerlo un par de días más tarde, no fuera a ser que estuviese obnubilado durante su lectura y no haber entendido su final. Y no, o mejor dicho: sí, sí que lo había entendido bien y es una auténtica catástrofe, un disparate que me vuelve a hacer pensar que en la editorial nadie lee los textos de la  autora mascarón de proa de la firma. Es tan grande el desastre que voy a dedicarle esta entrada  donde desmontaré la trama para evidenciar el sinsentido de su desenlace.

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“Petra en agosto” trata de un crimen cometido a sangre fría, con un tiro en la nuca, siendo la víctima la esposa del inspector de la Policía Nacional Ángel Carreras, quien la dejó abriendo el portal de su casa mientras él metía el auto en el parking, y al regresar se la encontró muerta en el salón. Añádase a ello que el hobby del inspector Carreras es coleccionar armas de fuego de las antiguas, y el examen balístico demuestra que su esposa fue ultimada con una de ellas, de las que reposan expuestas en una vitrina de ese salón. Todos los indicios apuntan a que Carreras sea el autor del asesinato, y sin embargo todos están convencidos de que es inocente.

Una de las primeras providencias del caso es la visita del lugar donde se cometió el crimen, y allí inspeccionan la vitrina con las armas antiguas, del siglo XIX, y hasta escopetas de la guerra civil. Lo único relevante que descubren es en la cocina, donde la puerta que da al jardín trasero de la casa tiene un amplio agujero a ras del suelo, lo que en España llaman una gatera, para que entren y salgan el gato o el perro de los dueños. En este caso, el perro había muerto pero la víctima del crimen no quiso que tapasen la gatera porque deseaba que comprasen otro cuando Carreras se jubilara. En todo caso, es un agujero por el que jamás podría entrar un adulto.

El comisario principal hace que el joven subinspector Juanjo Revilla, habitual compañero de Carreras en sus investigaciones, ayude en ésta al tándem Petra Delicado/Fermín Garzón, pero su aporte al trabajo del equipo es mínimo porque el caso se presenta como inextricable. Una tarde, en un receso, tomando una copa en un bar, el joven le confiesa a Petra que justo poco después de la Navidad ha tenido una experiencia traumática al enamorarse de una mujer guapísima y con quien quería casarse, la presentó bien orgulloso a todos sus amigos, hasta que un día, sin decir agua va, ella, Raquel, lo llama por teléfono y le dice que todo ha terminado entre los dos, y que no la busque porque no la va a encontrar. Lo que se evidencia como cierto porque todas las direcciones que tenía de ella, la de su casa y la de su trabajo, eran falsas.

Esa noche, en su casa, Petra recapacita en lo que llevan pesquisado y al día siguiente, al llegar a la comisaría ordena al equipo que busquen los expedientes de casos investigados por Carreras y Juanjo Revilla en la época anterior a la pasada Navidad, y que hayan concluido con sentencias firmes de cárcel. Al final de la tarde concluyen su trabajo y sólo hay dos casos que coinciden con el esquema: un homicidio y un asesinato, ambos juzgados y condenados.

[Hago acá un inciso, no para crear suspense sino para señalar que ello sucede en la página 182, mientras que en la 157, al comienzo del cuento, se nos dice que el inspector Carreras estaba destinado al grupo de delitos económicos el cual no suele ocuparse de delitos de sangre. Una nueva disonancia en un texto de la saga. Pero sigamos con el cuento].

Petra Delicado descarta el caso del homicidio porque su autor es un hombre soltero, cuyo padre, viudo, vivía con los dos hijos menores, ambos varones: «Demasiados hombres», dictamina la inspectora. En el caso del criminal, se trata de un hombre casado y sin hijos. La inspectora pide que le digan cual es su domicilio, y aposta al equipo en las cercanías del lugar, donde ingresa, ella sola, pasadas las ocho de la tarde, hora a la que todo el mundo ha regresado a casa después del trabajo. Sus compañeros esperan en un bar con los celulares preparados para cuando Petra los llame.

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La persona que le abre la puerta y dice llamarse Antonia Mistral la deja entrar de mala gana y  la inspectora ve en la sala que hay muchos juguetes en el suelo. «¿Tiene hijos?» «No». «Y esos juguetes?» «Cuido a la hija de una vecina cuando va a trabajar». «¿De qué hora a qué hora?» «Trabaja limpiando una oficina y no siempre llega a la misma hora». «¿Siempre por la noche?» «Sí». «¿Qué edad tiene la niña?» «¡Tres años! ¿Ya está contenta, se marcha ya?» Pero no, la inspectora hace una llamada por su celular, y al entrar en la sala los hombres de su equipo Juanjo se queda mirando a la mujer y exclama: «¡Raquel!»

Mientras se llevan detenida a la esposa del criminal condenado a causa de la investigación de Carreras, éste, Petra y Garzón van a interrogar a la niña, pese a las reticencias de la madre, que se esfuman cuando se entera de que se trata de un caso de asesinato. Ahora cito literalmente«[La pequeña], a pesar de que su lengua era de trapo, su cerebro estaba hecho de oro puro. Recordaba perfectamente cómo había jugado con Antonia Mistral, cómo había entrado y salido de aquella casa por la gatera, cómo había cogido la pistola “de juguete” y la había devuelto a la vitrina después, y cómo la mujer le había dado unos guantes pequeñitos para que lo hiciera mejor».

A ver, como dicen en Colombia: ¿qué es lo que falla garrafalmente en este final? Yo les digo. Tal y como la autora lo relata, el crimen lo tendría que haber cometido la niña eso sí, subida a una silla, porque si no ya me dirán ustedes cómo asesina una niña de tres años a una mujer hecha y derecha de un tiro en la nuca. No, la intuición de Petra Delicado fue correcta: Antonia Mistral quiso vengar el encarcelamiento de su marido asesinando a la mujer de Carreras, en cuya casa había estado del brazo del orgulloso Juanjo, que además pidió a Carreras que le enseñase a su novia sus armas antiguas de la vitrina. Lo que no es correcto es cómo la autora relata los hechos.

Para que todo cuadre, Antonia Mistral haría que la niña entre en la casa por la gatera de la puerta de la cocina, y le abra el portal de la calle a ella, que espera afuera. La niña abandona la casa por la gatera y espera en el jardín trasero hasta que la Mistral pase a buscarla. La Mistral, enguantadas las manos, saca de la vitrina  la pistola Máuser del año 1934, aguarda la llegada de la esposa de Carreras (sabiendo, porque los ha espiado previamente, que él lleva el coche hasta el parking antes de volver al hogar), mata a la mujer, devuelve la pistola a la vitrina, sale de la casa por el portal, recoge a la niña en el jardín trasero y se marcha tranquilamente.

Elemental, querido Garzón.

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