Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

Reseñando un chicle

El cierre de Revista de Libros, en Madrid, diciembre 2011, ha sido uno de los más rudos golpes que la crisis le ha asestado a la cultura en lengua española. Revista de Libros, a lo largo de sus quince años de existencia, se convirtió en el santo y seña de la crítica literaria independiente en nuestro idioma, en una referencia inexcusable e imprescindible.

El cierre llegó de la noche a la mañana y a mí me agarró con tres reseñas sin publicar. Como no quiero que se pierdan y en honor a la propia Revista de Libros, las he ido publicando aquí en tres semanas consecutivas. Esta es la tercera y última, pero antes de pasar a ella debo hacer una advertencia.

Cualquiera que haya tenido la curiosidad de mirar mi Perfil en este último mes podrá certificar que el presente post (“Reseñando un chicle”) se encuentra programado en él desde antes de mi viaje de vacaciones a Madrid, emprendido el 21 de abril. Al enterarme ahora, a pocas horas de que este texto suba a mi blog, de que Carlos Fuentes acaba de fallecer, me he planteado muy en serio la pregunta de si la piedad no debería llevarme a sustituirlo por algún otro que tendría que improvisar. Y he decidido finalmente que ni Carlos Fuentes ni mi texto se merecen piedades hipócritas y oportunistas.

Carlos Fuentes ha sido sin duda alguna una de las plumas más renombradas y a veces creativas de la literatura latinoamericana de las últimas décadas. Hay libros suyos que devoré en su día y de repente releeré ahora (La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Aura, Gringo viejo), pero a partir de algún momento dejó de interesarme, sobre todo cuando sus novelones epopéyicos (Cristóbal Nonato, Terra Nostra) se me cayeron de las manos a las pocas páginas de empezar a leerlos. Por lo demás, la reseña que sigue es estricta y nítidamente objetiva sin que en ningún momento ataque a la persona del autor. Y a los libros hay que juzgarlos por ellos mismos y no por el respeto que su autor inspire.

Dicho esto, descanse en paz Carlos Fuentes.

__________________________________________________________________ 

La gran novela latinoamericana, de Carlos Fuentes (Alfaguara, Madrid 2011)

 

Para sobrevivir a la lectura de este libro, a cada cincuenta páginas suyas fui releyendo uno de los ensayos de que consta Diez novelas y sus autores, de Somerset Maugham, et voilá!, logré sobrevivir. Lo que me queda es ahora la nada sencilla tarea de reseñar un chicle.

Porque para que nos entendamos, en La gran novela latinoamericana, este ensayo de 430 páginas, la prosa de Fuentes es más o menos siempre de este porte: «¿Y qué une todas estas expresiones disímbolas sino el trayecto incumplido de una utopía de fundación, degradada por una epopeya bastarda que quisiera asumir la promesa utópica si no le impidiese el paso la imaginación que transforma la nostalgia en deseo?» (página 169)

Fuentes, por si no lo sabíamos nos lo documenta la solapa de la contraportada, es el autor de una obra novelesca compuesta por 32 volúmenes que él clasifica entomológicamente en XV grupos. A ella se añaden su docena de libros de cuentos, sus obras de teatro y su producción ensayística, que suman casi tantas páginas como aquellos 32 volúmenes. Y excepto el Nobel, ha recibido todos los premios posibles y en los más diversos países, ¡hasta en el suyo! Así pues, sería casi de precepto una cierta reverencia al enfrentar un nuevo libro firmado por él, pero no me da el cuero para tanto.

Los 22 capítulos en que se divide, son de lo más farragoso, repetitivo y estupefaciente que me ha sido dado leer en los últimos tiempos. Con el imperdonable agravante de que, sin embargo, la mayoría de las ideas y los análisis que subyacen a su texto son buenos, algunos estupendos, y un par de ellos de lo más lúcidos. Pero la jungla de la prosa en que están expresados sofoca, si es que no lo ahoga todo. Como con una almohada de retórica al cuete y por puro narcisismo verbal.

¡Y luego el descuido con que se cita, que a veces me puso los pelos de punta! Por ejemplo, el libro se abre con un «¡Qué cultos son estos analfabetas [sic]!» (9), atribuyéndoselo al indefenso Ortega y Gasset. Amén de esa manía de esmaltar el texto con camafeos del alemán, sin saber alemán, de tal manera que aparecen engendros tales como «döppelganger» (243) por Doppelgänger, «aufklärung» (319) por Aufklärung, y sobre todo «erzsatz» (103) por Ersatz, siendo así que Ersatz es claramente “reemplazo/equivalente”, mientras que erzsatz, palabra que no existe, si existiera significaría no menos de siete cosas distintas “de mineral (=Erz)”. Y en fin, lo de «la Madre Coraje, “vestida de hoyos y de podredumbres”» (51), lo pongo a la cuenta del traductor de Brecht, pero Fuentes tendría que haberse preguntado cómo es que una mujer puede ir “vestida de hoyos”: ¿o le habrá parecido realismo mágico?

¡Y los descuidos de historias y cronologías! Por ejemplo, al decir «cuando Petrarca evoca [] la estación florida en que por primera vez vio a Laura [] cruzar el puente sobre el Arno» (17), confundiéndolo a todas luces con Dante. O bien «Bernal [Díaz del Castillo], ciego, de edad ochenta y cuatro, escribiendo desde Guatemala [] “Agora que estoy escribiendo se me presenta todo delante de los ojos como si ayer fuera cuando esto pasó”» (25/26, ¿lo escribiría preinventando el Braille?); pero es que cuatro páginas más adelante reza: «Bernal terminó de escribir su Historia en 1568, cuando tenía setenta y tres de edad» es decir, que rejuveneció once años escribiéndola.

O si leemos «Diego Méndez de Segura, el principal escribano de la expedición de Cristóbal Colón, quien [¿?] al morir en 1536, en Santo Domingo, le dejó a sus hijos diez libros, cinco de ellos escritos por Erasmo» (20). Pero puesto que, hasta donde se sabe, Colón entregó el testigo en Valladolid, resulta evidente que se quiso decir «el principal escribano de la expedición de Cristóbal Colón, Diego Méndez de Segura, quien al morir en 1536, en Santo Domingo, le dejó a sus hijos diez libros, cinco de ellos escritos por Erasmo».

Hay más. Hablando de la política brasileña: «Al abdicar Pedro I a favor de su hijo el niño Pedro II en 1831, una regencia gobernó a Brasil hasta 1840, cuando Pedro II asumió el trono y lo ocupó hasta 1889, fecha en la que renunció, se exilió y, en febrero de ese mismo año, Brasil se constituyó como república federal (1839-1908)» (77), donde uno se pregunta a qué querrá referirse ese paréntesis final “(1839-1908)”. Y todavía en el Brasil, elogiar «al más grande [] novelista iberoamericano del siglo pasado, Joaquim María Machado de Assis» (78), lo cual en un libro publicado en el XXI convierte a Machado de Assis en un autor del siglo XX.

O bien esto: «Chile [] con un ejército de formación prusiana que respetó la política cívica hasta que la política de la Guerra Fría la [sic] condujo a la dictadura» (388), como si el de Pinochet hubiera sido el único golpe de Estado de ese ejército y no tuviera la tradición de los de 1830, 1891, 1927 y un par de amotinamientos más.

O asegurar que «el mismo mito –Edipo, pongo por caso– puede ser contado anónimamente, o por Sócrates, Shakespeare, Racine, Hölderlin, Freud, Cocteau, Pasolini» (132), famosa lista donde se echa de menos a Sófocles, a no ser que Fuentes crea que Sócrates era su seudónimo.

Más: «El acoso [de Carpentier] se desarrolla de acuerdo con una pauta externa –la ejecución de la Eroica de Beethoven–» (168), para luego decirnos que El acoso dura «el tiempo que toma la ejecución, en un teatro de La Habana, de la Quinta Sinfonía de Beethoven». Ludwig Van debe de haberse removido incómodo en su tumba, igual que Tomás Moro, al ver que su criatura Raphael Hythloday aparece citado la primera vez como «Rafael Hitlodeo” (171) y seis páginas más allá como «Rafael Hithloday».

[Un inciso aquí, respecto de estos tropiezos que van reseñados: ¿no leyó nadie en la editorial el manuscrito antes de enviarlo a la imprenta? Todos ellos eran fácilmente corregibles].

En otro orden de cosas, y hablando de El Siglo de las Luces, también de Carpentier, Fuentes dice que «obedece a una estructura nada fortuita en la que [] habría que distinguir dos elementos: el grupo instrumental (piano, viento, bronces [sic], percusiones) y la pista magnética» (161) y luego pormenoriza en qué consiste cada uno de esos gruposmenos la percusión, el más típicamente latinoamericano de todos ellos; es frustrante para el lector.

Está además el empecinamiento en tratar a Borges como novelista («Los novelistas del siglo XX –Borges, Carpentier, Lezama Lima, Onetti–» (297 passim), lo que me hizo pensar en algo que encontré días pasados en una cuenta Twitter: «El que tenga una novela de Borges para leer es, además, millonario. O sea, copia única». Tampoco las notas numeradas a pie de página en Blanco nocturno, de Piglia (345), son un «estilo propio del autor», antes que él las usaron como Deus ex machina el Nobel danés Gjellerup, el flamenco Louis Paul Boon, y en nuestro idioma Jardiel Poncela, Eduardo Mendoza y Héctor Abad Faciolince. Y ya que estamos en ello, proponer la trilogía «A de Aira, B de Bianco, Bioy y Borges [] y C de Cortázar» (150), donde la A tendría que ser la de un clásico, Arlt, y no la de un epifenómeno literario como Aira, la verdad, es arduo de masticar en este chicle. Last but not least en punto a la Argentina: a pesar de lo que hace suponer la página 146, Borges no estaba ciego en 1943.

A veces la cosa se pone divertida: «Y como Jano, el lector de novelas tiene dos caras. Una mira hacia el futuro, la otra hacia el pasado. Obviamente, el lector mira al futuro» (158) ¿Pero entonces para qué necesito las dos caras?, se preguntará el lector de su libro. O esto: «Paradiso es una novela que merece ser leída con Las Enéadas de Plotino en una mano y El nacimiento de la tragedia de Nietzsche en la otra» (246), tarea que además de lo cansina para los brazos, y la exigencia de un atril con pedal para pasar las hojas de Paradiso, casi la descalifica como novela, ofensa gratuita que Lezama Lima no se merece, a fe mía.

Y luego hay sutiles autoexculpaciones dejadas caer al paso, por ejemplo diciendo que «Carpentier, a diferencia de muchos novelistas actuales, no da clases de anatomía» (185), como desentendiéndose de la mucha anatomía que hay en sus propias novelas; baste recordar la escena de la sodomización de Isabel en Cambio de piel, páginas 195-196 de la 1ª edición.

O hablando de En busca de Klingsor, de Jorge Volpi, al afirmar que como «obra de un joven narrador, no carece de defectos, sobre todo cuando el poderoso y fascinante flujo narrativo es interrumpido por conversaciones entre científicos [] que ya saben lo que van a decir y se cuentan entre sí lo que ellos ya saben pero el lector ignora» (366). Ay Dios, me parece infame achacarle eso como defecto al pobre Volpi en una novela de 1999, si el propio Fuentes abusa de ese recurso (¡y cómo! ¡y cuánto!) en La Silla del Águila, del 2003, no teniendo como disculpa la de ser un joven narrador.

Muy al principio del libro, Fuentes nos cuenta que «[Sor Juana Inés de la Cruz] debe saberlo todo, porque ella tiene “una negra inclinación al saber”. Especialmente debe saber más que cualquier europeo de su tiempo, creando así una tradición para el escritor latinoamericano, la de saber tanto como cualquier europeo, pero también algo que los europeos no saben: abrumadora obligación para el escritor de América Latina» (61). Tan, tan abrumadora, diría yo, que sus hombros –los de Fuentes– no estaban preparados para semejante carga.

Me he detenido en explicar con detalle cómo y por qué me desilusionó este libro para que el lector esté informado al leerlo. Porque no me cabe la menor duda de que el lector interesado en y por la gran novela latinoamericana, debería leerlo. Ya dije al principio que casi todas las ideas y análisis que expone son buenos, e incluye intuiciones más que buenas. Y ese lector me tiene que perdonar si no señalo ni uno solo de ellos, créame que bastante favor le estoy haciendo ya diciéndole al autor que a pesar de todo su libro debe leerse.

De manera que el lector interesado tendrá que hacerlo con mucha paciencia, separando la paja del trigo y haciendo caso omiso a cosas tales como la retórica teoría de la “literatura de La Mancha” y la “literatura de Waterloo”, que no son sino mero bla bla bla, invenciones dialécticas que se autorretroalimentan haciendo creer que contienen verdades como puños y no pasan de ser construcciones de sonidos que parecen ideas.

Capítulo aparte merecerían las exclusiones (a sus compatriotas Ibargüengoitia y García Ponce creo que ni los menciona, y eso es grave), pero Fuentes aduce en las “Palabras finales” que «El lector tiene en sus manos un libro personal. [] Faltan algunos nombres, algunas obras». Ajá, entendido, y entendemos “personal” entonces en el más extenso de los sentidos. Y en cuanto al rentoy de la página final, «Éste es un gran libro sobre la potencia de la novela» (438), ¡posqué güena ocasión desperdisiada pa’ dejar quietitas las teclas!, ¡jíjole!

***************************************************

Comentarios