Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

De la Historia Universal de la Estupidez

Hace un par de años, en agosto 2002, la revista de programas de HJCK presentaba mi nota sobre los cuarenta años de la muerte del narrador alemán Hermann Hesse, diciendo que la había escrito –cito literalmente– con mi «característica agudeza que no suele hacer concesiones».

Como piropo, eso de la «característica agudeza» no está mal, y lo agradecí desde lo más profundo de mi corazón, pero sigo estimando que se trata de una apreciación errada. Creo conocerme bien, y desde luego no me caracterizo por la agudeza, más bien pienso que soy demasiado racional y rectilíneo, y lo que sí puede decirse es que esa racionalidad y esa rectilinealidad han resaltado mucho lo irracional y lo desviado con que fatalmente suelo tropezarme.

Pondré como ejemplo un aviso del ministerio español de Sanidad y Consumo difundido en los días del Madrid otoñal del 2002 por los canales públicos de TV, y donde podían verse unos pies descalzos y otros calzados caminando por unas calles, siendo el momento cumbre aquél cuando los pies descalzos pisaban unos añicos de cristal. El texto del aviso promocionaba una campaña a favor del uso de preservativos y decía lo siguiente: «Si vas por la vida sin precaución, un embarazo indeseado, el sida y otras enfermedades de transmisión sexual pueden cruzarse en tu camino». Y la verdad es que no hace falta ningún tipo de agudeza para entender que, según el ministerio español de Sanidad y Consumo, los embarazos (aunque sólo sean los indeseados) son una enfermedad de transmisión sexual. Caramba, es algo fuerte.

Y no menos flojo era el titular que una popularísima revista le puso por aquellas fechas a unas declaraciones del torero José Antonio Canales Rivera. Rezaba así: «Todo ser humano, cuando piensa en un futuro, piensa en una mujer y en unos hijos». Lo que dicho así es una atrocidad porque eso significaría que el torero creía que la mujer y los hijos no son seres humanos. En su favor debo señalar que la atrocidad la cometió el redactor de la revista, quien compuso el titular cercenando la frase completa del matador de toros, el cuál había opinado: «Todo ser humano, cuando piensa en un futuro, piensa en una mujer y en unos hijos, o al contrario, en un marido y en unos hijos». O sea, que él sí supo darle al César lo que es del César, y a Cleopatra lo que es de Cleopatra.

Con todo, lo que me pareció escandaloso de a de veras, como dicen los cantinflos, es lo que pasó en la presentación, en la Casa de América, asimismo en el otoño 2002, de la traducción de la última novela de Susan Sontag (q.e.p.d.), titulada En América. La presentación se hizo por medio de un diálogo que la Sontag mantuvo con un periodista español muy renombrado, ex director del primer diario del país e incluso miembro de la Academia de la Lengua.

En un momento de su respuesta acerca del tema de la emancipación de la mujer, la autora estadounidense le preguntó a su interlocutor que cuándo fue que finalmente se independizó la mujer española, a lo cual el señor académico e ilustre periodista le contestó que en 1977, con la nueva Constitución que acaba de cumplir sus bodas de plata el día 6 de aquel mes. «¡Ah, claro, después de la muerte de Franco!», comentó la Sontag, y su comentario apagó las airadas pero educadas voces que habíamos corregido inmediatamente: «¡En 1931!» Porque sí, porque fue la IIª República Española, con una Constitución admirable y modélica, copiada luego urbi et orbi, la que por fin reconoció a la mujer española su ansiada libertad. Ocho años más tarde, el  franquismo fratricida y vencedor de la guerra civil se la arrebató de nuevo por casi cuatro décadas. Y que esto no lo supiese un ilustre periodista y académico es algo muy grave.

En fin, y volviendo al principio, sigo agradeciendo hoy como ayer el piropo acerca de mi presunta agudeza, pero creo que no hay tal, sino algo mucho más sencillo: el simple hecho de que me obstino en mantener los ojos y los oídos bien abiertos, y también las narinas, para que no me vendan pescado podrido. Será por eso que me alborozó tanto el graffiti que vi –también por aquellos mismos días y en el mismo Madrid– en una pared de la calle de Toledo, y que sostenía: «Osama Bin Laden no existe. Al Kaida son los padres». Me recordó el título de una de las más célebres obras de Jean Cocteau: Los padres terribles.

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