Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

Lotte Lenya († 27.11.1981), mujer y musa de Kurt Weill

Sólo cincuenta años, dos meses y un día de existencia le estaban reservados en la contabilidad de la providencia a uno de los más grandes músicos de nuestro tiempo, Kurt Weill, un judío alemán nacido en Dessau el 2 de febrero de 1900 y muerto en Nueva York el 3 de abril de 1950.

Weill es el autor de algunas de las melodías más pegajosas y universales que se recuerdan. Recordemos nada más la “Balada de Mackie Messer”, que inaugura La ópera de los tres centavos    y que fue la inspiración muy posterior de Pedro Navaja, el héroe de la canción de Rubén Blades: bastaría con ella para asegurarle a Kurt Weill un puesto en el Olimpo de la Música.

Pero es que aparte de esa balada podríamos recordar la “Canción de Alabama”, de la ópera Grandeza y decadencia (o Ascensión y caída) de la ciudad de Mahagonny, asimismo con texto de Bertolt Brecht, a quien también se debe el libreto del ballet con canciones Los siete pecados capitales, otra de las obras maestras de Kurt Weill. Y podríamos recordar, ademásPero dejemos ese capítulo a los expertos en música.

De quien quiero contar aquí y ahora es del Kurt Weill que fue marido de Lotte Lenya, figura emblemática de la escena alemana, del kabarett alemán, con quien Weill compartió 26 años de vida, 24 de ellos en un feliz matrimonio del que dan testimonio las 393 cartas que se intercambiaron los esposos (o por lo menos las 393 que se conservan). Las publicó hace años la editorial alemana Kippenheuer&Witsch –la de Heinrich Böll y Gabriel García Márquez–, en un volumen precioso que es una de las joyas de mi biblioteca y que ojalá encuentre algún día su camino en el mundo del libro en lengua castellana. 

He tenido la paciencia de contar los apelativos cariñosos tales como «queridita, florcita, hociquito, almejita, almita, dulzura, azuquita, tontita, duquesita, gorrioncito, negrita» etc., con que Kurt Weill se dirigió por carta a su Lotte de su alma, y son nada menos que 139 invenciones, algunas tan enrevesadas, tan inextricables, que sólo la destinataria debe haber podido entender qué aventura común, qué intensa intimidad se escondían detrás de tales diminutivos. Ella, por su parte, le correspondió con 60 apelativos de entre los que escojo sólo uno: «ranita», si bien no quisiera dejar de remarcar cierta ocasión donde lo llamó nada menos que «Herr Johann Strauss-Weill».

Hasta qué punto Kurt Weill quedó anclado en la vida de Lotte Lenya, quien le sobrevivió 31 años (en 1963 daría vida a la inolvidable malvada Rosa Klebb de From Russia with Love, la peli de James Bond), es algo que se pone de manifiesto en la lápida de su tumba. Ambos están enterrados, uno al lado del otro, en Mount Repose, municipio de Haverstraw, Estado de Nueva York. Y como Lotte se casó dos veces más después de enviudar de Weill, resulta que al morir ostentaba el nombre de su tercer esposo, un pintor alcoholizado y que la precedió doce años en la muerte: se llamaba Russell Detwiler.

Pero la justicia poética aguardaba su oportunidad, y en la losa fúnebre, por un comprensible error del lapidario neoyorquino, ese Detwiler se convirtió en Detweiller, con todas las letras del apellido del primer marido, de aquel Kurt Weill creador insuperable de la “Balada de Mackie Messer”.

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