Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

Los Testigos de Jehová vs. Hitler

Al menos en Occidente, deben ser muy pocos los colectivos humanos que conciten tanta burla y tanto desapego. Y las bromas a costa de los Testigos de Jehová pueden llegar a ser sangrientas. No las comparto, aunque a veces me sonrío con algunas de las no sangrientas. Recuerdo, por ejemplo, este trino de la tuitera alemana @SBlueNotes: «Hoy ando más desorientada que un testigo de Jehová en una puerta giratoria». O este de la también alemana @_LunaLika_: «Si me gustase que me rechazaran me habría hecho testigo de Jehová». O cuando un amigo paisa me escribió, y no pudo ser más gráfico, que estaba disfrutando «como testigo de Jehová en una fábrica de timbres».

Pero de lo que quiero hablar hoy es de un capítulo bastante serio y harto desconocido de su historia, y es que los Testigos de Jehová fueron uno de los pocos colectivos humanos alemanes que se opusieron a Hitler. Otro de ellos fueron los muchachos del grupo “Piratas del Edelweiss”, en Colonia, que no comulgaban con el espíritu ordenancista y marcial de las Juventudes Hitlerianas: incluso por la referencia floral en el nombre del grupo [Edelwiss es el nombre tirolés de  la bella flor alpina que se conoce como “pie de león” o “flor de nieve”] los sedicentes piratas colonienses fueron un anticipo del Flower Power de los años sesenta. Pero volvamos a los Testigos de Jehová.

Al llegar los nazis al poder, el 31.1.1933, el número de los Investigadores de la Biblia, según se les llamaba oficialmente, oscilaba entre los 25.000 y los 30.000. Y desde el mero principio del partido de Hitler habían estado bajo sospecha de ser una organización subvencionada por los judíos, o bien por los masones, para llevar a cabo una revolución de signo comunista. Ellos, por su parte, no cesaban de acusar a las iglesias establecidas, en especial la católica, de ser culpables de los muchos males que azotaban a Alemania y de haber bendecido la locura imperialista guillermina que condujo a la Gran Guerra, la de 1914 a 1918.

Luego del incendio del Reichstag, en la noche del 27.2.1933, la legislación se hizo particularmente represiva contra un colectivo que, entre otras cosas, se negaba a hacer el saludo brazo en alto. Y por último, el 24 de junio del mismo año, los Testigos de Jehová fueron prohibidos como organización. Una campaña internacional se puso en marcha que culminó el 8.10.1934 con el envío de 20.000 cartas y telegramas remitidos a Hitler desde todo el mundo y en los que campeaba una sola frase: «Su maltrato a los Testigos de Jehová ultraja a la buena gente y deshonra el nombre de Dios + Deje de seguir persiguiendo a los Testigos de Jehová, de lo contrario Dios lo destruirá a usted y a su partido nacional». El comentario del pintor de brocha gorda fue: «Esta ralea tiene que ser exterminada en Alemania».

Mención aparte merece el hecho de que, con escasas excepciones a título personal, las dos iglesias establecidas, la católica y la protestante, colaboraron activamente con la Gestapo en la persecución de los Testigos, como consejeros de la ominosa policía secreta en materia de sectas. Y a partir de 1935 comenzó el internamiento de los Testigos en los campos de concentración, distinguiéndoseles con un triángulo lila en su indumentaria, al igual que a los judíos con la estrella de David.

La situación se agravó en grado sumo al estallar la guerra, ya que los Testigos de Jehová recusaron el servicio de las armas, lo que hoy llamaríamos “objeción de conciencia”. Una desobediencia civil en el seno de un país en armas e indoctrinado por el nazismo no podía ser combatida de otra manera que la más radical posible: enjuiciamento sumario y pro forma seguido de condena a la pena de muerte. Y así, el 15.9.1939, sólo dos semanas después de iniciada la guerra, se llevó a cabo la primera ejecución de un Testigo, August Dickmann, en el campo de concentración de Dachau: como ejemplo y escarmiento, fue fusilado en presencia de todos los internados en ese campo. Pero el efecto disuasorio que los nazis esperaban no se produjo: 1.490 Testigos de los 2.000 internados no sobrevivieron a las sevicias de los tétricos campos, o fueron asesinados o ejecutados, entre ellos 270 objetores de conciencia.

En el 80 aniversario de la ejecución del primero de ellos me ha parecido oportuno hablar de este tema, del que generalmente no se suele hablar. Los Testigos de Jehová no me son particularmente simpáticos ya que estoy de manera incondicional en contra de todo sectarismo. Pero sus méritos en este caso concreto no pueden ni deben de ignorarse: los Testigos de Jehová fueron el único colectivo cuyos miembros hubieran podido abandonar los campos de concentración con tan solo hacer una declaración abjurando de su fe. Y no la hicieron. Dicho sea en su honor y con todo respeto.

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