Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

La agenda de Hindemith

Imagino que sin querer, en una urbanización del lugar donde vivo –en la periferia de Colonia y a orillas del Rhin– le han rendido al gran Chéjov un delicado homenaje de congruencia: la calle llamada Kirschgarten (=el jardín de los cerezos) es un callejón sin salida. Y es que en la toponimia urbana se dan casos muy justicieros, y hasta lúcidamente poéticos, y otros que no tanto, o que por lo menos inducen a un cierto desconcierto.

 ¿Qué puede decirle a un católico el hecho de que en Berlín, en el barrio de Schöneberg, la calle del apóstol San Pablo sea algo así como el breve gavilán de la interminable espada que es la calle Lutero? ¿se esconde en ello alguna simbología?  ¿Y no se oculta una justicia poética refinadísima en el hecho de que los munícipes de Amsterdam hayan colocado la estatua de Gandhi en el centro de la avenida Churchill?  ¿Debemos sospechar algo por el estilo cuando descubrimos que la calle Alemania, tiene en Madrid una sola manzana y se encuentra más bien escondida en un arrabal de no muy grata memoria?  ¿Y qué sentido atribuirle a que en Sevilla la calle Amistad, nada menos, sea un callejón sin salida?  Otra cosa, claro está, es que en el plano de la ciudad, por razones de espacio –como pasa en el de mi ciudad natal de Huelva–, en un barrio con calles de nombres de Premios Nobel destaque una que se llama “Miguela Asturias”: y no es un chiste.

Todo esto se me ocurre a la vista de un objeto muy bello que he comprado disfrazado de libro. Me explicaré. Se trata, sí, de un libro, que a su vez incluye otro, el facsímil de la libreta de direcciones de Paul Hindemith cuando vivía en Berlín entre 1927 y 1937. Es decir que el autor de las óperas Cardillac, Matías el pintor y Noticias del día (rescatada con gran éxito hace un par de años, por la Ópera de esta ciudad de Colonia donde vivo), fue testigo presencial de la llegada de los nazis al poder, convivió con ellos al menos cuatro años en ese Berlín donde no ya los gatos de noche, sino asimismo las hienas –y éstas de día y de noche– eran de color pardo.
 
La reproducción facsimilar de su libreta de direcciones es muy conmovedora porque documenta el talento como dibujante de Hindemith. Muchos son los nombres registrados en ella al lado de los cuales aparece un dibujo referencial y muy personalizado. Pienso por ejemplo en un médico de enfermedades venéreas, el poeta Gottfried Benn, cuya profesión vemos ilustrada con una jeringuilla hipodérmica. O en un colega de Hindemith, el compositor Alban Berg: y como la palabra Berg en alemán significa “montaña”, subrayando su dirección figura el perfil de una mínima cordillera. O en el legendario director de la Filarmónica de Berlín, Wilhelm Furtwängler, que con su batuta, y estilizado como para la viñeta de un comic, conduce en la libreta una orquesta invisible. O en el futbolista Rudi Wilhelm, caracterizado por medio de una portería y un balón. O en el homenaje indirecto que PH le rinde a otro colega, Arthur Honegger, haciendo correr bajo su nombre –seguida de un penacho de humo longuilíneo– la locomotora de su poema sinfónico Pacific 251.
 
Descubro también algo a medio camino entre el jeroglífico y el poema visual: es el dibujo que acompaña la dirección de la oficina que cobra el impuesto municipal por la tenencia de un perro. En alemán éso (éso) se llama Hundesteuer, palabra compuesta de Hunde, perros, y Steuer, impuesto, pero como Steuer también significa volante de automóvil, Hindemith dibujó un perro de cuyo trasero emerge el timón de un carro. Jeroglífico y/o poema visual: y sentido del humor.

Con todo, confieso que lo que más me impresionó del facsímil es la corrección que consta en la dirección del banco donde Hindemith debía tener su cuenta corriente, el Dresdner Bank, que da la casualidad de que también es el mío. Bueno, el mío no: aquél donde contabilizan mi debes más que mis haberes. En la libreta de direcciones del compositor decía: “Dresdner Bank, Reichskanzler Pl.”, o sea, “Banco de Dresde, Pl[aza] del Canciller federal”. Pero el facsímil revela que Hindemith trazó sobre el topónimo una raya sesgada, de arriba abajo y de derecha a izquierda, o ambas cosas y al revés, y escribió encima: “Ad.Hitler.Pl.”, que no necesito traducir.
 
Casi se me cortó el aliento cuando tuve esa página delante de mis ojos. Sentí miedo, también dolor, al darme cuenta de que somos capaces de aceptar en nuestras agendas nombres como ése. Consulto una vez más el callejero de Madrid y exhalo un suspiro de alivio: no existe en la capital de España ni alameda ni avenida ni calle ni plaza ni callejón ni plazuela ni travesía ni ningún sitio público que ostente el nombre del siniestro Fernando VII. Menos mal. Y no es que pretenda homologar al “Deseado” –¡ay! – con Hitler: no le daba el cuero para tanto. Pero me alegra constatar que la Historia lo ha condenado hasta en eso, no figurar ni siquiera en la guía  de las calles de Madrid.

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