Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

Hollywood y el terrorismo

En Montevideo, desde hace más de 30 años, se edita el semanario Brecha, una de las publicaciones más críticas del continente. Ya sea en temas políticos, sociales y económicos, o culturales, científicos y deportivos, su punto de vista siempre está sustentado por una amplia información y siempre se basa en el sano criterio de que no es oro todo lo que reluce.


La reciente elección del ciudadano Donald Trump como presidente de los USA, elección que no sólo a mi juicio constituye una catástrofe, y no sólo para dicho país, me llevó a buscar en mis archivos un cuaderno monográfico inserto en el # 824 de Brecha (14.9.2001) acerca del atentado del 11.9., sólo tres días antes, a las torres gemelas del World Trade Center de Nueva York y el Pentágono de Washington.

Y la memoria una vez más me ha vuelto a ser fiel. En dicho cuaderno, que incluye notas del más alto interés, apareció asimismo un panorama del cine catastrofista estadounidense. Debo decir, antes de continuar, que el rubro «crítica de cine» es uno de los mejores del semanario: en él se desempeñan con rigor y documentación ejemplares algunos de los más agudos críticos cinematográficos del mundo que habla castellano. Por ejemplo Ronald Melzer, que murió dos años más tarde (demasiado pronto) y es quien firma el texto de que les hablo, bajo el título “Hollywood y el terrorismo: Pánico en la pantalla”.

Como es difícil tener acceso a los artículos de Brecha, me limito a transcribir, resumiéndolo, su en este caso –como en tantos otros– magistral análisis. Dijo Ronald Melzer:

«Ningún productor de Hollywood se animó a tanto. Sin embargo, es harto probable que no hayan faltado, al menos durante los últimos diez o quince años, libretistas lo suficientemente delirantes como para idear proyectos donde sucedieran catástrofes similares a la perpetrada en Nueva York y Washington, ni directores dispuestos a coquetear con la previsible mezcla de suspenso, terror, morbo y efectos especiales. “Muy caro”, “exageradamente deprimente”, “demasiado fantasioso”, “nadie se lo va a creer”: ése debió ser el tenor de los rechazos.

«En tren de especulaciones, cabe suponer que un cuestionamiento que jamás afloró fue “¿y dónde está el héroe que evita todo este desastre?” Es que –siguen las especulaciones– en Hollywood no debe existir libretista o director “serio” con la intención de llevar adelante una historia así sin un Schwarzenegger, Van Damme, Stallone, Bruce Willis o Harrison Ford que saquen las castañas del fuego. Dicho esto, cabe arribar a dos conclusiones que, todo lo recurrentes y sabidas que se quiera, conviene reflotar: que la realidad es infinitamente más poderosa –o terrible, como en este caso– de lo que la mente humana puede llegar a concebir, y que es infinitamente más sencillo resolver ciertos enigmas y evitar ciertas catástrofes en el terreno virtual que en el real. El martes 11 hubo muchísimos héroes, pero ningún Schwarzenegger []. Al enfocar, por decirlo de alguna manera, semejante tema, Hollywood ha privilegiado sistemáticamente el entretenimiento sobre el análisis, la redención individualista sobre la toma de conciencia colectiva, la solución fácil sobre el planteo realista, la estereotipación sobre la complejidad, las respuestas rápidas sobre las preguntas difíciles. []

«La excepción –siempre hay excepciones– es lateral, no involucra a terroristas demasiado parecidos a los que suponemos responsables de esta masacre, y es de ¡1950! Se llama Pánico en las calles, la dirigió Elia Kazan y muestra, detalle a detalle, cómo la gente “común” se organizaba para combatir a quienes se habían propuesto inocular una enfermedad terminal en toda una nación. Podría decirse que el terrorismo ha evolucionado más que el cine».

Así concluía su magnífico análisis Ronald Melzer, y yo me he limitado a resumirlo para ustedes, porque lo que ya está tan bien dicho no necesita sino ser citado al pie de la letra. Sólo una observación personal: esta vez –hablo ahora del 2016 y el nuevo inquilino de la Casa Blanca– también se trata de inocular a todo un país una enfermedad terminal. Se llama miedo (su nombre clínico es trumposis cerebral), y su mejor antídoto es la autocrítica.

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