Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

Heinrich Böll y la Justicia

Hace algunos años, aquí en Colonia, Alemania, en la sede de los Juzgados Regionales, se inauguró una exposición dedicada al Premio Nobel de Literatura 1972, Heinrich Böll, y sus relaciones con la Justicia. Precisemos –antes de seguir– que Heinrich Böll, a quien se deben obras maestras como Casa sin amo, Diario irlandés, La colección de silencios del Dr. Murke, Billar a las 9:30, Opiniones de un payaso, Acto de servicio y Retrato de grupo con señora, es un autor demasiado grande como para ignorarlo por razones fonéticas, que es lo que sucede en nuestro mundo hispánico. Donde se pasa por alto la diéresis que campea sobre la o de su apellido, y éste se pronuncia lisa y llanamente Boll. Pero también es verdad que al nada aristocrático Gabriel García Márquez, en Alemania, se lo suele nombrar Marqués. Vaya lo uno por lo otro.

Pues bien: «Böll (o Boll) y la Justicia» es un tema per se. No es extraño, y sí muy elogiable, que a alguien se le ocurriese la idea de hacer una exposición sobre él. Además se da la circunstancia de que don Enrique (como tuve el privilegio de llamarlo) era coloniense y vivió largos años a la vuelta de la esquina del imponente edificio donde se llevara a cabo esta muestra. Böll mismo lo describe en un texto localmente famoso: «Domina este barrio el gran palacio con una extensa fachada: atrae a muchos visitantes porque en él reside la gran dama de los ojos vendados. [] Sería injusto decir que la dama sea improductiva en su palacio, es completamente seguro que hay algo que se produce en sus dominios: polvo, ese polvo especial que se acumula sobre los legajos».

Los responsables de la exposición que les cuento decidieron soplar ese polvo especial acumulado sobre varios legajos. Y gracias a ello nos pudimos enterar («la vida te da sorpresas», dijo Rubén Blades) de que el Premio Nobel de Literatura del 72 fue reportero de juzgados en el 55, en el juicio seguido en Kaiserslautern contra un presunto uxoricida, el Dr. Müller. Así lo documentan las crónicas de Böll, los recortes de cuyas publicaciones originales, del 5 al 9 de diciembre de aquel año, amén de sus cuadernos con las notas manuscritas tomadas durante el proceso, se exponían en una vitrina.

Y también gracias a ello volvimos a recordar, quienes ya los conocíamos, pero nunca viene mal que nos refresquen la memoria, el papel que jugaron los informes periciales de Heinrich Böll en la exoneración judicial del gran poeta austríaco Erich Fried y del escritor alemán Günter Wallraff, especializado en reportajes intravenosospor llamarlos de alguna manera: Wallraff acostumbraba infiltrarse con una falsa personalidad en las fortalezas de las compañías de seguros, de los bancos, de los consorcios alemanes, para estudiar, descubrir y revelar al público sus métodos a veces muy emparentados con los de la Mafia. (Entre tanto, y partiendo del apellido de este escritor, en varios idiomas –entre ellos el sueco– existe ya el verbo wallraffear, consagratorio de ese método del periodismo investigativo). Ambos dictámenes solicitados a Böll por la justicia alemana, a fin de que estableciese desde un punto de vista lingüístico si en los textos del poeta y del reportero había material susceptible de ser relevado jurídicamente contra los autores, ambos, figuraban asimismo en la exposición.

Como también figuró la documentación sobre el juicio mantenido por Böll contra un comentarista de la TV alemana que lo acusó pérfidamente de ser un incitador al terrorismo de izquierda, la luego famosa banda Baader–Meinhof. Fue este el capítulo quizá más importante de la muestra, y aunque solamente lo fuese por esta «reconstrucción de los hechos», era bueno y congruente que ella se expusiera nada menos que en la sede de los Juzgados Regionales.

Porque pocas veces ha habido en la historia de la literatura un autor más calumniado y perseguido que Heinrich Böll. Siendo ya Premio Nobel, y una persona íntegra e insospechable desde siempre, su casa y las de dos de sus hijos fueron una y otra vez blanco de la violación policíaca (no policial). Una violación a veces noticiada incluso antes de que hubiese tenido lugar, ¡pero como trámite ya sucedido!, por un diario amarillista: siempre el mismo. Lo que no habla precisamente en favor de la imparcialidad de la policía frente al inculpado, en un Estado dizque de Derecho: la prensa, cierta prensa, estaba ya informada de antemano.

Se me puede tachar de cínico por lo que voy a concluir ahora, pero en el fondo estoy contento de que así sucediera: ello nos deparó una obra maestra más de Böll, su narración titulada El honor perdido de Katharina Blum, en la que desenmascaró de manera magistral el modus operandi (criminal) de la tal prensa. Y dicho sea de paso, sería bueno que la estatua de la diosa Justicia, en el palacio de los Juzgados Regionales de Colonia, ostentase de una vez para siempre el rostro de Katharina Blum, y que detrás de su proverbial venda nos mirasen invisibles los ojos «claros, serenos» de esa heroína de Heinrich Böll.

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