Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

Un gato llamado Belmondo

De vez en cuando le cedo el espacio de mi blog a textos de mis amigos. Así, el 27.1.2015 se lo cedí a Alejandro Arcila, para que les ofreciese un cuento. Y es reincidente, como lo podrán comprobar con un nuevo texto suyo que, nomás leerlo, me hizo escribrirle pidiéndole permiso para incluirlo en mi blog. Y como Alejandro es un alma de Dios, me dio el permiso.

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Belmondo

por Alejandro Arcila

 

Queridos amigos, había hecho los oficios de buscar a mi gatico, Belmondo, hasta el día de hoy. En la tarde lo encontramos a veinte metros de la casa, estaba muerto bajo un arbusto hermoso de Pasionaria. Las flores violetas y blancas maravillosas se abrían sobre su cuerpo sin vida. Y me dolió mucho verlo allí y recordar los años que me dio y en que fuimos amigos y que me amó y lo amé. Pienso en la soledad de Dersu.

Belmondo iba a ser en realidad su hermano, Ana Bustos los encontró en Santuario y los encerró en un baño, del que se escapaban. Me trajeron, ella y Cristina Aristizabal a su hermano un domingo y en medio del camino abrieron la caja en la que lo traían y el gatico escapó. Nunca lo encontraron. Una semana después me trajeron otro gato. Lo llamé Belmondo como si fuera un gato francés, como si hubiera salido de una película de Godard, pero era un gato santuariano, mono, como los santuarianos.

Dersu llega mientras escribo esto y mientras lloro, sin entender me pide comida y se la doy.

Belmondo había nacido en marzo, calculo yo y llegó a finales de mayo hace cinco años. Cabía en la palma de mi mano y tenía mucho miedo de todo. Marcaba el comienzo de un ciclo de mi vida, ese mes me había ido de la casa de mis padres y vivía en un cuartico en un quinto piso desde el que se veía todo El Carmen. Lo apodamos El Faro, así le puso Ricardo Ospina, y desde la ventana Belmondo dominaba la altura. Allí amé a Laura y ella domesticó al gato, con sobornos de leche y de chorizo y con su pelo. Belmondo era un enamorado, el sudor de las mujeres le encantaba.

A finales de ese año encontramos a Dersu caminando muy cerca de la finca en la que ahora vivo y en donde murió Belmondo. Ya en ese momento vivía en un apartamentico en el barrio Boston de Medellín. Allí vivía con dos perritos con los que nunca se la llevó. Era aristocrático y digno, se tardó meses en acepar al otro gato. Luego las cosas mejoraron y pude vivir en un lugar más grande, cerca del otro apartamento. Luego amé a Fernanda allí y ella amó a mis gatos, peleamos varias veces en torno al asunto de si los gatos debían o no entrar a la habitación y dormir conmigo, yo me resistía a que durmieran en mi cama, pero censurar a un gato es imposible y al final terminaba cediendo a su compañía cálida en las noches.

Este año se ha llamado aprender a perder. Fernanda no estuvo más y yo no fui capaz de seguir viviendo en Medellín, me regresé a la finca de mi infancia, pensando también en que los gatos podían ser más felices aquí. Y lo fueron. Hace un mes les fabriqué un corral para evitar que se fugaran mientras se acostumbraban a vivir en el campo y duró una semana, pues pronto, muy pronto, aprendieron a fugarse. Durante una semana más estuve jugando al juego de encontrar el hueco y cerrarlo, para que los gatos encontraran otro. Censurar a un gato es imposible. Desde la semana pasada habían comenzado a salir durante el día y regresaban puntuales a comer. Dersu hacía caminatas más largas, Belmondo, aristogato, franchute, obeso y afeminado, se quedaba cerca de la casa. Nunca había visto a Belmondo tan feliz en la vida, el jueves pasado, que fue la última noche que lo vi, le había traído un collar con su nombre, nunca había tenido uno, emocionados los tres jugamos en el prado hasta las 12 de la noche, yo estaba extasiado porque la noche anterior había visto a Saturno con el telescopio de Andrés Álvarez Arboleda y esa noche lo había viso de nuevo. Jugamos a que yo corría y ellos me perseguían, mi papá había venido a acompañarme y estaba sorprendido porque en su vida nunca había visto a un gato y menos a dos, jugando como si fueran perros.

El viernes pasado Dersu llegó a comer, pero Belmondo no. Lo busqué con mucho empeño, caminé por la vereda preguntando, ayer me vine temprano del trabajo porque tenía la corazonada de que estaba en un cultivo cercano. Pero no lo encontré. Anoche mi papá vino a visitar de nuevo y hoy decidió quedarse en la mañana buscándolo, lo encontró bajo el curubo. No sé qué pudo sucederle, no sé cómo murió. No estaba herido, estaba en posición de tranquilidad con las patas recogidas, como si durmiera. No tenía el collar puesto, no sé qué pudo sucederle al collar.

Solo sé que hicimos un hueco junto a un pino que yo recuerdo que sembré de niño con mi papá, el pino lo trajimos de la Escuela donde él era director y que ya tampoco existe porque el tiempo todo lo destruye y era tan hermoso que yo propuse que estuviera en todo el centro de la finca. Durante muchos años casi todos hemos llegado a decir que quisiéramos ser enterrados junto a ese pino. Que es emblemático. Y allí yace hoy mi gato. Mientras lo entregaba a la tierra y las palas caían sobre su cuerpo, me despedí con amor y le agradecí su mirada eterna de animal, con la que veía siempre a lo abierto del mundo, a la totalidad plena y total de la existencia en la que él estaba y desde la que me miraba tiernamente y desde la que me decía con altura aristocrática, «Pobrecito tú que no entiendes la vida». Hace un mes más o menos dormí por última vez con él, en la mañana le dije: «Hoy es la última vez que dormimos juntos, en la finca no va a pasar». Y no me arrepiento, cuando abrí la puerta del corral les dije como una oración que se los entregaba al mundo.

Cuando terminé de echar la tierra en el hueco donde ya no existe mi gatico sino solo su cuerpo que comienza ya a descomponerse, llamé a mi mamá desesperado, no recuerdo a mi papá llorando antes. Lloramos los tres. Yo me levanté del prado y leí la octava elegía de Duino, de Rilke. La poesía es la única forma de oración que conozco. En el dolor supremo de ese encuentro con la muerte de mi gato, en la entrega dolorosa de su cuerpo al mundo, al que se lo había entregado vivo y del que él se fue «como se van las fuentes» (dice Rilke), confirmé la sospecha que he tenido todo este año de que ese poema se equivoca, porque nosotros también en esos momentos místicos comprendemos que la totalidad del mundo nos abisma, que no hay forma de mirar sino al frente, de entregarnos totalmente a la totalidad, que el mundo de la conformación, de los conceptos, del lenguaje, se nos convierte en nada y que nos encontramos frente a la vida, plena, total, indiferenciada, en la que nosotros somos una misma cosa con el mundo y con todos los seres que lo habitan y que nuestra muerte será tan muerte como la del escarabajo de Szymborska.

Comienza a llover y ya estoy tranquilo, no como todas estas noches que cuando llovía me preguntaba por dónde podría estar mi gato y si se estaría mojando.

Que la lluvia ayude a que su cuerpo se descomponga para que el pino icónico del prado se alimente.

Rezo con Rilke:

«el animal libre tiene su ocaso
siempre tras sí, y ante sí a Dios,
y cuando va, va hacia la eternidad,
del mismo modo en que van las fuentes.
Nosotros jamás tenemos, ni un día,
el puro espacio adelante, hacia el cual
las flores se abren sin fin».

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