Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

Esther Andradi, evocando a Veguita: Por las calles del recuerdo

No es la primera ni será la última vez que le cedo este espacio a una de mis amistades para que publique un texto de su autoría. Lo hago por puro egoismo, para que mi blog mejore su nivel. Y tratándose de Esther Andradi, como en este caso, además de egoista soy ventajista y avivado, porque apuesto sobre seguro; cualquier británico me miraría desdeñoso por hacerlo. Pero mi vergüenza era verde y se la comió un burro, como diría mi abuela Remedios, que no sólo fue bella sino que además era una sabia. Les dejo, pues, con el texto de Esther Andradi:

«Creo que fue en vísperas de Reyes cuando un poema cayó en el buzón de mi compu. Un amigo me reenviaba unos versos del poeta argentino Héctor Gagliardi, rescatados del olvido por el historiador Ricardo Ostuni, de Buenos Aires. Hay momentos como éste en que todo el orden interno se desmarca para buscar la ficha que concuerde con el juego de memoria.

¡Héctor Gagliardi! Pero si yo tengo el poemario Por las calles del recuerdo, comprado en Lima a fines de los setenta, cuando trabajaba como periodista en Caretas. Corrí a mi biblioteca a buscarlo. Sí, ahí estaba, con una portada celeste y blanca (!) publicado en 1946 en Buenos Aires. Y con prólogo de Homero Manzi, una joya que sigue brillando sesenta años más tarde.

Tener ese librito en mis manos, menudo como un cancionero, fue evocar súbitamente el nombre de la persona que me había vendido ese objeto extravagante: Jorge Vega, Veguita, el tipo más culto que conocí por aquellos años, y que recorría las redacciones ofreciendo delicadezas. Veguita era un bibliófilo nómade, un anticuario andante, un entrenador cerebral, un couch para escribientes poco aficionados a la lectura. Un desasnador del periodismo de Lima la bella. “Sólo una montaña de libros salvará al Perú”. Afirmaba.

Le decían Sobaco Ilustrado. Porque llevaba sus libros debajo el brazo. En cualquier época del año, a cualquier hora, porque este oficio le proporcionaba un gran placer.  Y cuando se cansaba de caminar se refugiaba en la playa La Herradura. Adoraba el mar.

“Tengo algo impresionante para tí”, te decía, mirándote desde esos ojos claros que iluminaban su sonrisa. Y entonces te entregaba aquello que había encontrado quien sabe dónde, como una ofrenda. No había más que pagarle lo que pedía por ello. Conocía a sus amistades y para cada una de ellas tenía el libro adecuado.

Veguita nutrió mi bliblioteca de todo lo popular que anhelaba mi corazón desterrado. 200 tangos de ayer, de hoy y de siempre,  los valses peruanos, la pasión de los boleros. Y lo transgresor. Alguna edición antigua de La Emancipación de las Mujeres de Flora Tristán. O  Nosotras las niñas, de Elena Gianini Belotti, un tesoro publicado en Medellín por la Corporación Educativa San Pablo y casi inahallable. Pero no para Veguita, que no conocía imposibles.

Era un vendedor nato, sí, pero sobre todo un ilustrado, un señor librero, un lector apasionado, un hombre fiel a sus libros, un defensor de la lectura como ya no existe. Y un crítico literario temible.  Aunque no quería enemistarse con los escritores de su país porque, decía, «finalmente he logrado lo que ellos anhelan: vivir de sus libros».

Y si escribo esta evocación en pasado es porque Veguita eligió este mes de febrero para irse definitivamente con su sapiencia y su humor a cualquier otra parte que no sea de este mundo. A él, que amaba tanto la lectura, lo traicionó un cáncer en la vista. “Voy a demandar a la astrología”, anunció en una de sus últimas entrevistas: “Me habían asegurado que era de Sagitario, y ahora resulta que estoy bajo el signo de Cáncer”.

Sus amigos organizaron colectas para ayudarlo, pero no hubo caso.

Tenía 77 años.

Las calles de Lima, las redacciones, la gente de prensa, los estudiosos y los poetas, la playa La Herradura y los lectores lo vamos a extrañar. Los libros, pobres, se han quedado muy solos».

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