Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

Del mal uso del castellano

En enero 2002, volando de Buenos Aires a Fráncfort, a bordo de un avión de una compañía alemana, una vez más pude convencerme de que el idioma que emplean los pilotos y azafatas, para comunicar información a los pasajeros hispanoparlantes, es una lengua que tiene lejanos, remotos, parecidos con el castellano.

Así, a los pasajeros de primera clase y «clase business class» (y el pleonasmo no es mío, es que lo dicen así: «clase bisnis clas») se les pidió que «retractasen» los monitores que van adosados a los brazos de sus butacas. Como si los pobres monitores fuesen Galileos acusados por el Vaticano de atentar contra el orden divino por asegurar que es la tierra la que gira alrededor del sol, y no al contrario, según lo definía doña María Moliner en la primera edición de su por otra parte tan heroico diccionario.

Y luego, al resto de los pasajeros, se nos pidió que colocásemos nuestros asientos en «una posición vertical». Como si, a despecho de Euclides, estuviese dada la posibilidad geométrica de que existan dos o más posiciones verticales.

Además, a todos, se nos encareció que nadie se levantara de sus asientos hasta que los motores «hayan sido apagados», una flagrante mala traducción que te puede levantar sarpullido si como yo, estimado lector (mi cómplice, mi amigo), padeces de alergia contra el idioma de George WC. Bush, no contra el de Shakespeare, Dios nos libre.

Amén de ello, comenzar cada una de estas exquisiteces idiomáticas llamándonos «Damas y caballeros» me pareció algo así como volver al siglo XIX a velocidades casi ultrasónicas, o mejor dicho: ultrafonéticas. Estuve tentado de pedirle a la azafata más próxima que me trajese una peluca empolvada y un sacoleva con ribetes dorados, a fin de poderle hacer honor al anuncio de los altoparlantes.

Eso para no hablar de lo que debió querer decir, una hora antes del aterrizaje, que nuestro Jumbo sobrevolaba París «momentáneamente»: le rogué a todos los dioses de todas las cosmogonías que el sobrevuelo de París fuese momentáneo porque no deseaba quedarme volando eternamente sobre la Ciudad Luz por muy hermosa que sea vista desde arriba, e incluso, a veces, pero sólo a veces, a ras de tierra.

Me acordé mucho, en esos instantes, de un par de días antes, en Montevideo, cuando alquilamos un auto con el violinista Jorge Risi, de quien me aventuro a decir que es el mejor intérprete de su instrumento en toda América Latina, y no sólo ahí. Quería Jorge llevarnos a conocer la costa uruguaya hasta Punta del Este, y debo explicar, para mejor inteligencia de lo que sigue, que ya por entonces mi esposa y yo nos habíamos rioplatensizado hasta el punto de decir «dejame» por «déjame», y «hablame» por «háblame», y «contame» por «cuéntame».

En un momento determinado de nuestro viaje descubrí un anuncio que comenzaba diciendo «Vos sos» y Jorge me dijo que en todo el Uruguay ha costado habituarse a ver expresiones como ese «Vos sos» en las vallas de publicidad. Y que en el departamento de Rocha se precian de ser los uruguayos que mejor hablan el castellano, hasta el punto de que corre el chiste que allí es el único lugar de la República donde para comprar un determinado y famoso dentrífico se pide un CUÉLGATE.

Confieso paladinamente no ser un purista en materia de idioma, y mis habituales lectores son mis mejores testigos después de tanto tiempo de acudir a visitar este blog. A mí no se me caen los anillos por emplear expresiones coloquiales ni reírme del lucero del alba de la sintaxis, pero pienso que debemos prestar mucha atención a la manera como utilizamos el idioma para no caer en absurdos tales como el que vi en la pizarra de un restaurante de Pocitos, también en Montevideo. El plato del día era «milanesa napolitana». ¿Se imaginan un festival musical en el que alguien anunciase que iba a cantar «vallenatos caleños»?

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