Ventiundedos

Publicado el Andrey Porras Montejo

Apuntes para comprender el Sí

La etimología de las palabras ayuda a comprender mejor la naturaleza del ser humano. El lenguaje no salió del cerebro de los lingüistas, sino de la entraña de la cultura. Por eso, una palabra no miente, su significado es fiel.

La palabra “paz” viene del latín “pax” que está emparentado con una época en la cual no hay guerra. En el mundo antiguo, donde se demuestra que la violencia existe desde siempre, la guerra se detenía por dos motivos: el pago y el pacto.

Entonces, para acercar la paz, es preciso pactar, llegar a consensos, pronunciar un diálogo. La dificultad que tienen algunos sectores para entender lo que ocurrió en la mesa de negociación de la Habana reside en la falsa conciencia de “yo no me junto con esa chusma”, “los asesinos no merecen sino la muerte”, “no hay prebendas para delincuentes”, “Eso es ser comunista”, “Vamos a regalarles el país”…..cuánta mentira y desinformación junta: si alguien me lo preguntara, estoy dispuesto a comprender las implicaciones de un pacto que traza el futuro del país, porque para haber llegado a un acuerdo, tuvo que mezclarse la humanidad con el desahogo, la catarsis y la verdad. El perdón de Timochenko en su discurso del lunes pasado no sonaba a un artilugio diplomático sino a una fuerte conciencia, derivada del cansancio, de la inutilidad, del sin sentido (su acto reflejo, al escuchar el jet pasar por lo aires, también lo demuestra: “El jet que saluda a la Paz y no tira bombas”)

Por otra parte, también para acercar la paz, es preciso pagar, y este sentido no se relaciona solo con lo monetario, también es la conciencia de que la paz es un músculo viviente que debe estar en movimiento: insistiendo sobre sus significados, aplicando sus valores en la vida cotidiana, actuando coherentemente con sus principios, muy a diferencia de quienes creen que ese proceso no los toca. Por convicción, acercarse a la paz también es alejarse de la trampa, de la obsesión por obtener (a cualquier costo) mis objetivos, del reconocer que nada funciona sin palanca, del establecer perpetuos anquilosamientos, basados en la mediocridad del mutuo elogio. Estoy lejos, muy lejos de esas usanzas tan colombianas y tan propicias para que la rabia, la injusticia y el desespero generen violencia.

Un proceso de paz no puede mirarse desde la perspectiva de los victimarios, es preciso, es casi obligatorio, observarlo desde las lógicas de las víctimas. Al victimario siempre le van a quedar cortas las penas, para ellos, seguramente no habrá justicia que colme la paciencia de todo el daño que hicieron. En cambio sí, las ideas de reparación, perdón, restitución, verdad, reconstrucción y reconciliación, de cara a las víctimas, no solamente resultan propicias, sino que invitan a una renovación cultural adecuada, centrada en la madurez de enfrentar los problemas y tomarlos como posibilidades de aprendizaje.

Ese ambiente genera transformaciones: la fuerza pública se convierte en garantía y el respaldo para todos esos procesos, harían las veces de custodios de la tranquilidad, en lugar de ser catalizadores de la violencia;  las oportunidades reales de supervivencia se multiplican, el negocio cambia porque cambia su objetivo, los mismos raspachines de coca pueden converstirse en agricultores si la agricultura les da billete (ya ocurrió en la Sierra Nevada, los guía turísticos de hoy alguna vez fueron paramilitares). Se trata de hacer productiva la legalidad. Por último, se transforma la manera de hacer política, entran al escenario un grupo de ideas disímiles, con un  comodín que solo dura dos periodos, y con la profunda necesidad de entrar en el mundo de la deliberación, las ideas y la intención de voto.

Por todo lo anterior, yo sí pago por la paz, yo si pacto por la paz, yo sí deseo que el Sí se comprenda y no se vapulee con ignorancias, los sapos que hay que tragarse no son tan venenosos.

Apuntes

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