Utopeando │@soyjuanctorres

Publicado el Juan Carlos Torres

Resistencia senil

Con su habitual discurso panfletario la ultraderecha colombiana ha desempolvado sus  ambiguas esquelas de discordia, esas mismas que en toda nuestra vida republicana, desde un sector y otro, ha causado imborrables huellas de violencia e intolerancia en nuestra sociedad, como preanunciando que seguiremos condenados  a la hostilidad.

Ni el mentor de la mal llamada y confusa resistencia civil le ha explicado al país a ciencia cierta cuál es su alcance y cuáles son los medios a emplear para el logro de sus fines; o se trata de una pasional, espontánea,  apresurada  y equívoca alegoría que no ha podido enmendar y ha trascendido sin revés, o de algo muy secreto que se teje al interior del clan. Han pretendiendo igualar  su llamamiento con la desobediencia y resistencia civil pacífica que desarrolló Gandhi en la India, olvidando el detalle que Mahatma batallaba a favor de la paz y no contra ésta.

Tal parece que se acostumbraron tanto a la guerra que hoy le temen a la paz, a ese estado de tranquilidad social que desconocemos y que anhelamos  pero que nos ha sido esquivo desde toda la vida patria, es menester recordar que Colombia se convirtió en República en medio de la guerra y ha convivido, forjado y avanzado aún en ella; aunado a ello ese carácter impulsivo que caracteriza nuestra raza e idiosincrasia y que se ha alimentado con nuestra violenta cotidianidad, donde creemos que la sangre es  justicia, premisa  de la cual se valen los avivados para conectarse con las masas  y enardecerlas.

El ex Presidente Uribe ha encauzado la paz hacia una guerra de egos. No podemos olvidar que en su gobierno buscó dialogar con las Farc, planeó reunirse con Alfonso Cano y Pablo Catatumbo en secreto en Brasil a través de su alto comisionado de paz Frank Pearl; también ofreció curules en el congreso a la organización guerrillera sin reparación ni verdad,  registros multimedia de fácil acceso en la web así lo soportan. Asimismo, ordenó la liberación del guerrillero Rodrigo Granda y lo nombró gestor de paz para lograr un acuerdo humanitario con las Farc.

En ese mismo gobierno nos tragamos los sapos de la convención secreta e ilegal en la denominada “refundación del país” pacto de Ralitos que rubricó el ex Presidente y que acabó por facturar prisión a sesenta congresistas  parapolíticos e investigaciones a medio millar de gobernantes también aliados de las Autodefensas. Aceptamos sin plebiscito los acuerdos de Justicia y Paz con el paramilitarismo, proceso que sólo condenó menos del 2% de los desmovilizados que ascendieron  a treinta y un mil quinientos; y finalmente no hubo ni paz, ni justicia, ni resarcimiento, ni restitución de tierras, ni perdón, ni desmovilización total y menos olvido; en cambio dejó prófugo al ex comisionado de paz Luis Carlos Restrepo por engañar al país con falsas desmovilizaciones, y  trasladó la guerra rural a las grandes ciudades tras la mutación de gran parte de las AUC en bandas criminales emergente Bacrim. Y aunque el país sabía con antelación que no se le preparó para la reinserción de los insurgentes  a la sociedad civil y se vaticinó el fracaso del proceso, nadie convocó una resistencia civil porque finalmente todos queríamos lo mismo que hoy, el cese de masacres y derramamiento de sangre de más hermanos colombianos.

El conflicto interno en Colombia ha cobrado más de doscientos veinte mil muertos, cuatro veces más y en una década menos que los muertos del conflicto palestino-israelí. Por alguna razón Virgilio Barco negoció con el M19, Álvaro Uribe con las AUC e intentó hacerlo con las Farc con toda clase de prebendas menos garantistas que las de justicia transicional; lo hizo Andrés Pastrana en el mayor fracaso de negociación con las guerrillas despejando y entregándoles posesión eventual de cuarenta y dos mil kilómetros cuadrados de territorio en San Vicente del Caguán, y hoy curiosamente se rasga las vestiduras como Uribe y se declaran opositores al Proceso de Paz, refrendando el antes citado ideario que la “paz es una guerra de egos”, de quienes quisieron negociar  sin éxito con las Farc y aparecer reseñados en los libros de historias y revistas mundiales como héroes. ¿Entonces por qué si apoyar la paz de Uribe y de Pastrana y no la de Santos?, si al final todas se sustentan en lo mismo.

El único propósito de la “resistencia civil” debería ser resistirse a irrespetar la democracia y la institucionalidad, a confiar en el pronunciamiento de los colombianos a través del plebiscito, a no incendiar el país, a no auspiciar la generación de más violencia, a resistirse a la idea que no representan a toda la sociedad como suponen; y sobretodo, resistirse a la victoria de la paz.

No podemos dejarnos chantajear una vez más por quienes amenazan al país con la insubordinación y  la violencia política, así lo han hecho desde siempre y algo debimos aprender. Sepan que la guerra la hacen los hijos de las clases sociales menos favorecidas en defensa de los intereses de los acaudalados que nunca entregarían a sus hijos un fusil. Esta guerra no nos pertenece y menos a nuestros hijos, aquí no hay causa sólo intereses de un sector y del otro, por eso hay que acabarla; ¡gana el país, ganamos todos!

@soyjuanctorres

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