Utopeando │@soyjuanctorres

Publicado el Juan Carlos Torres

Campo Alegre, crónica de un colapso anunciado.

La mística coloquial del colombiano, lo conduce a considerar que en este país, así como en todos los desmanes, hasta las catástrofes se citan para ocurrir al tiempo, apreciándose de cada ocasión símil para reproducirse.

Como corolario de lo anterior, cada vez que alguien se suicida, tres más lo hacen; igual sucede con las violaciones, hurtos u homicidios con ciertos rasgos característicos en común, entre otros. Por ello resultaría cómodo concluir, que a propósito de lo ocurrido en los últimos días en Medellín, con ocasión  a la destrucción de la torre seis del edificio Space en el sector del poblado, las edificaciones de Campo Alegre en Barranquilla pretenden hacer lo propio; simulando una amenaza en la estructura de sus edificaciones, inobservando quizás, que casos como los señalados y más, son  pan de cada día en Colombia; y que son los medios de comunicación quienes determinan priorizar o no la información y asocian e integran la misma de acuerdo al interés y conmoción nacional; generando en ultimas, esa sensación de “todos se aprecian”.

A diferencia del Space, la problemática de Campo Alegre, constituye una amenaza desde la antepenúltima década, relegada por el abandono e indiferencia de un Estado indolente y los medios de comunicación centralistas. Aunado a ello, viciado por nefastas decisiones administrativas y el hambre de una minoría poderosa, capaz de someter a quienes una vez soñaron con vivir en un “Campo Alegre”.

Desde finales de 1998, en el sector de Campo Alegre, se presentó un movimiento del terreno, afectando la infraestructura vial y residencial; sufriendo deslizamientos y advirtiendo el acaecer de esta zona hoy declarada en calamidad pública; lo que ha forzado a algunos habitantes a salir de sus propiedades y otros a permanecer allí, condenados al temor y la zozobra, esperanzados en una indemnización al daño causado, que jamás llegará. Lo que supone el compromiso de la vida y el patrimonio de las familias que allí planearon vivir. Lo abominable de esta realidad al estilo de Macondo, es que  estudios previos realizados por Ingeominas advirtieron sobre la inhabilidad del suelo para proyectos de construcción, decretándose una alta amenaza sobre esa parte de la ladera occidental; advertencia apartada por la administración distrital de ese entonces (2002) que levantó la prohibición y admitió la construcción en el sector, so pena de los riegos que acarreaba tal decisión.

Pronto ese gran sueño de centenares de familias arraigadas en la ilusión de tener casa propia, algo que es un privilegio en este país, se convertiría en pesadilla. Desengañados, dilapidaron su patrimonio en prominentes proyectos urbanísticos que resultaron ser casa de naipe. Sometidos a irregularidades, resultaron perjudicados como consecuencia de la avaricia y tiranía de algunos constructores y de una vil decisión administrativa. La única justicia hasta ahora, es la resarcida por la madre naturaleza, quien apeló al territorio que vendedores de sueños del nunca jamás intervinieron desestimando las condiciones del terreno.

Misteriosamente la sociedad barranquillera yace inerme ante esta incertidumbre que en apariencia no les corresponde a todos, inobservando que más de los que se piensa, viven en zona de alto riegos, constituyéndose en nuevas víctimas de la irresponsabilidad de firmas constructoras que con el beneplácito de administraciones de turno han edificado sobre zonas de deslizamientos o amortiguamiento de empresas del sector cementero y generadoras de energía que conducen al deterioro de la salud, como los sectores de Villa Carolina, Miramar y adyacentes. Solo cuando hagamos esta reflexión juzgaremos que la explosión del sector constructor insurrecto a una planeación y ordenamiento territorial de la ciudad conducirá a la ocurrencia de hechos catastróficos, donde la naturaleza tarde o temprano acabará pasando cuenta de cobro; lo que dicta que la problemática si nos concierne a todos. Adicionalmente, otros signos generadores del impacto ambiental en Barranquilla, como los asentamientos humanos en la zona de la cangrejera en la Ciénega de Mallorquín y la habitabilidad en las laderas del río Magdalena; así como la expansión descomunal y descontrolada de las estaciones de servicio de combustible, plantas envasadoras y almacenadoras de gas, que cohabitan en sectores residenciales, generando un sinnúmero de riesgos.

Ahora si vamos comprendiendo que tan afectados estamos, y que el silencio y la indolencia nos convierte en cómplices en una sociedad mayoritariamente decadente donde los constructores resultar ser víctimas, las malas decisiones administrativas desarraigan  el interés colectivo y los órganos de control, curadores, interventores y superintendencia de sociedades; cantan como Shakira, haciéndose los sordos, ciegos y mudos.

Deber lamentar antes que prevenir envía un mensaje equivocado a la sociedad. Casos como el Space representan una lección que aprender para prevenir las crisis antes que llorar a nuestros muertos. Es pertinente señalar que las grietas detectadas en la estructura del Space dos días antes de la tragedia dieron lugar a una intervención seria que mitigo la magnitud del siniestro, siendo que en Campo Alegre las mismas grietas llevan años.

Esperamos que el gobierno nacional tome cartas en el asunto e intervenga en el caso de Campo Alegre, tal como lo ha hecho con el  Space y logre ponerle fin a este sueño que se convirtió en pesadilla para los habitantes de Campo Alegre, quienes compraron en tierra mala engañados. Esperamos también que la indiferencia del Estado no se trate de una discriminación territorial.

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