Esta crónica de viaje nació a petición de la Revista Cambio, en un momento decisivo para Cuba (publicada el 10 de febrero de 2026). Una isla que huele a son, a ciencia y a cultura, pero también a hermandad y a una generosidad profunda con Colombia. No es un dato menor: fue en su territorio donde se tejieron los diálogos de paz que condujeron al Acuerdo de La Habana —así se llamó—, o Acuerdo Colón, el cierre de uno de los conflictos armados más largos y dolorosos, con las hoy extintas FARC. Un territorio generoso que hoy sigue abriendo sus puertas para la construcción de más paces en un país que, como Colombia, recicla la guerra y desentierra las armas y los odios a cada instante.
La misma isla de la paz fue azotada la semana pasada por una ráfaga de viento frío que llegaba desde el norte y la hacía irreconocible. La ropa pensada no servía para nada y tocó vestirse “a lo Bogotá”: sacos y abrigos como nunca. Un viento que la volvió, por momentos, oscura y extraña. Un mar embravecido, quizás porque ya sentía los coletazos del último bloqueo —porque han sido infinitos—.
Los mismos bloqueos que la detuvieron en el tiempo: sus edificios, sus calles, el mismo aeropuerto y hasta su transporte. Marcas visibles a lo largo y ancho de la isla, incluso en el rostro de una nación digna y culta que no pudo desarrollar su proyecto utópico, como se lee en esa Constitución devorada durante el viaje de regreso.
Una Cuba que apenas logra resistir tamañas embestidas de la historia, lideradas por los Estados Unidos desde los años sesenta. En esta oportunidad, un bloqueo que, además de económico, es energético y se refleja en nuevos aranceles y sanciones para todos aquellos Estados que se atrevan a suministrarle petróleo. ¿Cómo sobrevivir ante tamaña ignominia?
¿Y los aliados del pasado? Algunos fracasaron como proyecto histórico; otros no tienen el oro negro ni están dispuestos a agraviar al Norte; y, para colmo de males, en los últimos meses se perdió a Venezuela, que hoy parece una colonia del norte. Y ya ni la misma Sheinbaum puede hacer algo relevante en materia de solidaridad. Colombia, por su parte, permanece amarrada por el miedo a nuevas listas Clinton y sanciones.
Un mundo lleno de miedo, sin integración ni comunidad para enfrentar estos apetitos del mercado y del capital. Lo democrático, luego de la afrenta militar a Venezuela, ya no puede ser utilizado como excusa para esta última agresión a la isla. Eso que llaman democracia es expoliación, explotación o mercado por construir. ¿O no?
Desde el Hotel Nacional —en una burbuja de privilegios—, en pleno evento liderado por constitucionalistas y comparatistas, en clave de empatía y esperanza, apenas se puede observar lo que sucede en las provincias y en las calles en estos momentos. Una “calma chicha”, muchos silencios y poca información. La penúltima noche en la isla, uno de los conserjes del hotel emblemático insinúa que salir de esa burbuja es complejo, por la poca de luz en las calles, los temas de seguridad y una incertidumbre que agobia.
En ese mismo hotel donde reposan las fotografías, en el Salón de los Famosos, de Samper, Piedad Córdoba, Lucho Garzón, Santos y otros, se convocó el emblemático evento Cuba CON-PARA (Segundo Congreso Internacional de Derecho Comparado y Constitucional), al que asistieron decenas de profesoras y profesores —entre ellos, grandes constitucionalistas y comparatistas cubanos—. Un proyecto académico que podría haberse realizado en otro país, pero que tuvo lugar precisamente en Cuba, para comprender todas las geografías y las propuestas de organización política que ameritan profundo respeto desde la comparación y la empatía.
Leer con lentes de supremacía moral y homogeneidad no es respetuoso ni esperado en el mundo de la comparación ni en un constitucionalismo de la esperanza. Por eso Cuba es y será el mejor lugar para este seriado de eventos, que en esta oportunidad coincidió con el azote del Norte: no solo del viento frío, sino del voraz capital que lo acompaña.
En Cuba CON-PARA se tuvo tiempo para el respeto y la comprensión de un fenómeno constitucional e histórico que fue truncado desde su nacimiento y que entró en su fase más compleja a finales de los años ochenta, cuando se cayó una de las formas de hacer socialismo en el mundo, cuando se abrazó al capitalismo como única opción y a la democracia liberal como la única posible, presentada como racional y perfecta, a pesar de haber engendrado monstruos como el actual gobierno de Trump o el que lidera el genocidio de Palestina.
Ni el constitucionalismo, ni el derecho internacional, ni los organismos internacionales ofrecen hoy una salida a Cuba. El primero queda frustrado ante las intervenciones y los bloqueos referidos; el segundo se percibe como un ordenamiento en crisis —la voz de los internacionalistas apenas se escucha—; y el tercero parece silencioso e inoperante en este momento. Tampoco se observa una línea de integración latinoamericana o mundial que opere en clave de unidad y solidaridad. Sin duda, se está frente a una forma de castigo colectivo y a una práctica susceptible de ser calificada como delito de lesa humanidad: someter a millones de seres humanos a la indignidad estructural, ante un mundo que hoy prefiere pasar la página.
De hecho, la Constitución de la República de Cuba, en su parte dogmática, habla de una utopía poderosa: una sociedad donde la dignidad es central. Pero esa dignidad, sin calorías suficientes para sostener la vida, sin energía eléctrica, sin combustibles, sin transporte y sin esperanza —y con una democracia socialista que apenas revisa sus graves errores históricos—, arrinconada por el bloqueo de marras, hace imposible la vida y el sueño del gran Martí:
“Yo quiero que la ley primera de nuestra República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”.
Los coletazos del tirano del Norte se sienten y se ven en La Habana, pero más aún en las provincias; en la emigración de millones de cubanas y cubanos; en una población cada vez más envejecida; en la imposibilidad de construir su propia dignidad. Toda una estrategia para estrangular la isla y proyectar más complejos hoteleros y casinos, como hoy se observan en los renders construidos sobre el adolorido territorio y Estado de Palestina.
Esta reflexión se cierra con muchas imágenes de esperanza recogidas durante la corta estadía: estudiantes de la Universidad de La Habana, ávidos de sueños y oportunidades; químicos, matemáticos y artistas que hoy transportan el turismo rico y pobre que llega a la isla, pero que tuvieron un pasado en las fábricas, las industrias, las universidades y los teatros; licenciados bilingües y trilingües que hoy cuidan a los miles de extranjeros que a diario pisan la isla; y el gran Estudio 50, tan parecido a las viejas bodegas del Williamsburg neoyorquino, un proyecto cubano construido en una antigua bodega gigantesca donde jóvenes hacen arte, teatro y cultura. Tienen con qué: estudios, alto nivel, estética y una sensibilidad profunda.
Se suma, el conductor del taxi que cantó sin parar son cubano, como si afuera nada estuviera pasando. Y, al mismo tiempo, las filas de carros esperando la última gota de gasolina; los turistas despistados que llegaban a la misma burbuja; y tantas otras escenas que conviven sin pedir permiso. Rostros bellos y de esperanza en medio de la calma chicha que se siente en cada calle.
“Resistir con dignidad”, dijo Miguel Díaz-Canel, presidente de Cuba, en su alocución de la semana pasada. Pero la dignidad, para sostenerse, necesita manos amigas y un apoyo real que acompañe el cansancio de un pueblo. Que Latinoamérica —la misma que canta y se nombra en las canciones de Bad Bunny— despierte en solidaridad y tienda el abrazo necesario a esa isla que hoy clama respeto, empatía y corazón.
¡Ay, mi Cuba!
De Beny Moré.
No digo más.