Tejiendo Naufragios

Publicado el Diego Niño

Pequeño favor

Favor

A los Rolling Stones los conocí en algún momento de inicios de los ochentas. Probablemente los escuché en un casette que rodaba en el equipo de sonido de mi papá, que después fue mío y que ahora es de la tierra (quien intentará digerirlo hasta el final de la humanidad). En ese entonces era bastante niño para entenderlos. Sólo me gustaba sus sonidos provocadores y la voz entre dulce y agresiva de Mick Jagger.

Años después nos reencontramos en mi preadolescencia. Los escuchaba en Javeriana Estereo o en UN Radio, acompañados por acotaciones de Juan Carlos Garay o de Diana Uribe. Fue mi primer encuentro con la historia del rock, que es lo que más me ha gustado de este género: jóvenes acomodados que adoptaron los sonidos de la marginalidad para hacerlos suyos.

En la adolescencia sucedió el reencuentro definitivo en un álbum enclaustrado en una caja con un libro que tenía la historia de la banda y 5 cd´s que me hicieron brillar los ojos. Los Navarrete eran los dueños. Y con la generosidad que siempre han tenido, me hicieron el favor de grabarlos en casettes para que yo pudiera escucharlo todas las veces que quisiera. Como en efecto hice hasta el año 2000, cuando “abandoné” la música en inglés para inscribirme definitivamente en música que llegue a mi alma sin el filtro de la traducción.

Pero no fui el único que se enamoró de los Rolling Stones. De hecho, fui quien menos los amó. Entre nosotros (los de siempre, los de toda la vida), Nabyl fue quien les profesó un amor que lo acompañó hasta el día de su muerte. Recuerdo su alegría sin orillas cuando sonaba Jumpin Jack Flash o Miss You, sus pasos aprendidos vaya a saber dónde y sus manos sacudiendo la oscuridad de bares que navegaban entre humaredas de cigarros legales y prohibidos. “Cuando vengan los Rolling Stones nos vamos a pegar el viaje de la vida”, me decía al oído. Después se lo decía al oído a Walther o a quien estuviera a la mano. Daba una calada al cigarro y se perdía en las crestas de las guitarras o en el terciopelo del bajo.

Por esa razón, si Nabyl estuviera vivo, en este momento estaríamos alistándonos (los de siempre, los de toda la vida) para pegarnos el viaje de nuestras vidas a pesar que tendríamos 20 años más que aquellas noches de rumbas prohibidas. A pesar que tendríamos más deudas y menos ganas de bailar hasta el amanecer.

Sin embargo, bastaría el primer golpe de batería para irnos en volandas a la adolescencia que perdimos en el camino y volveríamos a gritar, saltar y perdernos en la música sin pensar en las deudas, las esposas ni los hijos. De nuevo seríamos los locos, irresponsables y felices que fuimos a mediados de los noventas. Nabyl, con menos cabello y más barriga, movería sus brazos en esa oscuridad tan parecida a la muerte.

Por eso, si alguno de ustedes va al concierto, díganle a Mick Jagger que disculpe la ausencia. Díganle que no voy porque la cita no es esta noche, sino en algunos años (no sé cuántos), cuando él y nosotros (los de siempre, los de toda la vida) nos encontremos en las gargantas del infierno para darnos un viaje que durará el tiempo que tarde el demonio en aburrirse de nosotros y remitirnos a los suburbios del cielo, para que continuemos la fiesta hasta que el universo se vuelva a contraer.

PD: Disculpen la redacción; lo escribí a la velocidad de los recuerdos (y de Jumpin Jack Flash).

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