Existe una pregunta que parece trivial pero que es inquietante si se piensa a profundidad: ¿por qué el dinero tiene valor?

La respuesta es incómoda: en la actualidad el dinero es un acuerdo colectivo. Y, como toda promesa, su valor depende enteramente de quien promete.

Si el dinero vale por la confianza que genera su emisor, entonces el bien más valioso que tiene cualquier banco central no es el oro, sino su reputación. Esa reputación descansa en cosas concretas: que el banco central tome decisiones técnicas y no políticas, que existan instituciones que den certeza sobre el futuro y que el gobierno no gaste a voluntad o que imprima billetes para tapar huecos fiscales.

En el caso específico del dólar, su valor depende de que Estados Unidos sea un actor predecible dentro del orden internacional. Al euro lo respalda el BCE y la disciplina del bloque europeo, a menudo criticada por su rigidez en momentos de crisis. El yen japonés se sostiene sobre décadas de institucionalidad robusta. El franco suizo es sinónimo de estabilidad. Ninguna de estas monedas necesita que alguien las defienda: su valor lo ampara la trayectoria del sistema que las emite.

El dólar, además de lo anterior, tiene un ecosistema que ninguna moneda ha replicado. No es solo que concentre más de la mitad de las reservas internacionales de los bancos centrales del mundo. El petróleo, el gas y la mayoría de las materias primas se negocian en dólares, igual que la deuda de decenas de naciones. La mayor parte del comercio global —incluso entre países que no tienen ninguna relación directa con Estados Unidos— se factura y liquida en esa moneda. Todo esto crea un ciclo que se autorrefuerza: el planeta usa el dólar porque todos lo necesitan.

Aquí es donde la segunda presidencia de Donald Trump deja de ser un fenómeno político para convertirse en un problema monetario global.

No se trata de ideología. Hay argumentos legítimos para reducir impuestos, revisar tratados comerciales o cuestionar consensos del libre mercado. El problema no es la dirección de las políticas: es su naturaleza errática. La imprevisibilidad erosiona las instituciones, lo que impacta en las monedas del planeta.

Para países como Colombia, esto no es un asunto abstracto. Cuando el dólar incorpora incertidumbre, el peso la multiplica. Una divisa volátil encarece las importaciones, presiona la inflación y complica la deuda externa. Lo que pasa en Washington incide en el bolsillo de los colombianos antes de que llegue a los titulares de los periódicos.

Tomemos los aranceles como ejemplo. En abril de 2025, la administración Trump anunció aranceles generalizados contra prácticamente todos sus socios comerciales. El problema no fue exclusivamente el impacto comercial. Una medida aplicada intempestivamente ofrece un mensaje de inestabilidad. Si las reglas cambian a voluntad del presidente de Estados Unidos, los dólares incorporan un riesgo que no tenían antes.

A esto se agrega la relación de Trump con la Reserva Federal. Ha exigido que baje las tasas y ha dicho que puede remover a Jerome Powell a su antojo. Hasta ahora no lo ha hecho, pero el daño está hecho. Los mercados no esperan a que el banco central sea capturado para actuar. Les basta con que la posibilidad parezca real.

Para rematar, en mayo de 2025, Moody’s rebajó la calificación crediticia de Estados Unidos, quitándole la última triple A que le quedaba. El impacto técnico es limitado, pero el simbolismo es devastador: no tiene la máxima calificación el país que emite la moneda en la que se comercia y se pagan las deudas.

Las políticas de Trump no solo siembran desconfianza, también generan un daño estructural. Los gobiernos, las empresas y los bancos comienzan a dudar sobre usar el dólar en sus operaciones.

La señal más significativa no está en los noticieros, sino en lo que podríamos llamar la “plomería financiera”: la infraestructura invisible que hace posible que el dinero fluya entre países. Y esa plomería, que durante décadas corrió casi exclusivamente por tuberías denominadas en dólares, está siendo rediseñada. Los países no anuncian que van a dejar el dólar; simplemente construyen otras opciones.

Esta plomería es relevante gracias a que el ecosistema del dólar no depende solo de la confianza, sino de la infraestructura que la hace operativa. Es costoso cambiarse a otra moneda si los sistemas de pago, los protocolos de liquidación y las redes de compensación están construidos alrededor del dólar. Pero si existe una infraestructura alternativa, y es funcional, la decisión deja de ser técnica y se vuelve política. Ahí está el verdadero riesgo.

Por ejemplo, el proyecto mBridge —una plataforma de divisas digitales entre los bancos centrales de China, Hong Kong, Tailandia, los Emiratos y Arabia Saudita— ha acumulado ya más de 55.000 millones de dólares en transacciones. El sistema chino de pagos CIPS procesó el equivalente a 24 billones en 2024, triplicando su volumen desde 2020. No estamos ante un relevo inminente, sino ante el montaje de opciones para prescindir del dólar.

Trump no solo está erosionando la reputación de la Reserva Federal o el perfil crediticio del Tesoro. Está minando el ecosistema que hace que el mundo elija el dólar por encima de otras monedas. El riesgo no es una crisis inmediata. Es algo más insidioso: la acumulación de recelo mientras se construye otra cañería.

El mundo creyó en el dólar porque Estados Unidos se comportó como un emisor en el que valía la pena creer. Sin embargo, la fe, como el dinero, no se legisla ni se decreta: se sostiene gracias a la solidez de la estructura y a la serenidad de lo estable. La reputación del dólar se mantiene en pie mientras las paredes no se agrieten, pero tambalea con el trino de las aves.

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