Justo cuando celebramos los 300 años del nacimiento de Kant (1724-1804), uno de los mayores filósofos de la modernidad, constatamos la profunda crisis de la crítica que vivimos en la actualidad. En este artículo establecemos una relación entre las actuales dinámicas de la información y la mencionada crisis de la crítica.

Si hay algo que caracteriza la época actual y a eso etéreo que se llama “opinión pública” es el onanismo informativo, es decir, la tendencia de las personas a consumir las mismas fuentes de noticias, canales de televisión, parrillas radiales, medios impresos, portales web y a seguir en redes a los mismos líderes de opinión. Así se encierran en burbujas de autoconfirmación y validación de los propios prejuicios y puntos de vista; se enclaustran en circuitos de autocomplacencia cómoda, donde todo se da por sentado y donde desaparece la duda.  La digitalización de la vida y de la información favorecen estos fenómenos. Esto es lo que ocurre hoy tanto en la topología ideológica de las derechas como de las izquierdas más radicales y fanáticas. Pero ¿a qué se debe este fenómeno y cuáles son sus consecuencias?

Esta dinámica ha transformado totalmente la opinión pública y el debate ciudadano. Desde el siglo XVIII, como mostró Habermas, la opinión pública ilustrada, aristocrática, desde los salones y la naciente proliferación de la prensa, permitió a ciertas capas sociales la discusión de los asuntos de la res-pública, así se cuestionaron las decisiones gubernamentales, se contribuyó a legitimar el poder y a interesar a los ciudadanos en los asuntos que les concernía, pero esto mutó, fundamentalmente, con el advenimiento de la sociedad de masas a comienzos del siglo XX con la masificación urbana, el crecimiento demográfico, la radio, la prensa escrita y luego la televisión. Desde entonces, la dirección de la opinión pública y sus vaivenes ha estado inexorablemente ligada a los soportes tecnológicos que favorecen la producción, la circulación, el consumo y la reproducción de información a una escala cada vez mayor. Internet es solo la metástasis de ese fenómeno. Como dice Bifo Berardi, lo nuevo es la intensidad y la velocidad con que hoy es posible saturar el mundo digital, el mismo que la gente consume mientras come, está en la cama, usa el bus, el metro, se asolea en la playa. Es la sobre exposición a la infoestimulación de un espacio hipersaturado el que captura al sujeto y el que impone los sentidos de mundo, percepciones de la realidad, gustos, movilidad de afectos, preferencias de estilo, opciones políticas. Es la dictadura de lo que Byung-Chul Han llama “infocracia”. El sujeto se torna así una especie de zombie sobre-informado pero con poca capacidad crítica sobre los infoflujos que lo atraviesan y lo componen.

Hoy los mass media no dan cuenta de la realidad, sino que básicamente la producen; no exponen los variados puntos de vista existentes en la sociedad, en los diversos sectores sociales, sino que los seleccionan cuidadosamente para influir el sentido común del gran público. Es decir, la deliberación pública se ha deformado inevitablemente. Este es el modelo de la publicidad, nada nuevo. Dice Berardi: “la publicidad es un flujo ubicuo de información falsa que sistemáticamente moldea las expectativas, la imaginación y la vida subconsciente. Las Fake news, por lo tanto, está en todas partes en la era de los medios de comunicación de masas y siempre ha influenciado las decisiones políticas”, pero lo nuevo, se recalca, es la velocidad, la intensidad, el volumen de información y el grado de saturación de la atención que captura, absorbe y monopoliza. En la guerra por la atención las fake news y las shitstorms- “tormentas de mierda” informativa- se volvieron cruciales a la hora de disputar las preferencias políticas de ese público volcado en las pantallas. Eso lo sabe muy bien el llamado marketing político y es lo que está en la base de la elección de Donald Trump o de Javier Milei como presidentes. En estas operaciones el lenguaje se torna operativo, unidimensional y las palabras pierden un amplio espectro de significados. La contaminación y el atiborramiento de la infoesfera (el mundo digital, virtual) coloniza la psicoesfera (la subjetividad del individuo), como dice Berardi.

Las damnificadas de esta nueva realidad son la atención misma y la capacidad crítica. Atender es estar abierto al mundo, a cosas, situaciones, argumentos, discusiones específicas. La atención es una flecha que se dirige del sujeto a la cosa que lo interpela, implica un esfuerzo, una tensión corporal-mental, un detenimiento. La atención, por lo tanto, va de la mano de la demora en las cosas, los problemas; es un proceso mental, intencional, donde el sujeto se afecta, y que, por lo mismo, permite elaborar y reelaborar la experiencia. Por eso, la experiencia solo se vuelve densa, se elabora, si podemos volver detenidamente sobre ella. Y si se atrofia la atención, también se altera la capacidad crítica del individuo.

En el siglo XVIII, en el momento en que Kant compuso sus tres Críticas, la de la razón pura, la práctica y la del juicio, la crítica estaba asociada con la lucha contra los prejuicios, la tradición, la autoridad, con el esclarecimiento y la iluminación de las cosas, de sus aristas, sus posibilidades. En la era de la información, los prejuicios se confirman en la red, en los ensambles noticiosos, con los contactos encerrados y autocomplacientes; la tradición pierde densidad, y el sujeto se vuelca en el presentismo; la autoridad es la red, la celebridad y la viralidad de un contenido, y en lugar del esclarecimiento de las cosas, se imponen la confusión y las nebulosidades. De esta manera, el tiempo que media entre las percepciones, las afectaciones sensibles del sujeto, y el procesamiento, la valoración y enjuiciamiento de los contenidos mentales y sensibles, se acorta. Es decir, el tiempo de la elaboración consciente de esa información se reduce enormemente gracias al bombardeo constante de los flujos informativos, de la basura, de los memes y toda la bobería que proyecta la red. Así, la crítica desaparece, se anula, se aniquila. Por eso, se produce una “reducción sistémica de la asimilación consciente del conocimiento”. 

Lo descrito es lo que favorece el mencionado onanismo informativo autoclausurado, que, desde luego, se relaciona con la proliferación de contenidos en la red, con la saturación de la atención y a su consecuencia, la devaluación y la crisis de la crítica en la actualidad. Aquí la causalidad es, en realidad, circular, se retroalimenta, pues la infosaturación contribuye a la muerte de la crítica y la ausencia de crítica lleva al conformismo que impide justipreciar el exceso de información circulante y su infoxicación. Cuando las redes solo confirman mis prejuicios, cuando me encierro en capsulas de contenido, en medios que solo piensan como yo, entonces la duda, la sospecha, mueren. El sujeto se queda envuelto en la mismidad, en atmosferas saturadas que lo determinan, que le impiden abrir el horizonte, que favorecen su modorra mental, su pereza, que anulan el deseo de saber y cuestionar, en fin, es la muerte del pensamiento crítico y de la noción de verdad y su valor social. Rescatar este valor social es importante, pues no se puede vivir en la mentira como un valor generalizado y aceptado socialmente. La convivencia sería imposible.

Sin duda, las redes tienen a la crítica en cuidados intensivos, de ahí que la revitalización de la misma pasa por una comprensión amplia y detallada de la realidad actual, de “lo que hay”, por el desacoplamiento y la interrupción de ciertos regímenes de escucha imperantes (para usar aquí una idea de la colega María del Rosario Acosta), por la interrupción de la estridencia y el amarillismo, por la necesidad de acudir y justipreciar fuentes informativas y plurales, en fin, en buscar formas distintas de interpelar esas hegemonías conceptuales y sensoriales que actúan sobre la subjetividad del ciudadano.

Avatar de Damian Pachon Soto

Comparte tu opinión

1 Estrella2 Estrellas3 Estrellas4 Estrellas5 EstrellasLoading…


Todos los Blogueros

Los editores de los blogs son los únicos responsables por las opiniones, contenidos, y en general por todas las entradas de información que deposite en el mismo. Elespectador.com no se hará responsable de ninguna acción legal producto de un mal uso de los espacios ofrecidos. Si considera que el editor de un blog está poniendo un contenido que represente un abuso, contáctenos.