Tareas no hechas

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Yo conocí al hombre que descubrió a América

El continente americano fue descubierto en el año 2008, cinco siglos después de la llegada de Cristóbal Colón. El verdadero descubridor se llama Mohamed Fall, ciudadano africano de 32 años, nacido en Liberia, quien se embarcó en el puerto de Dakar, Senegal, buscando su única ruta posible hacia Europa. Una aventura inversa a la que había emprendido el marinero italiano que arribó a Centroamérica en el siglo XV. A diferencia de Colón, Mohamed no zarpó en tres carabelas, ni estuvo acompañado de 90 hombres, ni tenía provisiones para una larga empresa en busca del oro que engrosaría las arcas del imperio español, sino que entró clandestinamente a la bodega de un barco de carga, solo, con pan y agua para doce días, anhelando llegar a un continente ya descubierto para buscar el bien más preciado y escaso en su país: el trabajo. Al igual que Colón a Mohamed le fallaron los cálculos y sus provisiones se acabaron mucho antes del fin del viaje; en vez de motines por parte de una tripulación insatisfecha Mohamed sufrió las exigencias inapelables del hambre y la sed, que lo hubieran matado si el barco no hubiera atracado en una tierra que, como le sucedió a Colón, era distinta a la que se había propuesto descubrir.

Mohamed encontró unos nativos blancos, como los de tantas partes del mundo, vestidos con ropas de las mismas marcas que aparecen en los televisores de todos los países, atiborrados de baratijas electrónicas, que se guarecían en edificios, oficinas, fábricas, centros comerciales; gente muy diferente a la suya en algunos aspectos y exactamente igual en otros. Una de esas igualdades constituía la fortaleza de Mohamed: la mayoría de nativos de esta tierra habían sido educados para comprar cosas. Y Mohamed había sido educado para venderlas. Así lo había aprendido desde su infancia en Liberia (donde el desempleo alcanza el 85%), y durante su adolescencia y juventud en Senegal (a donde se desplazó su madre cuando él tenía cuatro años, huyendo de las guerras civiles que dejaron 200 mil personas muertas en veinte años), país en el que se ganó la vida ofreciendo maní y café en la calles.

Pero los nativos de la tierra recién descubierta no hablaban el francés que esperaba Mohamed. Había llegado al puerto de Mar del Plata en la Republica Argentina, una nación más bien agnóstica (para él, que era musulmán) y habitada por nativos que se comunicaban en español (para él que hablaba wolof y medianamente francés). No sintió que hubiera llegado a otro continente sino a otro mundo. Como Colón.

Entre el estupor, la debilidad y el hambre se hizo entender por señas hasta que encontró a un ciudadano argentino que hablaba francés, hijo de inmigrantes (como un gran cantidad de argentinos) y que sabía en carne propia lo que era tener que abandonar su tierra buscando una mejor vida o huyéndole a la muerte (como una gran cantidad de argentinos). El hombre le ofreció comida, le dio dinero y le explicó que tomara un colectivo hasta la estación Retiro en Buenos Aires y allí se desplazara hasta la plaza Once, donde encontraría “gente como usted”. En el trayecto viajó acompañado por nativos blancos, que eran gente como él, y luego llegó a Once, donde encontró hermanos africanos, que también eran gente como él, quienes lo acogieron, lo ayudaron a realizar los trámites legales para su permanencia en el país y lo apoyaron para que se iniciara en el trabajo de la venta de joyería y material de cotillón en las calles: por fin había encontrado el tesoro que justificaba sus penurias y riesgos. Pero a diferencia de Colón, el tesoro que había encontrado Mohamed Fall no se obtenía esquilmando la riqueza de los aborígenes sino dinamizando su economía, enriqueciendo su cultura.

El descubridor se aplicó a su trabajo, con la dedicación, la honradez y la disciplina que le exigía su religión musulmana. Recorrió La Plata, Laferrere, Constitución, La Salada, Córdoba, Santa Fé, Alta Gracia y otras zonas. Y en estas andanzas fue familiarizándose con un país que por primera vez en la vida le permitía ser ciudadano del mundo, tener sueños, reír, ejercer su dignidad, acceder a los mínimos requisitos de una existencia verdaderamente humana. Aprendió en la calle (y luego empezó a perfeccionarlo en un curso formal) ese idioma aborígen que en los momentos del desembarco le había parecido un galimatías ininteligible, y se articuló formalmente a la sociedad argentina en su papel de comerciante. Con los ahorros obtenidos de su trabajo, y conservados a fuerza del místico estoicismo que caracteriza a su comunidad, alquiló un local y montó su propio negocio en el barrio Vicente López. Ahora vive en Flores, acompañado de su esposa Dolly, ciudadana paraguaya a quién conoció en La plata, y con su hijo Mohamed Alí, que tiene un mes de nacido.

Tres años después del descubrimiento de América Mohamed narra con ese particular español de los afrodescendientes porteñizados (el eco de un “¿vijte?” resonando en medio del desierto africano), su odisea sin una sola dosis de dramatismo, ni de resentimiento, ni de autocompasión, ni de orgullo. Miro su sonrisa gigante y blanquísima y ese cuerpo macizo que pudo resistir veinte días viajando dentro de un cajón a pan y agua y veo a un hombre limpio, sin resquemores, sin rabias. Un descubridor que se ha descubierto a sí mismo gracias a un lugar en el mundo que le ha permitido “ser”. Ahora no sólo vende cosas, también puede comprar las que necesita para vivir con dignidad. Todos los días se levanta antes de la salida del Sol para ofrecerle a su Dios la jornada que empieza y para agradecer los dones recibidos. Mientras me describe ese momento de devoción lo miro y también siento ganas de agradecer: la posibilidad de poder contar por lo menos una historia de inmigrantes con final feliz. Pero mi fe es otra: creo en el espíritu de la solidaridad, que se manifiesta a través de personas (como el argentino que hablaba francés) o de instituciones, conscientes de que este planeta es sólo un fugaz pedazo de tierra habitado por gente muy diferente en algunos aspectos y exactamente igual en lo esencial.

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