Si yo fuera

Publicado el José Ricardo Mejía Jaramillo

Recordando al maestro

Por Iván Velásquez Gómez

Abogado U. de A.

Hace poco menos de 40 años, a principios de los 80, tuve la fortuna de conocer a J. Guillermo Escobar Mejía de quien, por los comentarios emocionados que me hacía mi esposa cada semana, después de asistir a la clase sabatina que impartía en la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia, tuve la convicción de que sería el único profesor de la facultad que podría (y querría) dirigir mi tesis de grado.

Así se lo hice saber una mañana de 1981 cuando lo visité por primera vez en su oficina de fiscal 10º. ante el Tribunal Superior de Medellín, ubicada en la carrera Sucre con calle Colombia. Para entonces, los fiscales eran delegados de la Procuraduría General de la Nación e intervenían en los juicios penales para garantizar los derechos de las partes y en defensa de la justicia.

El doctor Escobar, con su mirada penetrante y sus finos modales, se excusó de inmediato. Dijo que tenía tanto trabajo que era imposible acompañarme con responsabilidad en la tarea que me proponía y, para darle fuerza a su disculpa, me señaló decenas de expedientes arrumados en los rincones de su oficina y me abrió uno a uno todos los cajones donde guardaba decenas más de expedientes. Su respuesta fue contundente y mi decepción tan notoria que, a modo de consuelo, me invitó a tomar un café en el Gran Hotel, sitio que desde entonces se convertiría en frecuente lugar de encuentro. Allí lamentó de nuevo no poder ayudarme y me alentó a buscar otro director. Es que si no es usted, nadie apoyará las ideas que quiero expresar, le respondí desconsolado. No sé cómo logré despertar su curiosidad, pero al cabo de la tercera o cuarta taza de café y media cajetilla de cigarrillos, las anotaciones que hacía al contenido de mi proyecto, sus comentarios apasionados sobre la justicia y sobre la causa de los humildes, me indicaban que el doctor Escobar había agregado a su gigantesca carga laboral una tarea adicional que nos vincularía afectiva y espiritualmente desde entonces.

A la luz de ese portentoso faro de la Justicia, pude consolidar mis convicciones que eran las mismas que él enseñaba por doquier. Largas e intensas conversaciones iban dándole forma a mis escritos que periódicamente le entregaba para su revisión y recibía de vuelta con comentarios al margen que luego desarrollaba en nuevos diálogos.

Después vendrían jornadas intensas en otras actividades que juntos desarrollamos: me uní a su causa por los derechos humanos penitenciarios junto a Héctor Abad Gómez en la cárcel de Bellavista, con un símbolo que sólo el humanismo de Escobar podía crear: un cactus (“los cactus también florecen”, era nuestra enseña) y un himno: el de Antioquia (“¡Oh libertad que perfumas las montañas de mi tierra!”), cantado, puños en alto, por los presos en las asambleas semanales que hacíamos en el teatro de la cárcel hasta que nos sacaron a punta de fusil.

Por la misma época me invitó a compartir su cátedra de Ética en la Universidad de Medellín, a la que me vinculó como docente, aunque en realidad siempre fui otro alumno asombrado, tocado por su verbo majestuoso, estremecedor, apasionado, sus enseñanzas y sus profundas reflexiones.

Un día lo acompañé a Bogotá, invitados por Jaime Pardo Leal a un congreso de Asonal Judicial en el que su Oración por las cenizas del padre Camilo Torres Restrepo retumbó en el Capitolio Nacional y nos conmovió a todos, como siempre nos impactaron sus Conceptos fiscales por los que nacen procesados, un texto entrañable que tuve el honor de prologar en 1985.

Con Jesús María Valle Jaramillo y un grupo de abogados antioqueños, alumnos y amigos, en 1990 conformamos la Alianza Popular Independiente, API, para trabajar por la nueva Constitución e integramos una lista que encabezaron Valle y Escobar para la Asamblea Nacional Constituyente.

Años después, con Laureano Colmenares, Escobar me apoyó en la dirección de la Fiscalía Regional de Medellín cuando creíamos que había un compromiso real de la institución en combatir la impunidad del paramilitarismo. Allí compartimos la angustia, el dolor y la desesperanza que nos produjeron las muertes de compañeros investigadores asesinados por el narcoparamilitarismo como ocurrió también con Jesús María Valle, a cuya investigación el doctor Escobar se aplicó con devoción. Luego vendrían mi retiro de la fiscalía y su exilio en Suiza, mi dedicación a la investigación de la parapolítica y las frecuentes reuniones en su casa donde me escuchaba con interés y entusiasmo y recibía sus consejos prudentes y sabios, como lo hizo también cuando ocasionalmente lo visitaba durante los años que permanecí fuera del país enfrentando otros monstruos.

Hoy, releyendo el ensayo de Cicerón De la amistad, que me obsequió Escobar hace algunas décadas, repito sus palabras refiriéndose a Escipión: “…amé la virtud de aquel grande hombre… y no solo la tengo presente, que la toqué siempre con mis manos, sino a toda la posteridad será esclarecida e ilustre; y ninguno que no se proponga por modelo su memoria e imagen, será jamás capaz de aspirar a cosas mayores”.

Confieso con orgullo que, en cuanto haya de virtud en mí, soy en buena parte hechura de J. Guillermo Escobar Mejía, mi maestro.

 

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