Si yo fuera

Publicado el José Ricardo Mejía Jaramillo

Palabreo para homenajear a Jota Guillermo Escobar

Por                                                    Andrés Nanclares

 “Vivimos en una sociedad de hombres pequeñitos, de pechos cubiertos de medallas, y también de seres grandes, inmensos como gigantes, cubiertos apenas por los vellos de su piel”

                                                                                                   Gertrude Stein

                                                             

Estamos aquí para rendirle homenaje a Jota Guillermo Escobar. Pero permítanme, antes de entrar en materia, hacer una precisión.

He escuchado, con mi oído de tísico, que el maestro de esta ceremonia me ha presentado como magistrado auxiliar de la Corte.

No es así la cosa. De la Corte –¡felizmente, felizmente!-, me echaron a sombrerazos. Me despidieron porque toqué con un palito la incurable soberbia de quien pretendía ser mi amo en pleno siglo veintiuno.

Me sacaron porque al amanuense preferido del magistrado, un hombrecito de antifaz que fue echado de la Corte por usurpar las funciones de la Sala de Casación Penal, le salieron a flote los celos profesionales propios de quien se siente disminuido frente a la autenticidad y las calidades humanas e intelectuales de su semejante.

Herido en su soberbia el primero y ardido de la envidia el segundo, dieron al traste, a zancadillazo sucio, con mi larga carrera judicial.

Pero eso no vale la pena a estas alturas de mi vida.

O sí. No soy exacto. Vale la pena, claro que sí, pero en la medida en que pone al descubierto la miseria interior de ciertos tipejos, ñiquiñaques de los de cinco centavos la docena, que han llegado a codazos, como sirvientes o como negreros, a las altas corporaciones de la administración de justicia.

De tiempo atrás, yo venía siendo –lo sé- un estorbo en la Rama Judicial. Muchas veces, otros “honorabilísimos” personajes –algunos de los que integraban el Tribunal de Medellín-, con su baja condición oculta bajo la toga, habían intentado desbancarme a punta de infundados y estériles procesos disciplinarios que a la larga los dejaron con los crespos hechos.

Molestos por mi actitud independiente en el desempeño de la judicatura, innumerables veces urdieron de manera infame la forma de excluirme del medio, prevalidos de la inquisitorial fórmula de la verdad sabida y la buena fe guardada.

Pero no pudieron. Siempre hubo hombres decentes que me defendieron.

Pero ahora, por fin, aprovechando la circunstancia de que tenía un pie en una bola de jabón y el otro en una fruta de aguacate –la libre remoción y nombramiento-, los dos personajillos a quienes he aludido, el magistrado y su calanchín de baja cama, hicieron uso de la libre remoción del nombramiento para sacarse la espina que atormentaba su estéril y miserable corazón.

Y la verdad es que, en un abrir y cerrar de ojos, me dejaron de patitas en la calle, como se decía antes.

Pero aquí estoy.

La bandera sigue en alto. Mi pasado habla por mí.

Mi trabajo limpio de tantos años, pide respeto.

Mi dignidad, que no acepta la patada de una mosca, se ha puesto bastante mosca frente a la infamia.

De hambre, como ven, no me he muerto. Porque de hambre, como decía mi abuela, sólo se muere aquél a quien se le cierra el pico.

La situación de excluido, no me acobarda.

Si dos sinuosas raposas querían perjudicarme, su acción fue la misma del boomerang.

Quienes quedaron mal, descubierto el aserrín de su condición, fueron el magistrado y su lameplatos preferido.

Que disfruten ambos de su ambición de poder.

Que se solacen en su vacío interior.

No me interesa, si eso era lo que les preocupaba, disputarles su gloriola.

Al contrario. Les agradezco: me pusieron a salvo, queriendo hacerme daño, de las rejas de esa cárcel mental y física en que en ese entonces era la Sala de Casación Penal de la Corte.

Por ahora, me concentro en hablar bien, por oposición, de un hombre que de verdad se lo merece.

Y empiezo diciéndoles, como en la canción cubana, que nos hemos reunido esta tarde alrededor de una “querida presencia”.

Me han pedido que le entregue al viento, mensajero fiel, unas palabras de encomio para Jota Guillermo Escobar, a quien  he bautizado como el hombre de la cólera humanísima.

He aceptado, con el mayor de los gustos, esta invitación.

Sé que no soy el único que admira y respeta al doctor Jota Guillermo Escobar.

Una cauda de colegas y estudiantes de derecho, algunos de ellos sus alumnos, comparten conmigo sentimientos semejantes.

Cualquiera de ellos, con igual o mejor elocuencia, podría estar en mi lugar, dándole a Jota Guillermo Escobar las gracias por existir.

Por pensar y sentir lo que ha pensado y sentido.

Por querer, como los ha querido, a sus amigos, a la Luz Helena de sus preferencias y a sus hijas. Por haber dicho lo que ha dicho, con la esperanza de perforar los tímpanos de hierro de los insensibles.

Pero qué le vamos a hacer.

Entre tantos amigos querendones que tiene Jota Guillermo Escobar, el Colegio de Jueces y Fiscales de Antioquia me ha elegido a mí, en gesto benevolente, para expresarle a este hombre sus indiscutibles merecimientos, como no serían capaces de hacerlo ciertos amigotes que lo rodean.

A eso he venido.

Pero debo advertirles que no es mi intención volver a resaltar las cualidades humanas que han hecho de Jota Guillermo Escobar una personalidad archiconocida  por su bonhomía.

Mucho menos es mi intención referirme a su talento de jurista y a su señorío en su labor de maestro de juventudes.

Premeditadamente, por eso mismo, he decidido no referirme al “tribuno huracanado”, émulo de José Camacho Carreño y José María Rojas Garrido, que ha sido el juez y el profesor que tenemos hoy entre nosotros.

Tampoco quiero hablar del prosista demoledor, de corazón volcánico, transparentado en el libro que pacientemente él, Jota Guillermo, ha extraído de las entrañas vilipendiadas de quienes nacieron y siguen naciendo procesados.

Menos aún quiero exaltar su opulencia verbal, tatuada con el sello de su valor y de su hombría, ni la exquisitez de su idioma encabritado por sus  ansias de libertad y de justicia.

Todo esto lo sabemos.

De frente y a sus espaldas, otras voces le han reconocido, con luminoso entusiasmo, estas dotes al doctor Jota Guillermo Escobar.

Yo mismo, con lengua de dos filos, me he atrevido a escribir sobre su obra y su armadura humana.

Y lo hecho en razón del privilegiado sitial que Jota Guillermo ocupa en mis adentros.

Por eso, si me limitara a exaltar de nuevo los galardones que ennoblecen la figura espiritual y aristocrática de Jota Guillermo Escobar, me tornaría en un salmista trillado y aburrido.

A estas alturas de la vida, adivino que al Jota Guillermo Escobar que yo conozco, idealista estoico, lúcido en el discernimiento y sobresaliente en la sabiduría, los sahumerios almibarados le causan cierto escozor en su piel de hombre sin piel.

Lo digo porque Jota Guillermo Escobar es un hombre empeloto, es decir, un tipo auténtico.

Y como ustedes de sobra lo saben, a individuos de esta hechura humana, expertos en detectar al tartufo y a las hienas que se agazapan detrás de elegantes trajes de everfit, no se les seduce con palmaditas en la espalda ni se les amansa su ánima levantisca a punta de pasarles afelpados lengüetazos por sus mejillas.

A muchachos de la estirpe briosa de Jota Guillermo Escobar, para poder levantarles una estatua de vocablos en terreno firme, hay que hacerles, antes de cualquier cosa, un estudio de suelos anímico.

Es allí, en sus más hondos entretelones, antes que en la planicie de sus destrezas de oradores y juristas, donde halla uno, escarbando con las uñas, la humana belleza que los hace dignos de nuestro afecto.

Esa labor, la del explorador de almas, ha sido desde siempre uno de mis hobbies. Con juicio y paciencia, y a la manera de un “topo con gafas”, he practicado este pasatiempo en la humana condición de Jota Guillermo Escobar.

Y la verdad es que, a juzgar por mis hallazgos, ustedes y yo estábamos en mora de abrumar a esta madre sin tetas que es Jota Guillermo, a este abogado sin códigos, a este inquilino de las nubes, con una inolvidable y cálida granizada de abrazos.

Y por tres razones, digo, estábamos en mora de colmarlo de abrazos.

Una de esas razones, la primera, la hallo en que el hombre que ustedes ven aquí, circunspecto y solemne como siempre ha sido, tiene su parapeto en un ideal.

El man, como decimos los sardinos, es un idealista.

Pero no un idealista romántico.

No es él, hasta donde yo sé, un bobalicón o un babieca.

Es, a mi manera de ver, un idealista experimental positivo.

De seguro, él tampoco está a salvo, como la mayoría de nosotros, de extasiarse ante un cachito de luna, una aurora agrisada o un sol de los venados.

La diferencia es que el hombre, aunque se le vayan los ojos detrás de un crepúsculo, vive predispuesto a contrastar su existencia con la vida plana de los devotos del servilismo.

Por lo que sé, el tipo, con todo y su carita de santo de palo, se ha distinguido de los hombres arrebañados con los que convivimos.

Y para que arda la herida, se ha levantado impetuoso contra las fuerzas que han pretendido nivelar a la gente por lo bajo, que no son otros que los eternos “administradores de hombres”, y también contra quienes se han propuesto demonizar a aquellos que para afianzar su personalidad se han apartado de la masa de los domesticados.

Una segunda razón, escandalosa para los bobales –vocablo de Cepeda Samudio-, es que Jota Guillermo no ha sido sólo un hombre honesto.

Nuestro homenajeado, aunque ustedes no lo crean, ha sido más que eso.

Ha sido un hombre virtuoso.

Lo que pasa es que en el Poder Judicial, donde medran los espíritus  rutinarios,  no han distinguido entre la honestidad y la virtud.

Han creído que los merecedores del endiosamiento, son los honestos.

Pero no saben quiénes son los honestos.

Los honestos son los hipócritas.

Los honestos son los espíritus convencionales.

Los honestos, por lo menos  en este país, son los que quisieran que renunciáramos a los grandes ideales para hacer causa común con el programa envilecedor de los miembros del rebaño.

Los honestos son los que temen ser reprobados por los demás.

La honestidad de los honestos, es compatible con una total falta de escrúpulos para todo acto que pueda permanecer en la impunidad o en la sombra.

Los honestos son los que actúan por debajo de la ruana.

Los honestos son los que, posando de santos, han institucionalizado en este país la puñalada marranera.

Son los taimados.

Los santurrones.

Los impostores de siempre.

Los fundamentalistas y los inquisidores.

Los que se han declarado cruzados, y por eso nos hemos reído tanto, contra la Impunidad con mayúsculas y como defensores de la Verdad con letras de bronce.

Los honestos son los que viven agazapados, muertos en vida, para que nadie les descubra las peladuras nauseabundas de su alma.

Los que sólo aspiran, a cualquier precio, a que les hagan una estatua para esconder bajo el bronce el estercolero en que han cultivado sus vidas.

El hombre virtuoso es otra cosa.

Es la antítesis de lo que en esta republiqueta han dado en llamar “hombre honesto”. El hombre virtuoso se mueve por el mundo a contrapelo de la moral tartufa de los honestos.

El hombre virtuoso vive de acuerdo con sus propias reglas. No vive para recibir la aprobación de los demás. No es de aquellos que se desgañitan en su tránsito por el mundo para que les pongan un escudo en la solapa.

El hombre virtuoso es un carácter firme. No es un ser amaestrado. El virtuoso es apasionado, imaginativo, loco, arrojado y audaz. No es obsecuente con los prejuicios que paralizan el corazón doble de los honestos.

Jota Guillermo ha sido eso.

Ha sido un hombre en llamas.

Un ser virtuoso.

Un aristócrata de la moral.

Por eso, aunque suene escandaloso, yo no podría decir que este hombre ha sido el prototipo de la honestidad hipócrita de nuestras gentes.

Al contrario, y para bien, Jota Guillermo debe servir de ejemplo, en una instancia superior, del hombre virtuoso por excelencia.

Debo decir, como última razón para homenajear a Jota Guillermo, que este hombrazo es un ser digno.

Y lo es porque su vida ha transcurrido, tocado por la imaginación, por dos carriles: por la ruta del idealismo experimental positivo y por la senda de la virtud.

Su vida ha sido una permanente protesta contra el abellacamiento de los soberbios y contra las triquiñuelas de los hombres de alma huera que permanentemente nos asechan.

Ha tenido él el valor moral de alzarse contra los que opinan y actúan por conveniencia.

En Jota Guillermo ha estado presente el coraje para enfrentarse a los que se mueven entre las tretas, la adulación, el cabildeo, la intriga y la bajeza, prácticas comunes hoy en día en los tribunales y en las cortes.

Por todo esto, pues, y para no cansarlos, se justifica homenajear a Jota Guillermo Escobar.

En el Poder Judicial han escaseado los idealistas experimentales. Y él, quizás, ha sido, por muchos años, el único.

Jota Guillermo no se ha intoxicado con sus sueños.

Los ha volcado sobre sus semejantes.

Lo demuestra su súplica por los locos.

Lo ratifica su estudio sobre la tortura.

Lo reafirma su poema en honor a la grandeza de Camilo Torres Restrepo.

Además, Jota Guillermo ha sido un ser virtuoso.

No ha vivido para sí mismo.

Ha sido la antípoda de los papanatas y de los arribistas.

Movido por su acerado carácter, ha practicado la audacia de vivir para los otros.

No ha tenido por costumbre compararse con los que lo rodean, como lo hacen los vacuos y los enanos de alma corroída por la envidia.

Por eso, jamás ha querido destruir la excelencia ajena. Por eso mismo, no ha carcomido nunca la reputación de aquél a quien no puede igualar.

Todo esto, ha hecho de él, de Jota Guillermo, un hombre digno.

Sin pedirle permiso a nadie, ha mirado lejos y ha volado alto.

Jamás se ha arrastrado como los zorros azules y los mamacallos que pululan en el medio judicial.

Aunque varias veces lo han pisoteado, no ha renunciado a su derecho a la protesta.

Ha habido limpieza de alma en él.

Para vivir, no ha recurrido a la zancadilla.

Ha caminado solo, enhiesto, por entre el berenjenal de ruindades que cada vez hace menos respetable, para lamento de todos, la actividad judicial.

El colmillo de Voltaire, el de ese diablo canonizado por los espíritus libres, ha sido su arma contra los seres liliputienses que lo han abofeteado.

A un hombre así, victorioso ante sí mismo, me atrevo a catalogarlo como un santo del honor.

Pero a quienes no les guste mi audacia, los invito a que me acepten, como mínimo, que a Jota Guillermo hay que ensalzarlo, en honor a su energía indómita, como poeta de la decencia.

Por uno u otro motivo, creo que este señor,  como lo dije ahora, merece la más  nutrida granizada de abrazos de quienes, sin ser sus amigos, lo hemos respetado y querido en silencio.

ANDRÉS NANCLARES

Ex-pulsado de la Sala de Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia

 

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