Si yo fuera

Publicado el José Ricardo Mejía Jaramillo

El maestroJota Guillermo anda por la vida formando gentes de bien y yo soy uno de sus hijos

Por Juan Guillermo Jaramillo Diaz

Ex procurador delegado ante la Corte Suprema

En las épocas de mis primeros semestres de estudio en la Facultad de Derecho de la Universidad Pontificia Bolivariana, en los años setenta acá en Medellín, cuando además tenía ya importantes nociones en materia penal, pero andaba deseoso de conocimientos extracurriculares, salía de clases temprano en las mañanas y me dirigía al Palacio de Justicia a aprender de jueces, defensores y procuradores en la realización de las audiencias públicas que allí se llevaban a cabo constantemente. Un día, por ejemplo, oí a un defensor decirle con visible carácter al Procurador las causas por las cuales al término de la audiencia no le daría el acostumbrado abrazo. La actitud del defensor me sorprendió, pero la comprendí en el acto al recordar el derroche de hostilidad e impertinencia de parte del Procurador. Las gentes que iban al Palacio a diario, a la manera como Francesco Carnelutti lo relata en “Las miserias del proceso penal”, en punto me ilustraron sobre esa bella práctica de ese particular defensor. Comprendí entonces que la ceremonia del abrazo al final de la audiencia pública era la manera de enseñar lo pacífico que ha de ser el ejercicio de la profesión de abogado, cualquiera sea como se desempeñe.

Algunos años después, ya en la década de los ochenta, me desempeñaba como juez 14° superior, allá mismo en el Palacio de Justicia que se había tornado en mi aula de clases cuando era estudiante.  Por la constante práctica de las audiencias públicas, supe de la existencia del doctor J. Guillermo Escobar Mejía. Lo supe a causa de la manera como intervenían ante el jurado de conciencia algunos jóvenes, hombres y mujeres, básicamente en calidad de voceros de los acusados y quienes se identificaban como estudiantes adscritos al Consultorio Jurídico de la Facultad de Derecho de la Universidad de Medellín. Lo hacían con admirable manejo de la oralidad y con impactante argumentación. Se hacía, pues, obligatorio indagar por la manera como se preparaban todos ellos, dado que lo hacían con visible identidad. Se me dijo entonces que de todo ello se encargaba en la Universidad de Medellín, en la Facultad de Derecho, un maestro en esas lides, J. Guillermo Escobar Mejía, a quien busqué entonces no solo para felicitarlo por esa bellísima y edificante labor educacional sino además para conocerle de cerca y entablar con él, en lo posible, una amistad.

Pues bien, aquel defensor, el de la hermosa práctica del abrazo al final de la audiencia pública, es este mismo formador de juventudes en la Universidad de Medellín.

Con J. Guillermo Escobar Mejía todo es posible en la ética, en el saber, en la educación, en la amistad y en la humildad. Y algo más significativo aún, todo es posible en su reconocimiento, entrega, práctica y amor a Dios. Desde entonces obtuve el favor de sentirlo cerca; no sólo de leer sus conceptos fiscales, sino, además, vivirlos en su directa explicación; en fin, desde entonces tuve la infinita alegría de contarme entre sus discípulos en la vida.

El maestro J. Guillermo pasaba frente a mi despacho judicial y siempre me invitaba al tinto en la cafetería de Jairo (QEPD), en el cuarto piso del Palacio Nacional. Allí en ese rincón, entre tintos y cigarrillos, me deleitaba a diario con sus enseñanzas sobre ética, carácter, dignidad, sobre la majestad de la justicia y sobre compasión. Me enseñó cristianismo popular y la manera de aferrarme a él como un luminoso acto de vida, cristianismo popular que él practicaba a diario en su propio hogar en donde había un puñado de mujeres, y en la calle en donde había de todo. Me enseñó a abandonar el odio y a sentir compasión. Me enseñó rectitud y amor al otro, fundamentalmente al caído. Me enseñó a hablar con Dios hablando con el hermano. Me enseñó a compartir y a no atesorar.

Mi primera experiencia académica, aún de juez, la tuve en la ciudad de Manizales junto a magistrados de la talla de Humberto Rendón Arango, Mario Salazar Marín y Jaime Taborda Pereáñez, y de doctrinantes del talante de Álvaro Vargas y de él. A través de varias conferencias explicábamos grandes y trascendentales temas del Decreto 050 de 1987 que recién se había puesto en marcha y que había derogado la sistemática de 1971.

De nuevo tuve el privilegio de tener al maestro J. Guillermo enseñándome a asumir la vida con excelencia. Coincidencialmente viajamos a Manizales juntos en el mismo avión. Ya en crucero, no obstante, la pequeñez de la Twin otter de Aces en la que nos trasportábamos, por encima de las nubes, me mostraba la prístina grandeza de Dios.

Ya en Manizales, tuve la fortuna de compartir con él la alcoba en el hotel. Esa noche me enseñaba el poder de la oración. Me enseñaba, por ejemplo, que, al instante de la conferencia, como en la vida, la sangre tenía que estar en el cerebro y no en el estómago, y que, por lo tanto, no se debía consumir mucho alimento antes de la intervención, y menos licor.

El éxito en esa mi primera experiencia académica es de él, como de él fue mi éxito en la judicatura por cerca de treinta y dos años. En fin, al maestro J. Guillermo le debo el éxito en el manejo de mi hogar y de mis asuntos profesionales. Mi ética es un pedacito de la de él. Mi amor a Dios y mi compromiso con su obediencia, es un pedacito de la de él. Igual la manera como desde siempre vivo la academia universitaria y mi ética de abogado.

El maestro J. Guillermo Escobar Mejía anda por la vida formando gentes de bien, y yo soy uno de sus hijos.

Comentarios