Si yo fuera

Publicado el José Ricardo Mejía Jaramillo

”¡Gracias, querido Jota Guillermo!

Juan Oberto Sotomayor Acosta

Profesor de la Universidad EAFIT

El doctor J. Guillermo Escobar Mejía ha sido una de las personas más influyentes en mi vocación y formación como profesor de Derecho Penal y abogado penalista. Asistir a sus clases de Ética profesional en la Universidad de Medellín fue una de las experiencias más enriquecedoras en mi vida de estudiante universitario, por aquella época, deslumbrado aún por el rigor técnico y coherencia lógico formal de la dogmática jurídico penal, pero también sensible a los problemas sociales y a la realidad nacional. Pronto entendería –y a ello también contribuyó el doctor Escobar Mejía– que ambas preocupaciones no sólo son válidas sino también necesarias y compatibles.

Recuerdo que sus clases eran masivas, pues todos los estudiantes teníamos las puertas abiertas: muchos empezamos a asistir sin haber aún matriculado la materia o continuamos asistiendo luego de haberla cursado; también eran clases sin límite horario, pues madrugábamos los sábados para estar en la universidad a las ocho de la mañana y escuchar a veces hasta después del medio día su poderoso y grandilocuente discurso, que con frecuencia nos conmovía hasta las lágrimas, pero sabiendo que, al final, saldríamos llenos de fe en que el Derecho también puede ser una herramienta para la realización de la justicia. Pero no de cualquier justicia, sino de una material y concreta. En sus propias palabras: “la justicia no es abstracta. Es física como el pan. Fresca, diáfana y sencilla, como el agua en la tinaja de barro. Colectiva como es el aire y debiera ser el trabajo. No es celestial, para repartir infiernos. Es tierra, para el campesino; pedacito de suelo, para los tugurianos y empleados modestos. Patria material para todos: profesionales, maestros, dementes, sabios, artesanos, obreros. Autonomía y orgullo cultural. Greda de pueblos, oro muisca; fragmentos de historia cuyos artífices seamos todos trenzando cadenetas de fraternidad universal” (Conceptos fiscales. Por los que nacen procesados, Bogotá, Temis, 1985, p. 296).

Con J. Guillermo muchos logramos realmente entender cómo opera la teoría del etiquetamiento y la selectividad del sistema penal, pues nos mostró a personas de carne y hueso, con nombre propio, que nacen procesadas, porque su pertenencia al lumpenproletariado (Ob. cit., pp. 137-166) o a una etnia indígena, el llevar consigo el estigma de la locura (Ob. cit., pp. 111-126) o carecer de la tierra para trabajar (Ob. cit., pp. 29-46), los convierte en los clientes predilectos del sistema penal. Así mismo, nos enseñó la dimensión material del non bis in idem, al evidenciar que la tortura y los tratos crueles, inhumanos y degradantes son, materialmente, también castigos y, por tanto, si el procesado ha sido torturado; el Estado carece de legitimidad para condenar luego a esa persona, pues ello sería tanto como imponer un nuevo castigo por el mismo hecho (Ob. cit., pp. 187-234). Su súplica por los locos (Ob. cit., pp. 111-126) evidenció ya aquello que luego, en los estudios de doctorado, conocería como constitutivo de un “fraude de etiquetas”: las medidas de seguridad aplicables a las personas declaradas como inimputables constituyen un ejercicio de poder punitivo, tanto o más violento que la pena misma y, por ende, en un Estado de Derecho también se encuentran sometidas al límite del respeto a la dignidad humana. Y ni qué decir que su lucha permanente por los derechos humanos, y muy especialmente por los de las personas privadas de la libertad, dejó al descubierto la distancia abismal existente entre el discurso teórico y formal de las garantías penales y su realización práctica; distancia que él se empeñó en acortar durante toda su vida como ejemplar representante del Ministerio Público.

Éstos, entre muchos otros, son ejemplos de la manera de ver y hacer el derecho penal que aprendimos de J. Guillermo. Y mirando la realidad actual, son enseñanzas que gozan de plena vigencia: hoy, más que nunca, en su afán de mostrarse eficiente, el sistema penal se ensaña con los sectores más desprotegidos de la sociedad; así mismo, la tortura ha dejado de ser el castigo propio de un sistema punitivo subterráneo u oculto, para convertirse hoy en sinónimo de la pena legal (al menos de la privativa de la libertad). Para comprobarlo, basta una mirada a las indignas condiciones en las que en la actualidad sobreviven las personas recluidas en las estaciones de policía y otros centros de reclusión “transitorios” del país, ante la mirada indiferente y cómplice de todos: la sociedad, el sistema judicial y una ciencia penal contemplativa y aparentemente neutral frente al poder.

Que las cosas aún sigan igual, o peor, que cuando el doctor Escobar Mejía inició su movimiento de derechos humanos penitenciarios, puede indicar las dificultades de dicho camino, pero también, quizás, que quienes le escuchamos en el aula de clase y de alguna manera continuamos su lucha por el respeto a la dignidad humana de las personas privadas de la libertad, no hemos podido estar a la altura de nuestro compromiso histórico. No obstante, habrá que continuar y persistir en dicho propósito, como él también nos enseñó. ¡Gracias querido J. Guillermo!

Medellín, 15 de octubre de 2020.

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