Reencuadres

Publicado el Manuel J Bolívar

Relevo de élites

 

Estamos viendo nuevos rostros en los carros oficiales y en la televisión. Otros atuendos y pigmentos de piel; ciudadanos provenientes de etnias y territorios ignotos, representantes de mingas, colectivos y géneros en alza; egresados de universidades diferentes a las de Los Andes, Javeriana y Externado. Nuevos apellidos con protocolos y celebraciones desacostumbrados. Está emergiendo ante nuestros ojos desorbitados una nueva burocracia, una naciente tecnocracia y una pléyade de activistas empoderados. Unos arriban con ilusiones y otros cargados de rabia. Se supone que representan las otras Colombias. Llegan decididos a convertir el país en una potencia mundial de la vida, cualquier cosa que ello signifique; en una nación sin petróleo, sin EPS, sin excluidos y excluidas, sin muertes violentas, sin impunidad, sin banqueros, sin TLC´s, sin corrupción, sin narcotráfico, con policías y militares mansos.  

Con el triunfo del Pacto Histórico está accediendo al poder un grupo con características diferentes al tradicional, que suscita una pregunta. ¿Estamos presenciando un relevo de élites?

El concepto de élite es controvertido en las ciencias sociales. Algunas corrientes le asignan un gran valor explicativo de los asuntos sociales y otros lo menosprecian. Carezco de conocimientos para dirimir esta discusión. No obstante, a simple vista es posible observar varias cosas. Una, que en toda sociedad, democrática o no, hay diferentes manifestaciones de desigualdad. Dos, lo anterior ocurre porque un grupo de individuos dispone de mayores recursos políticos, económicos y culturales que otros. Tres, que los integrantes de estos grupos terminan defendiendo posiciones similares, y logran algún tipo de coordinación para asegurar su influencia en la dirección que toman las sociedades. Son las élites políticas, económicas, gremiales, judiciales, tecnocráticas, militares, sindicales, culturales.

Vale anotar que una élite no es un club social al cual alguien se inscribe, que emite una credencial y cita reuniones. Es algo más complejo. Toma varios nombres: cacaos, clanes, notables, sectores dirigentes, establecimiento. A veces es algo que surge en forma espontánea como producto de las desigualdades en muchos campos: educativo (gente con mayores niveles educativos), económico (dueños de los medios de producción), psicológicos (competencias para influir), emocionales (ambición y persistencia), gustos (por el poder, por vocación de servicio), geográficos (dónde se vive), privilegios (dónde se nace), corrupción (capacidad de apoderarse de recursos públicos y personas para su provecho), violencia. En fin, son variados los elementos que pueden llegar a consolidar una élite. A una sociedad democrática no la distingue la ausencia de una élite sino la coexistencia de varias élites que compiten y se rotan la dirección de la sociedad. En ocasiones trabajan armónicamente; otras, se enfrentan con saña. 

Al respecto es revelador el reciente estudio empírico de Jenny Pearce, de London School of Economics, y el profesor Juan David Velasco, de la Universidad Javeriana, en el que hacen una taxonomía de las élites en Colombia. Levantaron una extensa base de datos del periodo 1991-2022 para encontrar las personas que han ocupado los máximos cargos en las diferentes ramas del poder público (presidentes, ministros, gobernadores, congresistas, magistrados, fiscales, contralores). Así como los propietarios de las empresas más grandes, dirigentes de los gremios y tecnócratas (todos los cargos de Hacienda Pública, Planeación, Banco de la República). La investigación establece que 1281 personas han sido las dueñas del poder en Colombia. Sin embargo —agrega— dada la fragmentación de esta élite tiene más sentido hablar de constelación de élites, dispersas en la geografía nacional, con diferentes orígenes sociales, y diversas visiones acerca del modelo económico y el papel del estado. Precisamente su dispersión, contradicciones y precarias coaliciones han dificultado la construcción de un imaginario de nación y de consensos sobre temas fundamentales (acuerdos de paz, política tributaria, librecambismo o proteccionismo).

No obstante, tienen principios dominantes comunes: (1) subordinación de los militares al poder civil; (2) sacralización de la propiedad privada; (3) apego a las reglas del juego de la democracia representativa y al ejercicio clientelista de la política; (4) priorización de la relación con Estados Unidos en política exterior; y (5) primacía social y cultural de los hombres blancos de la región andina. 

Este estudio cobra sentido a la luz de las nuevas hipótesis que están surgiendo para explicar las razones por las cuales unos países crecen y otros no. Se ha esgrimido que se debe a la existencia de instituciones públicas sólidas, al desarrollo de la educación pública universal y de calidad, a la ubicación geográfica, al impulso de la innovación tecnológica, a los orígenes religiosos de las naciones, a una alta tributación de terratenientes y rentistas. En fin. Ahora el economista Stefan Dercon propone una sugestiva tesis que articula bien con lo que venimos planteando: lo que explica el desarrollo de unos países es la existencia de unas élites que se unifican alrededor de la idea de progreso y sacan adelante un proyecto de crecimiento. Que aprenden de los errores, persisten y acuerdan pactos de crecimiento sólidos y duraderos.

Siendo así retomo la inquietud del principio. ¿Acaso asistimos a la configuración de nuevas élites?, ¿y saltarán al campo de juego a desbancar las élites tradicionales?, ¿o intentarán crear consensos y coaliciones para infundir un nuevo tono a la búsqueda de una sociedad más sostenible y justa?

              Hasta ahora estas élites en gestación —más idealistas que pragmáticas— se guían por principios rectores diferentes a los típicos. Desacralizan la propiedad privada exigiéndole que cumpla una función social, motivo por el cual proponen una reforma agraria integral; consideran necesario construir relaciones internacionales prioritariamente con América Latina; quieren generar oportunidades para otras etnias, clases y géneros en el poder público; experimentan una gran sensibilidad hacia los más vulnerables.Y quizá la más inquietante de sus premisas: defienden el papel preponderante del Estado en los procesos de desarrollo, por encima de los sectores privados y del mercado. Es más, algunos de sus voceros más vehementes creen que el Estado es la bala de oro para resolver todos los problemas de la sociedad. (Tal vez, al final, podría imponerse el enfoque de gestión orientada por misiones público-privadas para resolver los grandes problemas —hambre, educación, violencia— que propone la economista Mariana Mazzucato, a quien tanto cita Petro).

A mi juicio, estas élites muestran dos pulsiones ancestrales de la izquierda, que deben atemperar: que la gestión gubernamental es eficiente y suficiente, o puede llegar a serlo; y que la mayoría de la gente es víctima de algo y en consecuencia el Estado debe compensarla (o sea, defienden un asistencialismo social incondicional), asumiendo el riesgo de propagar una cultura de victimización colectiva.

Quizá ahora se vea más claro por qué hay optimistas audaces que confían en que tomaremos la promisoria ruta de Uruguay; pesimistas sin apelación temerosos de que vamos rumbo a las fallidas Argentina y Venezuela. Y optimistas escépticos que esperan lo mejor pero se preparan para lo peor.

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