Pienso que, para la mayoría de los colombianos no es clara la imagen de Abelardo y el perfil que
tendrá su gobierno. La expectativa más que la opinión, oscila entre considerar simplemente que el
7 de agosto cesará “la horrible noche” de los cuatro años de Petro; mientras que, quienes lo ven
con terror, consideran que el 7 de agosto llega al poder una extrema derecha que arrasará con lo
mucho o poquito de democracia que tenemos en el país; finalmente estamos los que avizoramos
el futuro inmediato con incertidumbre, ni completamente negro ni completamente radiante, pues
hemos percibido, en estos días previos a la posesión, señales en distintos sentidos, que podrían
indicar que Abelardo inicia el paso de su discurso de campaña a los planteamientos de un
gobernante en ejercicio. Creo que sus prioridades se mantendrán, y eso está bien, pues por ellas
votaron sus electores. Pero ahora se trata de que pueda concretarlas, precisarlas, y esto le exige
un análisis realista tanto de las necesidades o prioridades del país, como de la factibilidad de
atenderlas debidamente.
Atendiendo a los nombramientos que ha realizado, se podría pensar que el Presidente electo
entiende que ya pasó el momento de las promesas y de los compromisos generales, y que los
colombianos, aun muchos de sus críticos, esperan que estas se vuelvan actos de gobierno. En sus
discursos y en sus primeras decisiones ha mandado un mensaje claro, de establecer una relación
directa, no intermediada por intereses políticos o económicos, con las regiones – con sus gentes,
sus proyectos y prioridades, sus recursos y potenciales -, para trabajar hombro con hombro con
ellas, y desde ellas. Entiende que fue elegido para gobernar este país, rico y diverso, a partir de las
múltiples realidades que lo conforman y no hacerlo centralizadamente, desde el despacho
presidencial, aunque lo localice fuera de Bogotá. En ese punto, se sintoniza con el espíritu de la
Constitución del 91, en cuanto a reconocer y valorar la importante diversidad que nos caracteriza y
que, a lo largo de nuestra historia republicana, salvo en la segunda mitad del siglo XIX, durante el
período federal, no ha sido reconocida.
Pensar en un reordenamiento del Estado y en su funcionamiento, con una perspectiva federal,
exige realizar un esfuerzo de análisis objetivo, no meramente subjetivo o emocional, que permita
identificar cuáles son los asuntos de ámbito propiamente nacional, que deben permanecer a cargo
de la Nación, pudiendo ésta, asignarle tareas o funciones específicas a las autoridades regionales y
territoriales; y cuáles son propiamente nacionales y por consiguiente indelegables o intransferibles
– relaciones internacionales, seguridad y soberanía nacional, lucha contra la criminalidad
suprarregional, moneda y sistema bancario -. Esto significa un adelgazamiento del gobierno
central, en términos de funciones, planta y presupuesto y, simultáneamente, un fortalecimiento
de los gobiernos e instituciones territoriales, sin que ello redunde en un aumento de la planta
global, la nacional y las territoriales. El resultado debe traducirse en un más eficiente y ágil aparato
estatal, directamente ligado al cumplimiento de tareas específicas y evaluables, para garantizar
que se realice la tarea, a cargo de un estado nacional y regional, eficiente y suficiente. Veremos
cómo enfrenta Abelardo una tarea que el país reclama y que podría contar con un respaldo
importante de una ciudadanía que empezaría a identificarse con un estado y un gobierno, que
empezarían finalmente a ser su estado y su gobierno, y no el de los políticos, manejándolos a su
amaño. Amanecerá y veremos