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Salud mental, en jaque por la pandemia

¿ Y COMO ESTAMOS ASUMIENDO LA SALUD MENTAL? Yo tengo un compromiso moral y personal con el asunto de la salud mental ya que desde que tengo 22 años vivo con una depresion diagnosticada que por decisión personal no pratto con medicinas. Pero eso no significa que la descuide desde feminismo Artesanal hace varios años asumimos mediante la colectividad la responsabilidad por la salud mental de todas enfáticamente y apartir de ahí buscamos velar por la salud mental de todas las personas que nos rodean, al margen del debate de si queremos o no psiquiatría clínica y medicada todas coincidimos en la necesidad de velar por nuestra salud mental y pedir ayuda en los momentos críticos y por eso hoy estoy dedicando estas líneas al tema.

La prioridad es evitar el contagio para protegerse a sí mismo, a la familia y a toda la sociedad frente a los riesgos asociados al coronavirus. Pero esto está lejos de ser la única preocupación relacionada con la salud en esta cuarentena.

Dentro de la gran variedad de problemas, que incluyen a personas que han dejado de adquirir medicamentos, o de asisitir a citas médicas, a exámenes o a terapias por temor la Covid 19, o por la falta de dinero asociada a esta crisis, están las dificultades relacionadas con la salud mental.

El estudio ‘Salud mental y resiliencia en adultos jóvenes (18 a 24 años) de Suramérica durante el aislamiento por la pandemia’, en el cual participaron los departamentos de Psiquiatría y Salud Mental y de Epidemiología Clínica y Bioestadística de la Facultad de Medicina de la Universidad Javeriana muestra datos científicos sólidos que respaldan lo que dicta la intuición: el encierro, el miedo al virus y el cambio radical de rutinas nos están pasando factura.

Aunque el estudio solo toma 1.000 jóvenes de Bogotá, y a pesar de que es claro que las diferentes regiones tienen diversas condiciones y variados contextos los hallazgos son una pista, como lo señala el diario El Tiempo: la depresión y la ansiedad están haciendo “su agosto”, con datos tan preocupantes como que el 68,1% de las personas bogotanas participantes en el estudio tenían algún nivel de depresión y el 53,4% algún grado de ansiedad.

Esto es muy delicado. Más aún en una sociedad que, por lo general, tiende a subestimar la depresión y a minimizarla con afirmaciones como que “es falta de fe” o “ausencia de oficio”. En muchos casos, la gran ignoracia que hay en nuesteos entornos sociales, familiares y laborales sobre las patologías que afectan a la mente, hacen que muchas personas eviten consultar con profesionales cuando presentan síntomas, e incluso les disuaden de comentarle lo que les pasa a un amigo o a un pariente, lo cual aumenta los graves riesgos asociados a los problemas de salud mental.

No sorprende que la incidencia de depresión sea más alta en las mujeres: los diarios están plagados de noticias que nos recuerdan, día a día, que lo que era grave antes de la pandemia en muchísimos casos ahora es peor: violencia intrafamiliar, sobrecarga en las labores de casa y abusos sexuales se multiplicaron, y estas son problemáticas que nos afectan con más frecuencia a nosotras.

En días pasados El Espectador señaló que según Medicina Legal, entre abril y mayo la violencia contra mujeres de entre 12 y 17 años estuvo 86% por encima de lo reportado entre marzo y abril. Y también resaltó que las mujeres entre 29 y 59 años, sufrieron un aumento del 94% en las agresiones registradas en todo el país. En el caso de las adultas mayores, esta cifra fue del 88%.

Esto claramente tiene un efecto que trasciende la salud mental, pero sin duda hay una correlación: el encierro con un agresor es algo que contribuye a desequilibrar a cualquier persona.

En medio de este duro panorama yo le hago una invitación a quienes me leen: ¡Informémonos! Entendamos qué es y que no es depresión. Informémonos más sobre qué es la ansiedad. No para juzgar a alguien sino para apoyar, para guiar y para servir de puente hacia una atención efectiva que incluya al sistema de salud pero que lo trascienda, que incorpore líderes espirituales y sociales y redes de apoyo social y familiar. No subestimemos las señales tempranas de problemas de salud mental que nos pueden estar dando niños, niñas, adolescentes, adultos jóvenes o adultos mayores. Nuestras parejas, padres, madres, hermanos, amigos o hijos pueden necesitar de nuestro apoyo ahora mismo.

Para cerrar, pongo sobre la mesa que he conocido casos cercanos de personas que se han quitado la vida durante esta cuarentena. Más allá de los acostumbrados silencios que existen sobre estos episodios, y de todo el respeto que tengo por quienes toman la decisión de acabar con su vida, estoy convencida de que una acción colectiva podría influir en que algunas personas puedan tomar decisiones diferentes. No se trata de juzgar a quien decidió terminar con su vida en esta cuarentena, más bien nuestra meta tiene que ser averiguar cómo podemos hacer menos desesperantes las circustancias actuales, en especial para las personas más vulnerables por sus antecedentes de salud: está claro que las restricciones para la movilidad, la interacción social y el entretenimiento han golpeado mucho a las personas que ya tenían dificultades, como cuadros de salud física o mental de cuidado. Allí la acción familiar, social y estatal, pueden hacer la diferencia. ¡Pidamos ayuda y brindémosla! Y, por favor, ¡Dejemos de subestimar los problemas de salud mental! ¡Informémonos y actuemos, por nosotros, por nuestros seres queridos y por toda Colombia!

¿El ministro de salud entenderá que esto también es su responsabilidad? cómo ciudadanías en resistencia tenemos que hacer lo que el estado no hace cuidarnos esa la invitación a cuidarnos mutuamente porque el estado no está cumpliendo con garantizarnos los derechos humanos en este caso el derecho a la salud porque la salud mental también es salud

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