Putamente libre - Feminismo Artesanal

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No encuentro diferencia entre un proxeneta y un jefe esclavista

  • ¿Acabamos con las relaciones de pareja, con toda forma de trabajo y con la prostitución?

Todos los días nos encontramos con noticias aterradoras que afectan especialmente a las mujeres, maltratos, abusos y violencias de todo tipo. Son tan comunes que incluso muchas personas pasan por encima de ellas y las ven como parte del paisaje.

A mí, por mis militancias y vivencias, cada una me duele como si fuera la primera, y a veces trato de enfocarme en otras cosas, no por indiferencia sino por salud mental.

¿A quién no le duele una mujer amenazada, violentada psicológicamente, golpeada, abusada sexualmente, explotada o abandonada apenas acaba de parir? Bueno, la respuesta es que hay mucha gente a la que no le duele, en especial a ciertos hombres machos, la prueba es que muchas de estas cosas las hacen estos personajes que son el producto “estrella” del patriarcado.

Estas dolorosas situaciones pasan en calles y en prostíbulos, pero no solo allí. Pasan en lujosos apartamentos o en humildes viviendas, en multinacioanales y en las llamadas mipymes (microempresas y pequeñas y medianas empresas). Pasan en obras públicas y en operaciones mineras. En restaurantes de alto turmequé y en corrientazos sin renombre. Esto no sucede solamente en las “whiskerías” o en los moteles, o en los sitios de encuentro furtivos de personas que pagan y cobran por relaciones sexuales. Las agresiones se producen también en parejas de recién casados o “arrejuntados”, en matrimonios con décadas encima, en parejas que ya han celebrado bodas de oro, en clubes reconocidos de ciudades con dinero y en fiestas de primera comunión en corregimientos quebrados.

Cada vez que me dicen que hay que volver delito la prostitución, e imponer castigos a quien paga o a quien cobra, suele repetirse la misma perorata: “es que las prostitutas están indefensas en manos de posibles agresores”, “es que legalizar el intercambio del cuerpo por dinero es violento” o “es que nadie puede controlar lo que pasa dentro de un cuarto… la persona que está ahí adentro la puede matar”. Y yo, me debo armar de paciencia para decir verdades de frente: “muchas esposas están indefensas con esposos violentos, y no por una hora sino por décadas”, “intercambiar el “cuerpo”, o más bien sus servicios, por dinero, es lo que pasa en gran cantidad de trabajos” y “es muy difícil controlar lo que pasa en una empresa o en una casa, o ¿no ven la cantidad de abusos laborales, incluyendo violencias sexuales que se se dan en el mundo laboral y al interior de las familias colombianas?

¿Qué hacemos entonces? ¿Acabamos con las familias, las uniones libres, los noviazgos, todas las formas de trabajo y por ahí derecho con la prostitución? No les niego que la idea es tentadora. Es claro que la economía de mercado y el capiralismo en general son algo a ser replanteado y repensado: ahí están los indicadores sociales y ambientales, que no mienten. Pero, si la prostitción se parece en todo al resto de las instituciones sociales, incluyendo sus transacciones y peligros de explotación y violencia, ¿por qué hay gente, en especial gente que no la ha vivido, que tiene tal fijación con volverla delito?

Me sorprende ver a gente de ultraderecha que ama el libre mercado por sobre todas las cosas y a personas de izquierda que defienden ferozmente las libertades individuales unidas en un curioso matrimonio contra la prosttiución, posición que no parece encajar muy bien en ninguno de esos extremos del espectro ideológico. Personas que piensan que el Estado no debe meterse nunca con su bolsillo y seres que defienden firmemente la libertad, por ejemplo en el consumo de estupefacientes, en el marco del libre desarrollo de la personalidad, unidas contra exactamente ambas cosas. ¿Qué nos pasa?

Reconozco buenas intenciones en este debate, coincido claramente en que es importante combatir la explotación sexual y en que hay que ser firmes en la defensa de niños y niñas, pero también encuentro en esas posturas abolicionistas silenciamientos, invisibilizaciones y “despotismo ilustrado”. Personas que quieren dar este debate sin quienes ejercen la prostitución, como si esas personas no conocieran su realidad o no fueran capaces de representarse a sí mismas; personas a las que por sus tabús, y sus miradas religiosas o morales, les parece más aterrador vender unas capacidades del cuerpo que otras; personas que disfrazan de preocupación por las prostitutas sus prejuicios clasistas frente a lo que consideran una vida vulgar, fea, falta de principios y no muy deseable para la valorización de predios circundantes a las zonas de su ejercicio.

¿Qué alrededor de la prostitución hay drogas, alcohol y abusos de todo tipo? Métanse a las oficinas estatales, a las empresas privadas y hasta a organizaciones sociales. Se aterrarían. Y en todo caso igualar las drogas y el alcohol, libremente consumidos, a la explotación laboral y personal, y hasta la infantil, es llegar muy lejos.

¿Son necesarios más paralelos? ¡Hay tantos proxenetas como malos jefes y jefas! ¡Y hay tantos cuartuchos y sitios de mala muerte como empresas con sedes lamentables en las que entrar a un baño es imposible! ¡Y de la misma manera hay bellísimoas instalaciones para lo uno y para lo otro! ¡Como hay mansiones de estrato seis y oficinas “top” en donde pasan sus días mujeres esclavizadas por machos malignos, perdón la redundancia.

No. Las supuestas razones “válidas” para penalizar la prostitución, a proveedores o tomadores del servicio, bien darían para acabar con casi todas las instituciones de la sociedad. Así lo vemos muchas laboralistas. La discusión en todos esos ámbitos debe ser otra ¿cómo volver mejor la sociedad en la que vivimos? ¿cómo acabar con los abusos? De pronto en el proceso aparecen y desaparecen trabajos, y llegamos al punto de tener más microempresarias del aseo doméstico y menos empleadas “de casa” comiendo al lado de la casa del perro de sus “amos”.

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