Plétora

Publicado el Diana Patricia Pinto

Dejar de ser colombiana

No ser de ningún lugar o, más bien, no identificarte con ningún sitio, no arraigarte a la ciudad y al país en el que naciste y creciste, eso es lo que estoy experimentando actualmente, y debo confesar que no pertenecer a esta tierra es un anhelo.

No me gusta ser colombiana, ni cartagenera, ni caribeña; me resulta fastidioso ese concepto de «ser colombiano». ¿Qué diablos significa ser colombiano? ¿Cómo se puede definir más allá de ser un punto en el mapa? La última pregunta plantea múltiples respuestas desde muchas orillas y visiones. No creo que se pueda responder mediante una simple lista de virtudes y defectos que pretendan generalizar a la mayoría nacida en este territorio geográfico. Me propongo evitar el uso de estereotipos al tratar de definir lo que implica «ser colombiano».

No desear pertenecer o sentirme hastiada de pertenecer a un lugar, a este lugar, es un sentimiento que crece en mí ¿Puedo dejar de ser colombiana? Mi pregunta no se refiere a un cambio de nacionalidad desde una perspectiva legal, sino a la complejidad de esa palabra tan desafiante: «ser», y la intrincada conjunción de dos verbos: «dejar de ser».

«Pertenecer» es una palabra poderosa, de gran peso histórico, que ha marginado pueblos enteros y ha desafiado imperios. ¿Pero qué significa realmente pertenecer? ¿Cómo podemos determinar si somos parte de algo o no? ¿Qué factores influyen en nuestra sensación de identidad y conexión con los demás? Estas son algunas de las preguntas que me asaltan cuando reflexiono sobre el concepto de pertenencia, cuando siento la voraz llama de no querer pertenecer.

Pertenecer, formar parte de… ¿De qué? Desde el momento en que nacemos, formamos parte de algo sin haberlo elegido conscientemente. Raramente nos cuestionamos si deseamos pertenecer o si, de hecho, formamos parte de ello. La palabra «pertenecer» teje los hilos invisibles de la historia.

De pertenecer nace el «sentimiento de pertenencia», una amalgama de emociones y procesos cognitivos. Es una experiencia totalmente subjetiva que surge de nuestra “necesidad” de conectar con un grupo social, una cultura, una idea, un proyecto o un lugar concreto. Abraham Maslow llegó a definir esta sensación como una necesidad humana fundamental.

Maslow, diseñó una jerarquía de necesidades humanas, desde las más básicas, como la supervivencia y la seguridad, hasta las más complejas, como la autorrealización y la autoestima, ubicó la pertenencia en el tercer nivel de su famosa pirámide. Justo en el punto intermedio, por encima de las necesidades fisiológicas y de seguridad, y antes de las necesidades de estima y autorrealización.

Según Maslow y su teoría, la pertenencia es una necesidad humana universal. En otras palabras, todos buscamos y defendemos el «sentido de pertenencia». Pero, ¿qué ocurre con aquellos que no experimentamos la pertenencia como una necesidad, sino todo lo contrario, como un problema? Nos encontramos en una sociedad que tiende a imponer la creencia de que necesitamos y debemos pertenecer a un lugar geográfico, y que, si no es así, somos considerados sujetos defectuosos.

Sin embargo, a pesar de que Maslow intentó encajar a todos en su pirámide de necesidades humanas, como si fuéramos muñequitos fabricados en serie, tuvo que reconocer que no todas las personas experimentan la misma intensidad en la necesidad de pertenecer. Me aventuro a afirmar que algunas pueden carecer por completo de esta necesidad.

La pirámide de necesidades humanas de Maslow siempre me ha parecido simplista, una forma de agrupar a la humanidad de manera masiva, sin tener en cuenta la diversidad, que es una característica constante de la naturaleza. La pertenencia, al igual que otras facetas de la experiencia humana, es un terreno complejo y multifacético que no puede reducirse a una estructura jerárquica rígida.

Encuentro cierta afinidad, aunque no completa, con la teoría de Henri Tajfel sobre la pertenencia. Tajfel desarrolló la «teoría del conflicto intergrupal» y a partir de ella elaboró el concepto de identidad social.

Para Tajfel, la identidad social es el sentido de pertenencia a un grupo social, que se construye mediante la categorización, identificación y comparación. En términos más sencillos, esto significa que las personas se clasifican a sí mismas y a los demás en función de criterios sociales y culturales, como género, edad, nacionalidad, poder adquisitivo, lugar de residencia, raza, entre otros. Sin embargo, todas estas categorizaciones, así como la importancia que se supone que deberían tener y su significado, han sido creados a lo largo de la historia por grupos sociales dominantes que deciden qué sí y qué no, quiénes sí y quiénes no podemos ser.

Para este grupo dominante, que en ocasiones ni siquiera constituye la mayoría, aquellos que no encajan en estos criterios o se rebelan contra ellos son considerados sujetos defectuosos. En esta categoría caen todas las identidades sociales que los grupos de poder discriminan, marginan y privan de sus derechos.

Según Tajfel, las personas se identifican con el grupo al que pertenecen (endogrupo) y comparan este con los grupos a los que no pertenecen (exogrupos). Esto lo hacen con un afán casi desesperado en busca de una valoración positiva y del favorecimiento de su endogrupo frente a los exogrupos. No solo buscan diferenciarse, sino destacarse o sentirse superiores.

De estas dinámicas han surgido divisiones como blancos versus negros, donde la blanquitud se eleva como una categorización superior, relegando a los demás tonos de piel a un estatus de humanos de segunda clase. También emergen enfrentamientos como cristianos versus islámicos y personas cisgénero versus personas LGBTIQ+, norte versus sur, entre otros

Para Tajfel, la identidad social se manifiesta en dos extremos. Por un lado, puede proporcionar autoestima, motivación, cohesión y afecto a los individuos. Por otro, puede generar prejuicios, estereotipos y discriminación hacia los grupos o categorías percibidos como diferentes, inferiores o minoritarios.

En el contexto colombiano, esta dinámica se hace evidente cuando los ciudadanos se comparan y, por ejemplo, asumen que la blanquitud confiere acceso y derecho a posiciones de poder, mientras que otros grupos étnicos y raciales se ven limitados a roles de servicio. Este estigma y discriminación se ha reflejado claramente en el caso de la Vicepresidenta Francia Márquez. La percepción de superioridad atribuida a la estética blanca se extiende a la población raizal, ya sea indígena o afrodescendiente.

Asimismo, se exalta lo que se ha denominado de manera errónea y estigmatizante como la «malicia indígena». En la mentalidad colombiana, esta expresión sugiere una «habilidad» especial y creativa para estafar o cometer delitos. En diversas regiones del país, se considera que esta característica especial es parte integral de la identidad social de ese lugar geográfico. Culturalmente, se les enseña a los individuos que poseer esta “cualidad” los convierte en dignos representantes de la cultura paisa y cafetera.

En su libro «Sapiens: de animales a dioses», el historiador israelí Yuval Noah Harari plantea una idea fascinante: lo que diferencia a los humanos de otros animales es nuestra capacidad de crear y compartir ficciones colectivas. Estas ficciones son historias imaginarias que dan sentido a nuestra existencia y cohesionan a grandes grupos de personas. Pueden abarcar ámbitos religiosos, espirituales, estéticos, políticos, económicos y culturales, variando en contenido y forma a lo largo del tiempo y el espacio.

Para Harari, el sentido de pertenencia surge como una consecuencia directa de estas ficciones colectivas. Al identificarnos con estas narrativas imaginarias, nos clasificamos dentro de ellas y construimos una identidad personal y social basada en estas historias. Concuerdo plenamente con Harari en este punto. Estas ficciones colectivas tienen el potencial de generar cooperación y unidad, pero también han sido responsables de la violencia, explotación, discriminación y opresión que han afectado a diferentes razas, culturas e identidades a lo largo de la historia y en todo el mundo.

Si combinamos las perspectivas de Tajfel y Harari, surgen ficciones colectivas que a lo largo de la historia se han presentado como verdades absolutas, dictando cómo uno debe ser, existir y comprender el mundo. Quienes encajan en estas ficciones y las aceptan son considerados superiores y se les otorgan derechos. Por otro lado, aquellos que no se ajustan a estas narrativas, que no las reconocen ni aceptan, son marginados. Su mera existencia y esencia incomodan a los demás, y a menudo los grupos dominantes buscan corregir o, lamentablemente, «neutralizar» todo lo diverso y que se salga del estándar. El cuestionamiento y la reflexión crítica sobre estas narrativas son esenciales para construir un mundo más inclusivo y equitativo.

Siguiendo la perspectiva de Tajfel y Harari, mi falta de identificación social como colombiana y cartagenera, y mi sensación de no pertenecer a este rincón del mundo, se debe a que no me categorizo en las clasificaciones que supuestamente definen lo que significa «ser colombiana». Además, no comparto, acepto ni creo en las ficciones colectivas que cohesionan este país.

Entonces, ¿cuáles son las ficciones colectivas que prevalecen en la sociedad colombiana de hoy? Además de las religiosas, que están arraigadas en una estructura cristiana, ¿puede ser que muchas de estas ficciones tengan como punto de partida la religión? Por ejemplo, el lema policial de «Dios y Patria» o la creencia generalizada de que Colombia no podría tener un presidente ateo, como Alejandro Gaviria. Sin embargo, me surge la pregunta: ¿Existen más ficciones colectivas contemporáneas en juego?

Una de ellas podría ser la narrativa de la «gente de bien» y su papel social como punto de partida para categorizar, etiquetar, excluir y estigmatizar a quienes no cumplen con ciertas características para ser incluidos en esta categoría. Este patriotismo exagerado y a menudo violento ha contribuido a que Colombia sea un país marcado por la discriminación y la estigmatización en relación con cualquier forma de diversidad.

Descubrir, identificar y comprender estas ficciones colectivas colombianas es una tarea que va más allá del alcance de esta columna. Sin embargo, es esencial iniciar un diálogo y una reflexión crítica sobre estas narrativas compartidas para promover una sociedad más inclusiva y equitativa.

Mi rechazo a la identidad social como colombiana se debe a que no me identifico con las ficciones colectivas que rigen esta geografía. Por decisión propia, no me categorizo y estoy en el proceso de desvincularme de los grupos a los que, de manera involuntaria, pertenecí. Y esto último no es un proceso fácil.

Surge entonces la pregunta: ¿Es realmente necesario sentir un sentido de pertenencia hacia un lugar geográfico? ¿Debo forjar una conexión con un grupo social de un lugar específico? Según varias teorías psicológicas, este sentido de pertenencia se desarrolla a medida que compartimos experiencias, valores, metas y aspiraciones con grupos sociales del mismo lugar geográfico. De manera instintiva e inconsciente, comparamos cuántos rasgos físicos, culturales y emocionales compartimos con este grupo de personas y nos identificamos con ellos.

Pero, ¿qué ocurre si rompo las conexiones que he creado debido a la presión social o al intentar «encajar», aunque en realidad nunca lo deseé? ¿Y si decido no forjar nuevas conexiones porque simplemente no siento que pertenezco y no deseo formar parte de lo que comúnmente se denomina «ser de un lugar», en mi caso, «ser colombiana»?

Me planteo, ¿por qué mi identidad individual y social debe estar intrínsecamente ligada al lugar donde nací? ¿Y si opto por construir una identidad social que trascienda las categorizaciones y las identidades geográficas? ¿Por qué no puedo tener un autoconcepto basado en mis propias convicciones en lugar de etiquetas patrióticas impuestas desde fuera?

Desafiar las normas sociales y cuestionar las categorizaciones es un acto de empoderamiento, permitiéndonos definir nuestra propia identidad sin las limitaciones impuestas por la sociedad o la geografía.

La filosofía aborda el tema de la identidad social de una manera interesante. Se refiere a cómo los individuos se definen en relación a los grupos a los que pertenecen, y el sentido de pertenencia se entiende como una profunda necesidad humana de aceptación.

Martin Heidegger, en su obra, exploró extensamente la importancia de encontrar nuestro lugar en el mundo. Para Heidegger, el ser y el lugar están intrincadamente entrelazados. El ser humano solo puede comprenderse a sí mismo a través del lugar que ocupa. Sin embargo, para Heidegger, el lugar no es simplemente un espacio geográfico.

Aquí es donde Heidegger introduce el concepto de Dasein, que significa «sentido del ser», «estar ahí» o «existencia». Representa el proceso de nuestra consciencia humana vinculándose con todo lo que nos rodea.

Según Heidegger, el ser y el lugar son dos aspectos inseparables de la existencia humana; juntos, crean nuestra forma de existencia en el mundo. Y si el lugar no se limita únicamente a lo geográfico, ¿qué podría ser considerado un «lugar» para Heidegger? ¿La edad? ¿Los roles? ¿La raza? ¿La ocupación? Sí, todas estas y más son dimensiones desde las cuales se existe.

Entendido de esta manera, nuestra identidad social no está necesariamente atada a un lugar geográfico. Todos somos y existimos, pero este concepto de «lugar» es más abstracto, intangible y subjetivo. Por lo tanto, se puede construir y reconstruir una identidad social sin que esté arraigada en la geografía y su patriotismo, tomando como base lugares abstractos y existenciales.

En mi caso, he decidido que simplemente soy «terrícola», una clasificación espacial que carece de categorías o etiquetas, ya que no hay con quién compararse, carece de estigmatizaciones y diferencias. ¿Con quién podría compararse un terrícola? ¿Con un marciano, un venusiano o un saturniano? Expandiendo aún más esta perspectiva y buscando una identidad completamente desprovista de categorizaciones y etiquetas, me identifico como «soleña» y «lacteana». Estos gentilicios que acabo de inventar significan que nací en el Sistema Solar y en la Vía Láctea. ¿Qué diferencia a un «soleño» de un «alfa centuriano»? ¿Qué diferencia a un «lacteano» de un «andromedeano»? En última instancia, elijo que mi clasificación geográfica y espacial sea «terrícola», «soleña» y «lacteana», y construyo mi identidad social desde una perspectiva existencial alejada del regionalismo y el patriotismo.

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