Murmullo y exilio

Publicado el dlzitro

Los trapos sucios se lavan en casa.

No hay que ser de izquierda o derecha para saber que reprimir una protesta social con la fuerza estatal es violar Derechos y extralimitar los poderes del Estado. Aún más cuando los encargados de violentar la población civil no son miembros oficiales de la Fuerza Pública, sino mercenarios del gobierno con una legalidad cuestionable, y aparentemente con los uniformes en la lavandería.

Pero, ¿cómo así que quién debe cuidarme, me dispara? Una cosa es dispersar un bloqueo y otra cosa muy diferente es disparar indiscriminadamente contra los protestantes -en su mayoría, jóvenes estudiantes-. La inclusión de policías encubiertos, que iban capturando y golpeando a lo largo de su camino, es una gota más que hace rebozar el vaso, pero no es lo más grave del caso como nos hacen ver algunos medios. El final ya vimos, ha sido trágico.

Las protestas continúan al igual que la indignación internacional, el cubrimiento por parte de los medios y la oposición al gobierno de Maduro. Con el pasar de los días, más y más veces vemos en redes sociales y en medios de comunicación las noticias sobre lo que está pasando ahora en Venezuela y la lucha de la oposición en contra de las políticas de la actual Administración.

Y además exigimos que nuestros líderes tomen posición a favor de los opositores frente a estos hechos; como lo exigimos también en el caso de la Primavera Árabe, las protestas en Turquía y la homofobia en Rusia de cara a los Juegos de Invierno. Y exigimos un Presidente que salga públicamente a opinar sobre las decisiones que se toman en otros lugares; y exigimos intervención en Siria, y reclamos sobre violaciones de Derechos Humanos en Corea del Norte, y nos escandalizamos porque no se le permite marchar a los jóvenes y las mujeres tienen que usar burka en Medio Oriente.

Pero cuando el tema es nuestra apuesta por la paz o la mano firme, nuestros protestantes que salen por la Séptima hasta llegar a la Plaza de Bolívar, las violaciones de Derechos Humanos en el territorio colombiano, las posiciones homofóbicas, discriminatorias y hasta retrogradas de los hombres a cargo de nuestros organismos de control, la cosa cambia. Ahí es cuando “los trapos sucios se lavan en casa” y no queremos que nadie opine sobre nuestros problemas y nuestros defectos.

Es válida la preocupación por lo que está sucediendo en Venezuela, y es legítimo sentirse identificados por la lucha social de quienes están en contra de su sistema de gobierno. Pero no es válido jugar a blancos y negros, y acomodar las reglas según el jugador.

La situación social, política y económica de Venezuela no cambió de la noche a la mañana y no ha sido únicamente el resultado de decisiones autoritarias por parte de Hugo Chávez y su actual secuaz. Se reconozca o no el fraude durante las pasadas elecciones (y todas las anteriores a esas), se debe aceptar también que el proyecto bolivariano ha sido popular en un sector de la población que sistemáticamente ha aceptado los cambios y la existencia de inconformismo, desabastecimiento, seguridad privada y corrupción. Pero en ningún momento se está hablando de derecha contra izquierda, o de comunistas y capitalistas; ese discurso trasnochado dejo de ser válido en Venezuela desde mucho antes que comenzaran las Transmisiones de “Aló Presidente”.

La indignación colombiana

La indignación colombiana y las exigencias al Presidente Santos de pronunciarse son tan válidas como la crítica internacional por un conflicto de más de 50 años y la intervención extranjera durante los diálogos de Paz en La Habana.

Antes de defender a capa y espada a los estudiantes venezolanos que marchan en contra de un sistema con el que no están de acuerdo –sin desmeritar el valor de  sus motivaciones sociales o el accionar represivo del gobierno-, deberíamos pensar en la posición que asumimos cuando los jóvenes colombianos protestan en contra de nuestro sistema, de la reforma a la Educación, la reforma agraria, la Ley 100; o cada semana cuando los estudiantes de las universidades públicas salen a demonstrar su inconformismo o tendencia política en cara a las elecciones. A mí que no me digan que defender a los estudiantes vecinos está bien, cuando a los miembros de la MANE se les aplican numerosos apelativos discriminatorios y se desconoce su lucha.

Es alentador ver a tantos colombianos conmovidos por la situación en Venezuela enviando mensajes de apoyo, expresando su indignación, pero hay que ser coherentes. Hay que reconocer en nosotros los mismos lunares que vemos en el vecino, aunque no seamos una nación de petrodólares con un presidente que juega a personificar pajaritos.

Daniel Peña O/ Laura Delgado O

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