Líneas de arena

Publicado el Dixon Acosta Medellín (@dixonmedellin)

ERNESTO CARDENAL, VISTO DE ESPALDA.

 

La primera vez que vi a Ernesto Cardenal fue el 25 de agosto de 2006, pero no fue de frente, durante más de una hora estuve observando su blanco cabello juvenil de octogenario, su sonrosada nuca y su espalda, algo encorvada pero nunca demasiado. Es un hombre que se ha arrodillado ante Dios y sus deberes ante la Iglesia y la historia, pero nunca se ha doblegado ante los tiranos.

Por aquellos días, yo prestaba servicios diplomáticos en la Embajada de Colombia en Nicaragua, cuando gobernaba el país centroamericano el ingeniero Enrique Bolaños, un demócrata decente y amable. Había acudido al lanzamiento de “El Reino Animal”, libro de cuentos de otro gran escritor nicaragüense, Sergio Ramírez, en una galería de arte en Managua. Con mi esposa Patricia y el amigo Andrés Gáfaro, llegamos temprano y nos ubicamos en la tercera fila, paulatinamente las sillas fueron rellenándose con los cuerpos de los asistentes, hasta el momento en que arribó Ernesto Cardenal, quien se sentó en la silla de enfrente en primera fila.

Me mantuve obnubilado por un momento de incierta duración, distraído por tener a un personaje histórico y un poeta de su talla tan cerca, algunas personas con menos timidez y sentido del recato, se acercaron para saludarlo y tomarse fotografías. Por mi parte, me figuraba la escena como una especie de signo, casi místico, como los que le gustaba prefigurar e interpretar el mismo Cardenal en su juventud cuando definía sus vocaciones, me imaginaba como el aprendiz silencioso tras el maestro. Luego le presté cuidado a las palabras siempre ineludibles de Don Sergio Ramírez y los comentarios atinados de la escritora Claribel Alegría, otra gloria de las letras de Nicaragua.

Mientras transcurría el evento literario, rememoré las sensaciones que Cardenal me había producido en mi vida. La imagen de Juan Pablo II reprimiéndolo por su participación política en la revolución sandinista. La impresión de la lectura de “Vida Perdida”, el primer tomo de sus memorias, que durante las primeras páginas me pareció de un egocentrismo subido, por la insistencia y repetición de la palabra “yo”, así como la idea de ser un escogido directo de Dios, pero paulatinamente me convencí que se trataba de una confidencia sincera, sin aditamentos literarios, directa y simple, la confesión de un sacerdote, que cuando se viste de poeta, es el más humilde de los pecadores, quien se arrodilla y comienza a expurgar sus culpas frente al juez que puede absolverlo, el implacable lector.

El Cardenal que me ha gustado, el poeta que dejando de lado sus devaneos políticos, imaginó a Marilyn Monroe presentándose ante Dios, sin maquillaje, ni agente de prensa, ni fotógrafos, “sola como un astronauta frente a la noche espacial”, o el que le escribía a una Claudia, ese primer amor, antes que llegará a su vida Jesucristo o la revolución contra tiranos como los Somoza o Daniel Ortega. El Cardenal que reconocía que no le cantaba a las empresas militares, sino a la conquista de una muchacha, que podía ser aquella rosada que vestía pantalones azules, subida a una escalera, cortando manzanas, mientras su hermana pintaba de blanco el porche de la casa, todo ello en Virginia o Alabama. El Cardenal escultor de garzas albinas, como aquella que logré capturar en su taller de artista y guardo en una primorosa jaula sin barrotes en la sala de mi apartamento bogotano.

Ernesto Cardenal quien alguna vez le envió una sentida carta a su mentor y guía espiritual, el padre Thomas Merton desde el Seminario de Vocaciones Tardías ubicado en La Ceja, población cercana a Medellín en Colombia, en la cual escribe: “El seminario está en el campo, el paisaje aquí es muy majestuoso con grandes montañas y se siente la sensación de estar en un país grande…De modo que me siento en un bello lugar contemplativo, cosa que no hubiera encontrado tal vez en ningún otro seminario, y estoy muy contento de estar aquí. Indudablemente Dios me trajo.”

Al final del acto, sólo atine a acercarme y saludarlo, con eso bastaba, las palabras sobran frente a quien las sabe todas. Luego tuvimos otros momentos, pero esos me los guardo, me quedo con la imagen eterna de las hebras de algodón de su cabello, que caían desde su boina negra y su nuca rosada, aquella bordeada por un sencillo sayal de lino, en lugar de una fastuosa túnica. Porque Ernesto debía ser el único Cardenal que vestía como el más humilde sacerdote. Al fin y al cabo, un poeta de vocaciones eternas.

Dixon Acosta Medellín

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