En una tarima reciente, durante la campaña presidencial de la senadora Paloma Valencia, ocurrió uno de esos momentos pequeños que, sin embargo, contienen una extraña verdad sobre el país. Su hija, Amapola, en medio del escenario y de la solemnidad adulta de la política, lanzó una pregunta con esa mezcla de audacia infantil y libertad que solo tienen los niños:

—“¿Y si perdemos qué?”

La frase me hizo reír. Pero también me dejó pensando.

Porque todos hemos perdido alguna vez. Y quizá en saber perder habita una parte esencial de la vida. Más aún en sociedades como la nuestra, educadas obsesivamente para triunfar. El capitalismo convierte la existencia en una preparación permanente para el éxito: llegar primero, sobresalir, imponerse, vencer. Pero en un mundo lleno de trampas, desigualdades y violencias, prepararse solo para el triunfo no es optimismo: es ingenuidad. Y también una pésima estrategia de vida.

Entonces pensé en el cineasta Italiano Pier Paolo Pasolini. En sus reflexiones sobre la derrota y la dignidad de perder en un mundo de tramposos. Decía Pasolini:

“Pienso que es necesario educar a las nuevas generaciones en el valor de la derrota.

En manejarse en ella. En la humanidad que de ella emerge.

En construir una identidad capaz de advertir una comunidad de destino, en la que se pueda fracasar y volver a empezar sin que el valor y la dignidad se vean afectados.

En no ser un trepador social, en no pasar sobre el cuerpo de los otros para llegar el primero. Ante este mundo de ganadores vulgares y deshonestos, de prevaricadores falsos y oportunistas, de gente importante, que ocupa el poder, que escamotea el presente, ni qué decir el futuro, de todos los neuróticos del éxito, del figurar, del llegar a ser.

Ante esta antropología del ganador de lejos prefiero al que pierde. Es un ejercicio que me parece bueno y que me reconcilia conmigo mismo. Soy un hombre que prefiere perder más que ganar con maneras injustas y crueles. Grave culpa mía, lo sé. Lo mejor es que tengo la insolencia de defender esta culpa, y considerarla casi una virtud”.

Quizá esa reflexión también sirve para pensar la política colombiana de hoy.

Porque volvemos, otra vez, al viejo péndulo del bipartidismo. Ya no conservadores y liberales, sino otras máscaras del mismo esquema binario: petrismo y uribismo. Hoy podrían llamarse Petro y Uribe, Abelardo y Cepeda, o cualquier combinación futura de esa polarización emocional que divide al país entre amores absolutos y odios absolutos. Cambian los nombres; permanece la estructura.

Y ahí aparece una de las tragedias políticas de Colombia: la enorme dificultad de las terceras vías.

Lo intentó la Constitución del 91 cuando soñó con pluralizar la democracia. Lo intentó el Polo Democrático de Carlos Gaviria, aquello que William Ospina llamó alguna vez “la franja amarilla”. Lo intentaron figuras como Antanas Mockus y tantos otros proyectos que quisieron escapar de la lógica binaria.

Pero aquí parecería que quien no pertenece a uno de los dos bandos es inmediatamente sospechoso. En Colombia cuesta mucho construir desde el matiz. Aquí se exige adhesión total. O amor u odio. O amigo o enemigo.

Y en una sociedad tan atravesada históricamente por la violencia, eso tiene consecuencias profundas y costos humanos enormes. Porque la polarización no solo organiza elecciones: organiza afectos, amistades, familias, maneras de mirar al otro.

Por eso vuelve a aparecer la pregunta de Amapola:

“¿Y si perdemos qué?”

Pues seguir. Construir puentes. Insistir.

Hay una lección que el centro político podría aprender de la izquierda colombiana: la tenacidad. Durante décadas defendieron ideas que parecían imposibles, marginales, derrotadas. Persistieron. Y finalmente llegaron al poder. Con aciertos y errores, claro, pero llegaron.

Hace años muchas personas pensábamos que el primer presidente de izquierda sería Carlos Gaviria. Y no fue así. Porque la historia rara vez sigue el guion exacto que imaginamos. Ni en la vida personal ni en la vida de los países.

Quizá la persona de centro que llegue algún día a la Casa de Nariño todavía no aparece en el horizonte. Quizá aún no conocemos su nombre.

Pero renunciar a esas ideas —a la posibilidad de un pacto social responsable y ético, a un pacto entre los trabajadores y los empresarios en que ambos se sientan respetados, a un respeto a la naturaleza y una comprensión de que el ser humano también necesita de ella para su existencia, al respeto por la Constitución (nuestro verdadero acuerdo nacional), a la defensa de valores pacifistas y democráticos— eso sí sería perder.

Votar por el centro no es un error. Tampoco es inútil. Es afirmar que nuestras ideas también valen y que nosotros también valemos. Que nuestra manera de ver el país merece existir. Que aún creemos posible construir un lugar donde sea posible hablar de política con todos, donde sea posible ser amigo del opositor y donde construir colectivamente sea posible, un lugar menos rabioso, menos fanático y menos cruel.

Votar por el centro es decir, simplemente:

Aquí estamos.

Con ganas de construir un mejor país. De verdad, para todos.

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