En tiempos de polarización, el país parece condenado a elegir entre símbolos antes que entre proyectos. Por eso vale la pena detenerse —aunque sea un momento— en las trayectorias de Juan Daniel Oviedo y Aída Quilcué. Dos maneras de habitar lo público. Ambos, sin duda, con virtudes que merecen ser reconocidas. Y también, como cualquier figura humana, con defectos que algunos señalarán como densos, otros como irrelevantes. Pero ahí está justamente el punto: sus defectos no son lo central.
No nos confundamos.
Colombia ha entrado en una fase donde los extremos han aprendido a revestirse de rostros honorables. Buscan figuras que inspiren respeto, que despierten empatía, que permitan suavizar discursos duros o agendas radicales. Pero el problema no está en esas personas, sino en el papel que realmente jugarán dentro de las candidaturas que acompañan: Juan Daniel Oviedo, en fórmula con sectores que buscan capitalizar una agenda técnica dentro de una coalición más amplia; y Aída Quilcué, como parte del proyecto político del Pacto Histórico que hoy encarna el petrismo.
En el caso de Juan Daniel Oviedo, además, hay un elemento que no puede ignorarse: su condición de hombre abiertamente homosexual ha sido convertida en un símbolo político. No como un hecho personal —que debería ser irrelevante en términos de capacidad— sino como un mensaje calculado. Su escogencia también responde a ese peso simbólico: proyectar una imagen de apertura, de modernidad, de respeto por la diversidad desde sectores que históricamente no han sido identificados con esas banderas. Y eso dice más del momento político que del propio Oviedo. Si hoy los extremos se esfuerzan por disfrazarse de respetuosos de la diversidad y de integradores de minorías, es porque entienden algo fundamental: el país está cansado del irrespeto de quienes han detentado el poder.
Porque, más allá de las narrativas de campaña, lo cierto es que el poder que se les promete es limitado.
Hay que decirlo sin rodeos: en Colombia, el vicepresidente solo tiene verdadero poder si muere el presidente. Todo lo demás —misiones, encargos, vocerías— depende exclusivamente de la voluntad del jefe de Estado. La historia reciente lo confirma: incluso figuras con legitimidad propia terminan reducidas a roles secundarios si no cuentan con la delegación directa del presidente de turno.
Por eso, centrar el debate en estos nombres es, en buena medida, distraernos de lo esencial.
El país no se juega su futuro en la hoja de vida de un vicepresidente. Se lo juega en la dirección política que tome el gobierno, en las mayorías que lo respalden, en las decisiones que se adopten desde el poder real. Pensar que la elección pasa por quién acompaña la fórmula es perder de vista dónde reside, en verdad, la capacidad de gobernar.
Y es ahí donde aparece la verdadera disyuntiva.
Colombia lleva años atrapada en una dicotomía que ya empieza a sentirse estéril: un péndulo entre el uribismo y el petrismo, entre las sombras de Álvaro Uribe Vélez y Gustavo Petro. Dos visiones que se necesitan mutuamente para existir, que se alimentan del miedo al otro, que convierten cada elección en una batalla emocional más que en una deliberación racional.
Pero no tiene por qué ser así.
Aún existen opciones de centro. Opciones imperfectas, sí, como todo en democracia, pero reales. Alternativas que no giran en torno a la confrontación permanente, que proponen un gobierno sin la tutela de caudillos, sin la sombra de Uribe y sin la sombra de Petro. Nombres hay: Claudia López, Sergio Fajardo y Roy Barreras. Cada votante sabrá cuál le genera mayor confianza, cuál interpreta mejor su idea de país.
Porque votar, muchas veces, no es un ejercicio de cálculo frío. No se trata únicamente de elegir al que “va a ganar” o de impedir que otro lo haga. Votar también es una forma de expresión. Es una manera de decir “no estoy de acuerdo”, de marcar una distancia, de señalar que hay caminos distintos a los que nos quieren imponer.
Es, en últimas, una forma de dignidad.
Ni Juan Daniel Oviedo ni Aída Quilcué son el problema. Tampoco la solución. Son, apenas, piezas dentro de un tablero más amplio. Y si algo necesita hoy Colombia es dejar de mirar las piezas aisladas para entender el juego completo.
Porque el verdadero riesgo no está en elegir mal un nombre, sino en seguir aceptando que solo existen dos opciones posibles. Y si Colombia insiste en permanecer atrapada en esa falsa dicotomía, en ese juego de extremos que se retroalimentan, no solo estará repitiendo sus errores: estará, sin rodeos, condenándose al fracaso.
Diego Aretz
Diego Aretz es un periodista, investigador y documentalista colombiano, máster en reconciliación y estudios de paz de la Universidad de Winchester, ha sido columnista de medios como Revista Semana, Nodal, El Universal y colaborador de El Espectador. Ha trabajado con la Unidad de Búsqueda y con numerosas organizaciones defensoras de DDHH.