MALCOLM DEAS: EL EXTRANJERO QUE NOS ENSEÑÓ A MIRAR COLOMBIA
Conferencia de Diego Aretz. Universidad del Norte 2026. Hay una escena que siempre me ha parecido extraordinaria. Un joven inglés, formado en Oxford, está intentando decidir qué país de América Latina va a estudiar. México parece la opción natural. Pero México ya está lleno de historiadores interesados en él. Entonces aparece una novela. Nostromo, de…
Conferencia de Diego Aretz. Universidad del Norte 2026.
Hay una escena que siempre me ha parecido extraordinaria. Un joven inglés, formado en Oxford, está intentando decidir qué país de América Latina va a estudiar. México parece la opción natural. Pero México ya está lleno de historiadores interesados en él.
Entonces aparece una novela.
Nostromo, de Joseph Conrad.
Una novela ambientada en una república imaginaria llamada Costaguana, que tiene demasiadas semejanzas con Colombia. Y entonces ocurre algo que parece casi una anécdota, pero que terminaría cambiando una parte de la historiografía colombiana.
Malcolm mira un mapa.
Y allí está Colombia.
Él mismo me lo contó alguna vez. Dijo que tomó el mapa, bajó desde México, pasó por Centroamérica y encontró un país grande que, además, era el país de las novelas que había leído.
Tenía 22 años.
No sabía que ese país iba a ocupar los siguientes sesenta años de su vida. No sabía que terminaría nacionalizándose colombiano. No sabía que sería profesor de Oxford, que tendría entre sus interlocutores a presidentes y ministros, que asesoraría gobiernos, que formaría generaciones de colombianos y que terminaría construyendo una de las bibliotecas privadas sobre Colombia más importantes que haya tenido un historiador extranjero.
Mucho menos sabía que, seis décadas después, algunos de sus libros terminarían aquí, en Barranquilla.
Pero hay algo todavía más interesante.
Colombia tampoco sabía que acababa de encontrarse con Malcolm Deas.
Un extranjero que llegó a un país que tampoco se entendía a sí mismo
Cuando comencé a investigar a Malcolm, una de las cosas que más me sorprendieron fue que él nunca se presentó como alguien que había llegado a Colombia sabiendo exactamente qué quería encontrar. Más bien lo contrario. En nuestras conversaciones insistía en su propia desorientación.
Me dijo:
“Me despisté mucho los primeros dos años.”
Y después agregó algo todavía más revelador:
“Los colombianos tampoco lo entendían.”
Esa frase me parece una de las mejores puertas de entrada a Malcolm Deas. Porque ahí aparece algo que lo acompañaría durante toda su vida: la humildad intelectual de quien sabe que un país no puede entenderse rápidamente. Él no llegó con una teoría sobre Colombia. Llegó con preguntas. Y quizás por eso pudo pasar tanto tiempo aquí. Porque cuando uno llega a un país creyendo que ya sabe qué va a encontrar, termina buscando únicamente aquello que confirma lo que ya pensaba. Malcolm hizo lo contrario. Llegó confundido. Y conservó durante décadas la capacidad de seguir sorprendiéndose.
El método Deas: mirar los detalles
Si tuviera que escoger una sola frase para explicar a Malcolm Deas como historiador, sería esta:
“Si uno quiere entender algo, tiene que describirlo con todos los detalles posibles.”
Esto parece una frase sencilla. Pero es una posición intelectual. Porque significa desconfiar de las grandes explicaciones que pretenden explicar un país entero con una sola categoría.
Colombia ha sido descrita muchas veces mediante palabras enormes: violencia, oligarquía, pobreza, clientelismo, polarización, subdesarrollo, narcotráfico, Estado fallido.
Pero Malcolm desconfiaba de las etiquetas cuando reemplazaban la investigación.
En una de nuestras conversaciones me explicó que el poder en Colombia era difuso y que para entender quién mandaba había que mirar los territorios, los pueblos, las relaciones concretas y las diferencias regionales.
Esto es muy importante.
Porque Malcolm no preguntaba únicamente:
¿Quién tiene el poder?
Preguntaba:
¿Quién manda, dónde manda y hasta dónde manda?
Y esas tres palabras —dónde y hasta dónde— cambian completamente la pregunta.
Porque un terrateniente podía tener poder sobre sus trabajadores y no necesariamente sobre el alcalde. Un presidente podía tener una enorme autoridad nacional y, sin embargo, tener dificultades para hacer cumplir una decisión en un municipio. Un jefe político podía ser poderoso en un departamento y no serlo en otro.
Es decir:
el poder tenía geografía.
Y Malcolm quería encontrarla.
Quisiera hablar de un ejemplo muy concreto de del Malcolm de los detalles: Y aquel personaje que le da vida a su texto es una tejedora de un pueblo de Santander llamado Suaita, un pueblo que, si hoy es bien pequeño, imagínelo en 1874. Malcolm va a mostrar, mirando a través del diario de esta mujer tejedora, que la vida política sí había permeado todas las capas sociales de la nueva república, que es una de las tesis que va a defender a lo largo de toda su vida: se trata de una señora de Suaita, municipio de Santander que linda con Boyacá, cerca de donde se produce el bocadillo veleño. El documento es un diario personal manuscrito. En la página titular se lee: “Apunte de lo que ha ocurrido desde el año de 1874 en Suaita, de Sofía Durán D. (tengan la fineza de no quedarse con este libro, porque es un robo)”
cuando Malcolm hacía trabajos como los que hizo Ginzburg (La política en la vida cotidiana republicana), esos estudios parecían, digamos, como un poco esotéricos. Alguien que se dedica a hacer una historia de minucias, eso como que no cabía mucho en las estructuras mentales dominantes en la historia. Entonces, alguien que se mete en ese detalle, pues era muy subvalorado, pues estaba haciendo un ejercicio casi de masoquismo histórico, porque ¿eso qué aporta? Hoy vemos la importancia de eso. Quiero decir que, de pronto, en el sentido de esa conexión que haces con Ginzburg, Malcolm pudo ser como un pionero de cosas cuya importancia se reconocen mucho más vigorosamente hoy, como estructurantes de la sociedad.[
Y aquí recuerdo una anécdota que me parece que revela otra dimensión de ese método. Gonzalo Sánchez decía que Malcolm había puesto a estudiar a todo el mundo con el rigor y la precisión de su trabajo. Era difícil argumentarle. Y yo creo que había ahí también un rasgo de profesor: esa manera de obligar a los demás a volver sobre las cosas, a revisar el dato, a precisar el argumento y a no conformarse con una explicación fácil.
El historiador que desconfiaba de las explicaciones demasiado perfectas
Hay una característica de Malcolm que aparece una y otra vez en mi libro: su escepticismo. No era un escepticismo estéril. No era la actitud de quien dice que nada puede saberse. Era exactamente lo contrario.
Desconfiaba para investigar mejor.
Desconfiaba de los lugares comunes. Desconfiaba de las teorías demasiado cerradas. Desconfiaba incluso de sí mismo.
Cuando hablamos de sus primeros años en Colombia, me dijo algo que revela mucho de su personalidad intelectual: había sido muy difícil para él entender el país, pero también había comprendido que los colombianos tampoco lo entendían del todo.
Y allí aparece una de sus grandes virtudes:
no confundía seguridad con conocimiento.
Un hombre que sabe mucho puede decir:
“Esto es así”.
Malcolm prefería muchas veces decir:
“Veamos”.
Y volver al archivo. Y buscar otra fuente. Y revisar una cifra. Y hablar con otra persona. Y encontrar una excepción. Y entonces modificar la explicación.
Colombia contra los estereotipos
Hay una escena que me parece extraordinaria y que quisiera rescatar.
Malcolm hablaba de los primeros años en que estudió Colombia y de cómo encontró que muchos analistas hablaban de oligarcas y terratenientes con afirmaciones que, según él, tenían poco sustento empírico.
Él había leído los clásicos, los libros de la Academia de Historia, a los autores del siglo XIX.
Y llegó a una conclusión:
la realidad de Colombia no era como la pintaban los analistas de la época.
Esto nos lleva a otra característica fundamental de su trabajo.
Malcolm no quería encontrar una Colombia que encajara en una teoría.
Quería encontrar la Colombia que existía.
Y eso explica por qué podía pasar de los presidentes a los caciques locales. De las guerras civiles a una hacienda cafetera. De la política nacional a la gramática. De un archivo diplomático a una conversación con un librero. De Oxford a un pueblo perdido de Colombia.
Su objeto de estudio no era una abstracción llamada Colombia.
Era la vida colombiana.
Por eso el siglo XIX lo fascinó
Quizá ninguna parte de la historia colombiana muestra mejor su método que su obsesión por el siglo XIX.
Malcolm veía allí un laboratorio extraordinario. Un país que acababa de independizarse. Un Estado todavía en construcción. Partidos políticos que llegaban hasta las capas populares. Guerras civiles. Regiones con enorme autonomía. Presidentes que también eran escritores. Gramáticos que eran políticos. Políticos que escribían gramáticas. Terratenientes. Caciques. Militares. Periodistas. Intelectuales. Y una sociedad que estaba construyendo, a veces a golpes, una república.
Pero Malcolm se resistía a mirar ese período como una simple prehistoria de la Colombia moderna.
Para él, allí estaban muchas de las claves de nuestra propia singularidad.
Hay una frase suya que me parece particularmente importante.
Cuando hablamos de las luchas posteriores a la Independencia, rechazó esa mirada según la cual la Independencia habría sido la gran epopeya gloriosa y todo lo que vino después sería una especie de decadencia.
Malcolm fue contundente:
“Eso es estúpido.”
Y detrás de esa frase, aparentemente provocadora, había una idea historiográfica muy seria:
la historia republicana de Colombia tiene su propia personalidad.
No es una copia defectuosa de la historia europea. No es una versión incompleta de otra revolución. No es simplemente un país que no consiguió modernizarse.
Es una historia particular.
Y había que estudiarla como tal.
Y aquí aparece una anécdota que me parece extraordinaria. Margarita Garrido contaba que, en Cali, en 1991 o 1992, estaba conmovida y reflexionando sobre qué sentido tenía escribir sobre nuestra historia en un momento en que Colombia atravesaba una situación tan difícil. Mientras ella estudiaba períodos lejanos de la historia, Malcolm le dijo: “Pero es que Colombia merece quien cuente su historia, ya habrá tiempo para que otros cuenten lo que sucede ahora…”
La violencia: probablemente su gran batalla intelectual
Aquí creo que conviene entrar en un terreno que seguramente será retomado durante el resto de la jornada.
Malcolm escribió mucho sobre la violencia.
Pero no aceptaba fácilmente la idea de que Colombia fuera violenta por naturaleza.
Ni que existiera una especie de esencia violenta del colombiano.
Su trabajo buscó desmontar precisamente esos lugares comunes.
En Dos ensayos especulativos sobre la violencia en Colombia, su aproximación insistía en diferenciar la violencia política de otras formas de violencia y en cuestionar explicaciones automáticas que vinculaban violencia, pobreza o una supuesta “cultura de la violencia”.
Y hay algo muy contemporáneo en esto.
Porque todavía hoy tenemos la tentación de explicar nuestra historia mediante grandes determinismos.
Malcolm nos obliga a preguntar: ¿cuál violencia? ¿en qué momento? ¿en qué región? ¿producida por quién? ¿con qué intereses? ¿bajo qué circunstancias? ¿y por qué disminuye en unos momentos y aumenta en otros?
Eso parece menos espectacular que decir “Colombia es un país violento”.
Pero es mucho más útil.
Porque obliga a pensar.
Un historiador que no era solamente historiador
Aquí aparece otra dimensión que creo que debemos subrayar especialmente en este evento.
Malcolm no fue únicamente un historiador que escribió libros sobre Colombia.
Fue un actor de la vida colombiana.
Tuvo relaciones con presidentes. Fue consultado por gobiernos. Escribió para periódicos internacionales. Fue una especie de puente entre Colombia y el Reino Unido.
Y desde Oxford ayudó a que muchos colombianos llegaran a ese mundo académico.
En mi investigación encontré testimonios de personas que recuerdan cómo Malcolm prestaba su casa, su automóvil e incluso su bicicleta a estudiantes colombianos en Oxford.
Eso dice algo sobre él.
Porque uno podría hablar durante horas de su influencia intelectual.
Pero hay otra forma de influencia:
abrirle una puerta a alguien.
Y Malcolm abrió muchas.
Por eso su legado no está solamente en sus libros.
Está también en las personas.
El poder: la otra vida de Malcolm
Hay una dimensión de Malcolm que durante mucho tiempo permaneció parcialmente oculta.
Su relación con el poder.
Presidentes colombianos lo consultaban. Diplomáticos británicos lo consultaban. Funcionarios lo consultaban. En algunos momentos, incluso decisiones importantes del Estado colombiano parecen haber recibido su influencia.
Y esto es particularmente interesante porque Malcolm no fue un político.
No necesitaba serlo.
Su poder provenía de otra parte.
De saber.
De conocer los antecedentes. De entender las instituciones. De conocer a las personas. De haber leído los documentos. De saber qué había ocurrido antes. Y de poder decirle a alguien poderoso:
“Eso que usted cree que es nuevo ya ocurrió antes”.
Ese tipo de conocimiento puede ser mucho más poderoso que un cargo.
La contradicción más interesante: un conservador que no era dogmático
Malcolm tenía posiciones políticas.
No era un intelectual neutral en el sentido de no tener preferencias.
Pero su manera de relacionarse con personas de distintas posiciones era extraordinaria.
En mi libro aparecen testimonios que muestran cómo podía conversar con personas de inclinaciones políticas muy diferentes sin convertir la conversación en una guerra.
Y esto me parece importante rescatar hoy.
Porque Malcolm tenía algo que nuestra conversación pública ha perdido:
la posibilidad de disentir sin dejar de conversar.
Podía decirle a alguien:
“Creo que usted está equivocado”.
Y continuar hablando.
Podía encontrar una buena idea en alguien con quien políticamente no coincidía.
Podía reconocer una virtud en un adversario.
Eso también es una forma de inteligencia.
El humor como herramienta intelectual
Y aquí quiero detenerme porque creo que es una parte de Malcolm que muchas veces queda opacada por su prestigio académico.
Malcolm era divertido.
Tenía humor. Tenía ironía. Y muchas veces utilizaba el humor para hacer algo intelectualmente muy serio: desarmar una certeza.
Eso aparece constantemente en las entrevistas de mi libro y en los testimonios de quienes lo conocieron.
Yo tuve la fortuna de experimentarlo directamente.
En nuestras conversaciones, cuando la discusión parecía cerrarse, Malcolm tenía una manera de abrirla otra vez.
Me decía:
“Otro dato para confundirte aún más.”
Y creo que esa frase resume maravillosamente su método.
Porque el objetivo de una buena investigación no siempre es salir con menos preguntas.
A veces es salir con mejores preguntas.
Malcolm hacía eso.
Te daba un dato.
Ese dato desmontaba una explicación.
Entonces aparecía otra.
Y luego otra.
Hasta que aquello que parecía obvio dejaba de serlo.
Lo que realmente hizo Malcolm
Por eso, después de investigar su vida, yo ya no creo que la mejor manera de definirlo sea decir simplemente:
“Malcolm Deas fue un historiador inglés especializado en Colombia”.
Eso es correcto.
Pero es insuficiente.
Yo diría otra cosa:
Malcolm Deas fue un hombre que dedicó sesenta años a aprender a mirar Colombia.
Y en ese proceso nos enseñó a mirarla a nosotros.
Nos enseñó que el país no puede explicarse únicamente desde Bogotá. Que el poder tiene territorios. Que las regiones importan. Que la política llega hasta los pueblos. Que las élites no lo explican todo. Que la violencia no es una esencia nacional. Que la historia republicana tiene personalidad propia. Que las palabras también ejercen poder. Que un documento aparentemente insignificante puede cambiar una interpretación. Y que una buena pregunta puede ser más importante que una respuesta demasiado rápida.
La biblioteca como última conversación
Y llegamos finalmente a este lugar.
La Biblioteca Karl C. Parrish Jr.
Y aquí es donde, para mí, el evento adquiere una enorme belleza.
Quisiera leer un pasaje literal de mi libro, si me permiten “Esta tarde, mi mano fue eligiendo títulos, como quien recorre sin mapa un continente inexplorado:
Plantas útiles de Colombia, de Enrique Pérez Arbeláez, 1955.
Descubrimiento del Nuevo Reino de Granada, de Juan Friede, un libro hermoso sobre nuestros orígenes en la altiplanicie.
Poems, de Lord Byron, con las hojas aún impregnadas de su melancolía.
Un ejemplar fascinante, en inglés, titulado Gaitán of Colombia, de Richard Sharpless, en el que Malcolm subrayó un pasaje que lo hizo reír, y a mí también. En el pasaje se habla de que el presidente de hace 77 años nombró a Gaitán alcalde de Bogotá para que demostrara que era un mal administrador y así perdiera las elecciones presidenciales, cosas que no funcionaron mucho, pero que recuerdan con demasiado parecido el crecimiento electoral de Petro tras su alcaldía.
Después, títulos inesperados: Padrinos y mercaderes: crimen organizado en Italia y Colombia, de Ciro Krauthausen. Y luego, verdaderas perlas: Vuelo en el Orinoco, impreso en 1935, de Luis Eduardo Nieto Caballero. Un párrafo me sacude, me hace pensar en la decadencia de nuestra política. En una carta al presidente Olaya, su opositor, Nieto Caballero escribe: “Querido amigo, galantemente invitado por los hermanos cristianos, que al distinguir en esa forma a un hermano masón demuestran cómo entienden y practican la concentración nacional”. Cuan distinto era el lenguaje político en esa época.
Y entonces, como un hallazgo improbable, aparece Recuerdos de un viaje a Europa, de Nicolás Pardo, impreso en Bogotá en 1873. Una rareza encantadora: la crónica de un joven bogotano, entusiasta, viajero, convencido de la promesa republicana. Iba a ser cónsul en Italia. Dice algo que me conmueve especialmente en este sótano templado, mientras pienso en la renovación de Barranquilla y su reapertura al mar:
[Empieza nota]El Magdalena, con sus abundantes caimanes, con su lento, largo y variado curso, con sus riberas cubiertas de monos de distintas clases, de lindas guacharacas, de aves de toda especie que, en bandadas, atraviesan la floresta de un punto a otro, de miserables caseríos de negros medio desnudos, de bosques asombrosos y selvas vírgenes, en que la naturaleza se ostenta magnífica, exuberante y grandiosa: el Magdalena ha sido muchas veces materia de folletos y de innumerables descripciones.[Termina nota]
Y más adelante escribe, con una esperanza que aún resuena con algo de ternura y tragedia: “El día que nuestra patria cuente con un ferrocarril (que no está distante de realizarse), que ponga en comunicación a Bogotá con el Magdalena, podremos decir con verdad que ocupamos un puesto entre las naciones civilizadas del mundo”.
Malcolm sabía que en los detalles se esconde el alma de la historia. Es hermoso lo que revelan sus libros. En otra página, Pardo cuenta: “En Santa Marta nos hallábamos desde la noche del 25 de agosto, y lo que al instante pregunta el colombiano que allí llega por primera vez es en qué sitio queda la hacienda de San Pedro Alejandrino, donde murió el Libertador de Colombia”.
Este viaje azaroso por los estantes me llevó a otro volumen: Nuestra colonia de Cuba, de Leland Jenks, ensayos sociológicos y económicos escritos por estadounidenses sobre América Latina en la primera mitad del siglo XX, antes de la revolución.
Luego, La linterna y el búho, de Lucio Pabón Núñez, en donde ese extraño poeta y político conservador hace un homenaje a Caro. Me siento extraño: estoy en el Caribe, en un sótano tibio, leyendo sobre Caro, mientras Pabón cita al gran poeta español Gerardo Diego hablando de Caro, prueba de que tan bien se comunicaban las letras en Hispanoamérica hace cien años.
En los manuscritos encontré una foto de Malcolm, que nadie tenía en su memoria, olvidada en medio de muchos cuadernos de notas, un libro extraño en inglés sobre la Navegación del Canal del Dique en 1855, con mapa, un árbol genealógico de familias de Bogotá, cómics políticos, disertaciones de varios simposios, telegramas privados de Virgilio Barco, que seguramente le sirvieron para su libro, una cita inquietante de Nicolás de Maquiavelo.
La biblioteca de Malcolm era así: exuberante, insaciable, multiforme. Así de vasto era él también, cuando se adentraba, con pasión y método, en las múltiples capas de la historia. Salir del archivo fue como emerger de una conversación larga con un amigo que ya no está, pero que sigue haciendo preguntas. Tal vez eso es lo que queda de alguien como él.”
Porque estamos hablando de las colecciones especiales.
Y una biblioteca personal es una forma extraordinaria de conocer a alguien.
Los libros que una persona compra. Los libros que conserva. Los libros que subraya. Los libros que presta. Los libros a los que vuelve. Los libros que nunca termina. Todo eso cuenta una historia.
La colección de Malcolm no es solamente una reunión de libros sobre Colombia.
Es una especie de mapa de su curiosidad.
Y si algo aprendimos de él es que los detalles importan.
Por eso una biblioteca como esta no debería ser entendida como un depósito.
Es una conversación que continúa.
Cada libro puede preguntarnos:
¿Por qué Malcolm lo tenía?
¿Qué estaba buscando?
¿Qué había encontrado antes?
¿Qué relación existe entre ese libro y otro?
¿Qué pregunta lo llevó hasta allí?
Y entonces aparece algo maravilloso.
Durante sesenta años Malcolm estudió Colombia.
Ahora tenemos la posibilidad de estudiar cómo Malcolm estudió Colombia.
Y eso es precisamente lo que una colección especial permite hacer.
Y aquí entra mi libro
Hay una razón personal por la que este encuentro me resulta particularmente significativo.
Yo no fui discípulo de Malcolm. No fui su alumno. No fui su amigo de décadas.
Llegué a él desde otro lugar.
Llegué como periodista.
Como un outsider.
Y eso terminó siendo, quizá, una de las mejores cosas que podía pasarme.
Porque pude hacer preguntas que alguien que llevaba cuarenta años conversando con él quizá ya no hacía.
Pude preguntarle cosas elementales. Pude preguntarle por qué Colombia. Pude preguntarle por qué le interesaba el siglo XIX. Pude preguntarle por la violencia. Pude preguntarle por los presidentes. Pude preguntarle por Oxford. Pude preguntarle por sus libros.
Y, sobre todo, pude escucharlo.
Cuando comencé este proyecto, Malcolm estaba ya muy enfermo.
Las conversaciones fueron por Zoom, Meet, WhatsApp.
Yo sabía que eran conversaciones especiales.
Sabía también que probablemente eran de las últimas que tendría.
Por eso este libro terminó siendo algo distinto de lo que había imaginado al comienzo.
No terminó siendo solamente un perfil.
Terminó siendo una despedida.
Pero también una conversación.
Una conversación entre un hombre que había pasado sesenta años mirando Colombia y un periodista que intentaba preguntarle qué había visto.
Y en algún momento entendí algo:
yo no estaba solamente escribiendo sobre Malcolm.
Estaba tratando de entender Colombia a través de los ojos de Malcolm.
Por eso en el libro escribí que para mí no era solamente su vida.
Era la historia de Colombia contada por un testigo único.
El legado
Entonces, ¿qué queda de Malcolm Deas?
Quedan sus libros. Quedan sus estudiantes. Quedan sus amigos. Quedan sus fotografías. Quedan sus archivos. Quedan sus conversaciones. Queda su biblioteca.
Pero, sobre todo, quedan sus preguntas.
Y creo que esa es la verdadera medida de un intelectual.
No cuánto escribió. No cuántos premios recibió. No cuántas personas importantes conoció.
Sino cuántas preguntas dejó instaladas en la cabeza de los demás.
Después de leer a Malcolm, uno ya no puede mirar un municipio de la misma manera. No puede mirar una elección de la misma manera. No puede mirar una guerra civil de la misma manera. No puede mirar a un presidente del siglo XIX de la misma manera.
Y tampoco puede mirar la palabra “Colombia” de la misma manera.
Quiero volver a la escena inicial.
Un joven de 22 años.
Oxford.
Un mapa.
México.
Centroamérica.
Y Colombia.
Una casualidad.
O quizás una de esas casualidades que, vistas muchos años después, parecen destino.
Malcolm llegó a Colombia buscando un país que conocía principalmente por los libros.
Y terminó pasando sesenta años escribiendo los suyos.
Llegó como extranjero.
Terminó nacionalizándose colombiano.
Llegó buscando una materia para estudiar.
Terminó convirtiéndose en parte de aquello que estudiaba.
Y quizá la paradoja final sea esta:
Malcolm Deas pasó buena parte de su vida intentando entender Colombia porque sabía que no era fácil entenderla.
Y nosotros, los colombianos, tenemos todavía esa misma tarea.
Porque quizá el mayor legado de Malcolm no sea habernos dado una respuesta sobre quiénes somos.
Quizá sea habernos enseñado a desconfiar de las respuestas demasiado fáciles.
A mirar mejor. A mirar más cerca. A mirar los detalles. A mirar las regiones. A mirar los documentos. A mirar a las personas. A mirar nuestras contradicciones.
Y, sobre todo, a mirar Colombia sin creer que ya sabemos qué es Colombia.
Cuando Malcolm murió, en 2023, terminó una vida.
Pero no terminó la conversación.
Porque aquí están sus libros.
Aquí están sus preguntas.
Aquí está su biblioteca.
Y aquí estamos nosotros.
Tratando, todavía, de entender el país que un joven inglés encontró un día en un mapa.
Muchas gracias.
Diego Aretz
Diego Aretz es un periodista, investigador y documentalista colombiano, máster en reconciliación y estudios de paz de la Universidad de Winchester, ha sido columnista de medios como Revista Semana, Nodal, El Universal y colaborador de El Espectador. Ha trabajado con la Unidad de Búsqueda y con numerosas organizaciones defensoras de DDHH.
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