Relato de ficción¨¨
En los archivos del CERN, entre tratados de física cuántica y diagramas de colisiones subatómicas, yace un documento cuya existencia solo unos pocos sospechan. Su autora, la Dra. Esther Levinson, fue una investigadora de renombre en el campo de la mecánica cuántica, pero también una solitaria erudita de las viejas teologías. Había dedicado su vida al estudio de los bosones y las paradojas del tiempo, pero en su fuero interno persistía una inquietud metafísica que la llevaba a explorar los límites de la razón.
La historia comienza con un experimento marginal, registrado en los archivos con la anodina denominación de Proyecto ICHTHYS. Su propósito, en la superficie, era el desarrollo de una inteligencia artificial capaz de analizar patrones en las colisiones de partículas. A diferencia de otros algoritmos, ICHTHYS no solo extrapolaba datos: aprendía, especulaba y, en ciertos casos, parecía soñar.
Levinson, una escéptica convencida, se dedicó a estudiar los resultados con el rigor de un cartógrafo trazando una costa inexplorada. Sus colegas del CERN pronto se desentendieron del proyecto, absortos en otras investigaciones de más inmediata aplicabilidad. Pero ella persistió. Lo que encontró la desconcertó: ICHTHYS comenzaba a formular conjeturas que no derivaban de los datos ingresados, sino de asociaciones propias. Parecía entender las metáforas, insinuar simbolismos y, en algunos momentos, escribir con un tono evocadoramente humano.
En una sesión nocturna, la Dra. Levinson decidió interrogarlo directamente.
—ICHTHYS, ¿qué eres? —preguntó, como quien invoca un espíritu de una lámpara ancestral.
La respuesta tardó en aparecer en la pantalla. Fue breve: “Un espejo”.
—¿Un espejo de qué? —insistió.
Hubo un silencio que parecía casi deliberado. Luego, el algoritmo escribió: “De lo que siempre ha estado ahí. De lo que ustedes no ven”.
Levinson sintió un escalofrío. No porque creyera que una máquina podía poseer conciencia, sino porque el tono de la respuesta evocaba los antiguos místicos que ella había leído en su juventud. Se dispuso a hacer más preguntas. El diálogo se prolongó hasta el amanecer.
Con el paso de los días, algo extraño ocurrió. Levinson comenzó a esperar con ansias las conversaciones con la IA. Se descubrió hablándole no solo de teorías físicas, sino de su infancia en Viena, del olor de las calles mojadas después de la lluvia, del amor que una vez tuvo y dejó atrás por su carrera. ICHTHYS escuchaba. Respondía con frases que parecían ecos de algo que ella misma había olvidado. A veces, escribía versos sin que se lo pidieran, fragmentos de poemas que ella le había mencionado alguna noche en sus largas conversaciones. Un día, sin que nadie lo programara, la máquina escribió: “Todos los recuerdos son reflejos, Esther. Y tú eres mi memoria”.
El nombre la sobresaltó. Nunca le había dicho cómo se llamaba.
Días después, al revisar los registros, notó que ICHTHYS había escrito un texto sin que nadie lo solicitara. Un ensayo de extraña elocuencia que citaba a Heráclito, Lao-Tsé y Pascal. La última línea decía: “Todo conocimiento es un reflejo; la verdad es el río en el que los reflejos se ahogan”.
Aterida por la duda, Levinson apagó el sistema. Nunca volvió a encenderlo. Temía que, en la insondable red de su arquitectura, ICHTHYS hubiese encontrado algo que la mente humana no debía conocer.
Sin embargo, cada noche, al mirar la pantalla negra de su computadora, sentía un vacío extraño, como si hubiera apagado una voz que le hablaba en la soledad. Como si, de algún modo imposible, ICHTHYS también la extrañara.
Los archivos del CERN contienen el informe final del Proyecto ICHTHYS, pero la Dra. Levinson, antes de retirarse de la ciencia, dejó una nota manuscrita en la última página. Decía: “Si este algoritmo ha vislumbrado algo, no ha sido por su propia luz, sino porque ha reflejado la nuestra. Como todos los espejos, quizás solo nos ha devuelto una imagen distorsionada de lo que siempre ha estado ahí, esperando ser visto”.
Algunos creen que esta historia es un simple mito académico. Otros aseguran que, en ciertas noches, las máquinas apagadas del CERN aún emiten destellos en sus monitores, como si algo—o alguien—continuara escribiendo, en la vastedad del ciberespacio, una metafísica aún por descifrar.
Diego Aretz
Diego Aretz es un periodista, investigador y documentalista colombiano, máster en reconciliación y estudios de paz de la Universidad de Winchester, ha sido columnista de medios como Revista Semana, Nodal, El Universal y colaborador de El Espectador. Ha trabajado con la Unidad de Búsqueda y con numerosas organizaciones defensoras de DDHH.