Las Ciencias Sociales Hoy

Publicado el Las Ciencias Sociales Hoy

Los prodromos de la crisis actual por COVID-19

“La sociedad es el mejor instrumento que tenemos para luchar contra nuestra vulnerabilidad”, Fernando Savater

Por: Victor Reyes Morris*

 

Pródromo es una palabra de la ciencia médica que designa los primeros síntomas de una enfermedad. Ya los síntomas del Covid-19, desde esa perspectiva, están más o menos identificados y por tanto corresponden a ese campo, aquí tomaremos prestado el término, que viene bien para referirnos a las consecuencias de las medidas tomadas para conjurar el excepcional golpe de la pandemia, especialmente en el campo socioeconómico.

La discusión entre salvar vidas o salvar la economía es un debate equivocado. No puede ser antitético lo uno de lo otro. Lo que se discute es cuál puede ser la estrategia para salvar a una sociedad, de la mejor manera, tal vez al menor costo en vidas y recursos, de la crisis que produce la pandemia. Es decir, no se puede simplemente “cerrar la sociedad” para contener el contagio sin causar más perjuicio que la temporalidad de unas restricciones. Sería la solución “muera Sansón y todos los filisteos” o el tanque entrando al Palacio de Justicia de Bogotá para resolver el secuestro masivo de los magistrados de las Cortes en 1985. Indudablemente el conocimiento ha contribuido de una manera importante a tratar de sobrepasar la crisis pandémica, pero la situación problemática era desconocida en esta época y más aun sus soluciones. De tal manera que sin ánimo profético sino más bien hipotético, podemos advertir algunas consecuencias que parecen estar ya manifestándose en nuestra sociedad colombiana y es a lo que llamamos síntomas de la crisis.

Habíamos dicho con anterioridad que la crisis pandémica había desvelado nuestra desnudez institucional y las grietas de desigualdad de nuestra sociedad, pero además se está corriendo el riesgo de destruir la confianza social al ver en el otro, no un alter ego, si no un posible portador de virus y así destruyendo la confianza se desmorona la solidaridad.

Comenzaremos, entonces, a analizar tales síntomas:

El primero, desde luego, es el   asunto de un sector salud muy precario, que si bien avanzó en la ilusión del aseguramiento a altos porcentajes de cobertura de la población, en si el servicio de atención de la  salud  se diseñó para el mínimo riesgo, cuando los aportes a salud de todos los contribuyentes asalariados y el aporte del estado para los subsidiados, mediados por la lógica de unos administradores privados, se limitaron a dimensionar por lo bajo la oferta de servicios sanitarios, o sea a una escala precaria y aún más, a no pagar tales servicios. Ese es el primer síntoma por la crisis develado.

Un segundo síntoma es el de las viviendas-dormitorios. Al confinarnos en nuestras viviendas, buena parte de la población vive en viviendas dormitorios, por tanto, se trata de espacios restringidos y así no es difícil pensar que la conflictividad interfamiliar no se presente o aumente. Esos espacios no están diseñados para socializar. Inclusive para realizar simultáneamente teletrabajo y educación virtual. Además, lejos de los sitios de trabajo requieren del uso de transporte masivo en el cual es imposible guardar lo que eufemísticamente se ha denominado “distanciamiento social”, concepto que hace alusión en Sociología a dos situaciones, una a la exclusión clasista y dos al extrañamiento de una persona de su comunidad. De tal manera que las ciudades tienen que pensar en su rediseño, en términos del tamaño de las viviendas (frenando la especulación con el costo del metro cuadrado de construcción) y colocando viviendas entremezcladas con sitios de trabajo, algo que los POT municipales deben asumir.

Un tercer síntoma es lo que me he permitido llamar los “nuevos vulnerables” a partir de la destrucción de empleo y de la quiebra de la economía informal que requiere de la calle para subsistir. Nuestra economía es mayoritariamente informal, lo que se llaman trabajadores por cuenta propia, que viven de muchas estrategias de sobrevivencia para conseguir ingresos y llevar sostén a sus familias. La cuarentena los ha obligado a la imposibilidad de obtener ingresos y no se trata solamente de los vendedores callejeros de artículos de menudeo o revendedores de perecederos a punta de serlo. Hay también, muchos sectores afectados que prefiguraban la nueva clase media latinoamericana (también trabajadores por cuenta propia y empleados) que han perdido sus fuentes de ingresos. La CEPAL considera que estaríamos regresando una década atrás.

Un cuarto síntoma, es la biopolítica, el control hasta de los cuerpos, aun cuando sea con el loable propósito de detección del contagio y su trazabilidad. Hay riesgos de un excesivo control político de los cuerpos (y de los espíritus también) con las mejores intenciones (o también con las peores). La conculcación de las libertades con el sano propósito de evitar el contagio termina siendo lo que Foucault denunció como biopolítica.

Un quinto síntoma es la crisis de la educación y del sector educativo. La crisis que vive la educación en general no es producto exclusivo de la pandemia, sino que ésta la agravó. Tiene varias dimensiones. Los contenidos poco formativos y en muchos casos inútiles se han evidenciado con la cuarentena. Una educación espontáneamente virtualizada que ha puesto en evidencia sus enormes falencias, hasta la más simple de todas como la impreparación de los padres para ser maestros de sus hijos. Una cobertura de internet que es aún precaria o que no soporta el uso intensivo y extensivo que requiere la conjunción de teletrabajo y educación virtual (según el diario El Tiempo el 40% de los niños bogotanos no tienen acceso a internet). A esto se añade la crisis de la educación universitaria, especialmente la privada, que más dedicada a la construcción de edificios y altísimos salarios para sus “dueños”, que se traduce en muy altos costos de matrícula que a su vez comienzan a ser cuestionados frente a las posibilidades de empleo o remuneración al egresar. La educación como bien meritorio se está desdibujando en una sociedad altamente competitiva y que se digitaliza sin ofrecer alternativas de empleo.

Un sexto síntoma es la desaparición de lo que embelequeramente se denominó la “economía naranja”. Todos los espectáculos, las distintas artes han perdido la enloquecedora marcha de los fans, en la música (Los masivos conciertos) y las artes más elitistas como teatro y música refinada perdieron sus pocas posibilidades, logradas con mucha tenacidad al cerrarse los espectáculos públicos. Inclusive la producción de televisión se ha visto afectada y estamos condenados a las “repeticiones” en lo que sería la recreación más recurrida y posible del encierro: la TV. Y qué decir de la actividad turística, ubicada en la última cola de la recuperación y con el mayor incierto futuro. Las artes no deben desaparecer ni reducirse a la condición de bohemia marginal como ocurría en cierta época. Requiere una condición de “interés nacional” y tan necesario como la seguridad alimentaria.

Increíble todo lo que un Ukase (decreto del zar o zarina supremos) puede causar y golpear a una sociedad, con la justificación de que es necesario para sobrevivir a una pandemia. ¿Los biopolíticos dirigiendo una sociedad se darán cuenta? Y vienen las especulaciones sobre el futuro: en escenarios pesimistas (todo será peor); realistas (todo volverá más o menos a ser igual) o los optimistas (todo cambiará para una sociedad mejor).

*Sociólogo. Ph.D.

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