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El lado oscuro

«Las mentiras resultan a veces mucho más plausibles, mucho más atractivas a la razón, que la realidad, dado que el que miente tiene la gran ventaja de conocer de antemano lo que su audiencia desea o espera oír. Ha preparado su relato para el consumo público con el cuidado de hacerlo verosímil mientras que la realidad tiene la desconcertante costumbre de enfrentarnos con lo inesperado, con aquello para lo que no estamos preparados» Hannah Arendt.

 

Por Victor Reyes Morris

Sociólogo. Doctor en Sociología Jurídica.

El lado oscuro de la política utiliza un arma que ha sido muy analizada por muchos teóricos y analistas de la política: el miedo. Se ha convertido en un arma muy eficaz tanto para unir como para desunir a los ciudadanos. El diccionario de la RAE, define la ideología del miedo como la “perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño, real o imaginario”.

Llamo lado oscuro a un campo de la política cuya conformación corresponde a un ejercicio nocivo y manipulador de la conciencia ciudadana para obtener logros políticos, a banalizar el mal y a aprovecharse de los bienes públicos (corrupción).

Los psicólogos llaman a esa sombra de la personalidad, el lado oscuro como la manifestación de miedos, inseguridades, frustraciones, etc., que al reconocerse colectivos se convierten en instrumentos de manipulación de masas.

El miedo a un enemigo externo o interno que puede ser una amenaza real, o exagerada y maximizada o supuesta, es un recurso que puede dejar buenos réditos políticos especialmente de carácter electoral. Pero es un recurso que saca ese lado oscuro de los ciudadanos usualmente para dividirlos y estigmatizar a quienes se constituyen en factores del origen de ese miedo y muchas veces a admitir y ejercer la violencia propia contra esos otros indeseables o enemigos o en nombre de tales pretensiones. La historia está llena de situaciones de esta índole para ilustrar de qué estamos hablando.

Los casos más graves del siglo pasado (XX) son los genocidios contra pueblos, con el propósito de limpieza étnica, como en el caso de los armenios por los turcos, los judíos por los nazis, los tutsis por los hutus de Ruanda y otros más.

Pero también a nivel de la política menos dramática, especialmente la electoral, se ha utilizado el temor para obtener resultados electorales.

Han sido las formaciones políticas que se identifican con lo que la práctica política llama derecha, para nominar a las posiciones más conservadoras en una sociedad. Esto se explica quizás porque tal sector político ve amenazados sus privilegios o logros exclusivos y excluyentes y fácilmente se consideran interpretes del conjunto de la sociedad para establecer un enemigo ficticio o real, como lo fue el “comunismo” mucho tiempo, hasta la caída del bloque soviético. Sin embargo, regímenes supérstites como el cubano en nuestra América, régimen autoritario de partido único y estatismo dominante en la economía, producen narrativas de asustador riesgo, al agregarle la orientación del régimen actual venezolano, como ingrediente del “enemigo” que nos amenaza. Son los defensores del statu quo, que usualmente no se menciona, simplemente se asume y el objetivo es luchar contra la amenaza representada en otra corriente política opuesta.

Esta misma narrativa, quién lo creyera, se ha impuesto en la actual contienda norteamericana por la presidencia. La amenaza china y un supuesto “socialismo” se configura como relato amenazador del pueblo estadounidense. Atrás quedaron los temas de recuperación económica, empleo, manejo de la pandemia, cambio climático, etc. El lado oscuro parece dominar las elecciones norteamericanas de 2020, ojalá se logré superar y predominen los valores que los fundadores de esa nación estipularon como guía básica de un sistema democrático.

El asunto es que el lado oscuro crea sus propios relatos, aupado por noticias falsas (fake news), el insulto desabrochado en las redes, la llamada posverdad o el acomodo a intereses de la realidad, las famosas bodeguitas (o fábricas virtuales de desprestigio o de posicionar perversamente ciertas ideas). Tiende esa fórmula de “éxito” electoral o político a volverse recurrente, fundamentada en una teoría de psicología colectiva que considera las emociones como el gran secreto de ese éxito. Manejar las emociones, no importa cual sean, aconsejan muchos gurús del espectáculo electoral. Esas “bodegas” son una herramienta de posicionamiento de contenidos, que forman un grupo, por ejemplo, de whatsapp, para imponer tendencias en las redes, que muchos de los integrantes de estas creen a pie juntillas en los contenidos que propagan que por lo general favorecen a una causa política. Alternativo a esto existen los “bots” o robots que logran articular tendencias significativas en las redes, pero con la diferencia, las bodeguitas, de que se trata de personas naturales y no mecanismos electrónicos de opinión. Todos estos mecanismos manipuladores de la libre expresión son formas de socavar un sistema democrático, del más fuerte al más precario.

La pregunta es si ese lado oscuro es inherente al sistema político. Si entramos en una etapa en donde el discurso político solo debe propiciar odio identificador y fanatismo emocional, para tener éxito en un sistema competitivo de opciones políticas.

La filosofa Hannah Arendt al actuar como corresponsal del juicio al nazi Adolf Eichmann en Jerusalén (1961), acusado de ser el arquitecto de la solución final o exterminio de los judíos (holocausto), calificó la conducta de este hombre, como la banalidad del mal.  Con ello quiso significar que, en vez de calificar al hombre en juicio como un monstruo, Arendt acuñó la expresión «banalidad del mal» para señalar de manera expresa que algunos individuos actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen sin cuestionar sus acciones. Solo les interesa el cumplimiento de las órdenes que reciben sin medir sus consecuencias o entendiéndolas como efectos necesarios del cumplimiento de éstas. Esa “banalidad del mal” hace parte también del lado oscuro. La banalidad se refiere a considerar trivial, común, insustancial un acto que se asume o comete por malvado o dañino que sea.

El lado oscuro de la política está habitado por los impulsores del miedo y del odio, por la banalidad del mal y por la anomia de la corrupción (de la cual nos ocuparemos en otra ocasión). Dignificar la política como nivel de dirección de una Sociedad y del Estado es tarea de quienes se reclamen demócratas. Las autocracias tanto de derecha como de izquierda desprecian la democracia aun cuando se aprovechen de ella para acceder al poder. Dignificar la política es darle como objetivo el summum bonum (Kant) y no el summum malum. Es decir, tener como finalidad de su accionar el bien supremo o el máximo de bienestar para todos y no solamente evitar el mal supuesto. –

 

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