Las Ciencias Sociales Hoy

Publicado el Las Ciencias Sociales Hoy

Cárceles, estigma y derechos humanos

Por Víctor Reyes Morris.

Sociólogo Ph. D.

 Si en algo han fracasado las políticas públicas colombianas es en materia carcelaria, contando con la insensibilidad de la mayoría del pueblo colombiano frente a este asunto. En ese sentido estamos en un atraso cultural de concepción de lo punitivo que nos ubica, como a la mayoría de los países, apenas en los albores de la modernidad, en esta materia.

Ya Emile Durkheim (1858-1917), padre fundador de la Sociología, señalaba que el derecho punitivo daría paso al predominio del derecho reparador o restaurativo en el desarrollo de la sociedad moderna. Pero no hemos podido superar esa fase punitiva del desarrollo humano. La venganza social, propia de sociedades atrasadas nos caracteriza y las medidas correspondientes son dignas equívocas del aplauso popular. Muestra de ello es la reciente aprobación de la condena perpetua a violadores y abusadores de niños. Del presidente de la República para abajo, se unen al coro de quienes postulan como homenaje a la memoria de una señora senadora, el triunfo de que el Congreso se ocupara, en contravía de sensatas y autorizadas voces, de tamaño engendro regresivo. Es el mejor, claro y contundente reconocimiento (sin reconocerlo) del fracaso de la resocialización como política carcelaria.

El tema es además del hacinamiento que tenemos en las cárceles del país, es la nula posibilidad de resocializar a los encarcelados. El hacinamiento se ha mostrado en toda su intensidad con la pandemia del Covid-19. El peor escenario del contagio ha sido el hacinamiento carcelario. Alrededor de un 50% de la capacidad de albergar reclusos esta sobrepasada en las cárceles del país. De las cifras de población detenida (para 2019) que es de 189.579 el 32,5% está en detención domiciliaria. El porcentaje de hacinamiento es del 48 % según el INPEC.

El hacinamiento varía en los establecimientos carcelario según sean de primera, segunda o tercera generación lo que tiene que ver con el tiempo de construidos, los de primera generación que son los más antiguos, tienen hasta un 70% de hacinamiento y son los que mayor número de reclusos tienen y mayor deficiencia de habitabilidad. La más dramática expresión de ese hacinamiento es el número de contagios en cárceles (como las de Villavicencio, Neiva e Ibagué).

Pero el asunto que quiero plantear además del conocido hacinamiento que transcurre con pocas medidas de solución (una norma que permitía enviar a detención domiciliaria a un buen número de reclusos terminó en un fracaso de lentitud y enredo burocrático), es el de la resocialización y los derechos humanos de los privados de la libertad.

La resocialización que debería ser el norte de la política carcelaria es sólo una ilusión plasmada en documentos, ya sea del Consejo Nacional de Política Criminal curioso nombre) o del INPEC. Pero, además, cuenta con el beneplácito de las mayorías populares que desean más la venganza social que la justicia o las segundas oportunidades y la constitución de una sociedad en general con mayores oportunidades. Solo mirando el insólito resultado del famoso plebiscito por la paz (acuerdo Gobierno-Farc) de corroborar como expediente de castigo a las fuerzas guerrilleras, hizo fuerte mella en la conciencia de muchos ciudadanos.

Vigilar y Castigar parece ser el slogan favorito de muchos sectores de nuestra sociedad. Porque nos hicieron creer que no estábamos en un país de una sociedad abierta, (que Cundinamarca era totalmente diferente a Dinamarca) si no en un país de “patirrajaos” que solo entienden con rejo.

El sociólogo Erving Goffman (1922-1982)[1] incorporó al lenguaje sociológico el concepto de estigma, tomado a su vez de los griegos, que como el mismo explica en la antigüedad griega era una marca física en el cuerpo que se le colocaba a delincuentes y otros “anormales” para señalarlos, excluirlos y que sufrieran el escarnio social. Hoy en día para Goffman, el estigma es una identidad social para excluir y apartar a algunas personas de la estimación social y condenarlas a la marginalidad. Ese estigma de ser privados de la libertad, graduarlos y postgraduarlos en nuestras cárceles como tales, es todo lo contrario a la resocialización. Y eso son nuestras cárceles: entrenamiento para avanzar en la carrera delincuencial. No hemos podido dibujar, ni implementar una política seria de resocialización, con educación, trabajo, cumplimiento de los derechos humanos y crear oportunidades de reinserción en la sociedad. Si señores, los privados de libertad, también son sujetos de derechos humanos y a riesgo de parecer ingenuos es necesario reconocer sus derechos y no ser tratados como escorias de la sociedad, porque solo logramos conducirlos al mayor resentimiento y a confirmarlos en el camino único de la delincuencia como vida social.

Tres autores (Young, Taylor y Walton)[2] en una obra denominada La Nueva criminología señalan: “Debe quedar claro que una criminología que no esté normativamente consagrada a la abolición de las desigualdades de riqueza y poder y, en especial, de las desigualdades en materia de bienes y de posibilidades vitales, caerá inevitablemente en el correccionalismo. Y todo correccionalismo está indisolublemente ligado a la identificación de la desviación con la patología”. Con esta cita pretendo ampliar en su justa dimensión el asunto de resocialización no solo remitiendo a la corrección por la educación sino a ampliarlo a las condiciones objetivas que tienen que ver con una reinserción que dé garantías y supere las desigualdades y la falta de oportunidades. Un primer paso podría ser vincular el SENA al manejo de las cárceles colombianas. Algunas universidades ya tímidamente se han vinculado a algunos ensayos de resocialización.

El espantoso escenario del amotinamiento en 13 cárceles del país el 21 de marzo de 2020 que dejó 23 muertos y 80 heridos es la expresión de un profundo malestar no solo por el terror de la pandemia sino por el terrible hacinamiento y condiciones de habitabilidad y a la par (según el Gobierno) de una teoría conspirativa de plan de fuga masiva. Aun cuando la respuesta inicial de la Ministra de Justicia fue plantear medidas de descongestión de las cárceles, ésta no ha llegado.

¿Este ruido estruendoso y doloroso (son seres humanos y en Colombia hasta ahora no existe la pena capital) no daría para tomar en serio y propositivamente el problema de las cárceles en Colombia? .-

[1] Goffman Erving. Estigma. Amorrortu Editores. 1ª. Edición, 9ª. reimpresion. Buenos Aires, 203.

[2] I.Taylor, P.Young y J. Walton. La nueva Criminología. Amorrortu Editores. 1ra. Edición, 3ª. Reimpresión. Buenos Aires, 1997.

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