Mi primera media maratón, ha sido uno de los eventos deportivos que más he disfrutado en la vida. Llevar el dolor a un nivel tan alto y sobrevivir a sus latigazos, hace parte de esa extraña satisfacción.

Bogotá, 31 de julio de 2023. Bogotá fue el escenario de esta experiencia, en el que 38.000 atletas, procedentes de 48 países, la mayoría aficionados, transitamos algunas de sus principales calles. El tradicional ambiente de fin de semana, fue alterado por una gigantesca fiesta deportiva que, se realiza desde el año 2000.

Dicen que es la media maratón más importante de Suramérica, y a juzgar por la cantidad de participantes, su inmejorable logística con 4.200 personas, sus costos avaluados en 4.000 mil millones de pesos, así debe ser.

Jamás pensé hacer parte de este evento, pues nunca me llamó la atención correr. Me había hecho el sordo a todo el ‘ruido’, que siempre ha levantado la Media Maratón, hasta que me enganché con el atletismo, recientemente y, llegó el día de involucrarme en una actividad deportiva, distinta al ciclismo.

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Con las piernas en fuego

Al finalizar el evento, un encuentro con mis amigos Juan Pablo Murcia Fraile y Sebastián Tabares

La salida fue menos traumática de lo que me habían dicho. Me ubiqué en el grupo que tenía como objetivo, cruzar la meta en una hora y cincuenta minutos. El ambiente estaba impregnado de mucha adrenalina, gritos entusiastas y el sonido maravilloso de la marcha multitudinaria.

En el primer segmento del trazado, seguí la estela de un lazarillo, que guiaba con maestría a un hombre con limitación visual (ciego), hasta que nos extraviamos en algún punto, dónde avancé junto a un mini grupo guiado por un ‘pacer’, para luego saltar al ritmo de un gigante.

En el segundo segmento, entre calles 26 y 92, disfruté las calles de ‘honor’ de los miles de animadores, ubicados a los costados de la ‘pista’. En un punto, había tanta gente con silbatos, que me sentí en una etapa del Tour de Francia.

Condiciones de carrera

Con mi amiga y colega Jeanneth Espitia, antes de la partida

Desde el principio estuve abierto a adaptarme a las condiciones de la carrera, es decir, jugué a no ser tan estricto con mi estrategia personal. Así las cosas, los primeros 10 kilómetros, los corrí bien por encima de mi paso planeado. Tuve la oportunidad de recuperar en dos tramos, para luego volver a buscar más velocidad.

Aunque tenía muy claro que en algún momento pagaría esa insolencia. Dicho y hecho, fue en el kilómetro 15, en el que mis piernas empezaron a sufrir lo inimaginable. Tenía corazón, pero faltaban las piernas. Los siete kilómetros restantes iban a hacer mi verdadero calvario.

En cuántas me vi para sobrevivir al dolor en los cuádriceps, a los anuncios de calambres, a ese deseo de renuncia tan incisivo. Los cientos que había dejado a mi paso, empezaron a sobrepasarme como si fuera una revancha macabra.

Incluso, de nada me sirvió tratar de aguantarle a una de las hermosas mujeres, que deslumbraron por su tenacidad. En esos juegos ridículos de mi mente, me dije “si llego a la meta con esta mujer, es una señal divina que me casaré y tendré 10 hijos, con alguien así”. Pero me puso a morder el polvo y nunca la volvía ver. Asumí mis miserias.

Mordiendo el polvo

Mi hermano, en la plaza de eventos del Parque Simón Bolívar

Pero yo no era el único que sufría, la mayoría iban con lo justo también. Recuerdo con nitidez los gestos de dolor de un hombre, que se sostenía en una de las mesas, en un punto de hidratación. Una ráfaga de calambres, habían paralizado su pierna derecha.

La gente que salió a animarnos, decía con tanta facilidad “faltan dos kilómetros”, palabras que me taladraban emocionalmente. Hacía mucho tiempo, no sufría tanto en, apenas, dos mil metros. Un infierno.

“Un kilómetro, sólo falta un kilómetro”, y fue el kilómetro más eterno de mi vida. Pero siempre encontré la voluntad para no parar. Estoy seguro que si tenía cuentas pendientes por pagar con la vida, en ese momento adelanté una buena cuota.

¿De dónde sale esa voluntad? Tal vez, es la experiencia en el manejo de umbrales de dolor de exigencia, vividos intensamente en el ciclismo. El orgullo. La vanidad. El honor. Lo bueno y lo malo. “Me sacan muerto”, pensé, cuando me moría a cada paso.

Pasé la meta “escuchando borroso”, como dice una amiga, con el cuerpo magullado y lleno de sal. Por eso decía, que es el evento que más he disfrutado, porque sobrevivir a una crisis, es siempre una victoria.

Mientras tanto, el marroquí, Omar Chitachen, muy seguramente ya estaba de viaje a África, pues se había impuesto con un tiempo 1:03:51. Tal vez, compartiría la misma sección en el avión con la etíope Daisy Kimeli, ganadora entre las mujeres con un registro de 1:15:13.

Al final, cumplí mis objetivos trazados, a pesar del cambio de mi estrategia, arrastrado por esa avalancha de corredores. Logré un registro personal, que me tomará un tiempo superarlo: una hora y 47 minutos, puesto 1790 en la clasificación general y posición 469, en mi categoría de veteranos.

De regreso a casa, el taxista se burló de mi crónica y lo único que acerté en replicarle, con el buen humor que había quedado, fue “pagué por sufrir y fui muy feliz”.

Nota: Energizante encuentro con algunos amigos, colegas y familiares, aliados en estos proyectos, que solamente nos deja mucha satisfacción.

Escrito por César Augusto Penagos Collazos

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