La droga, ¿y Colombia?

Publicado el Jorge Colombo*

Llamado a la cordura

En estos últimos días en el mundo occidental se hace un llamado a la cordura. No se trata esta vez de aquel grito de una muchedumbre exigiendo que pensemos en los niños o exclamando ¡dónde quedaron los valores morales!  Buscando a que se les indique a dedo un chivo expiatorio para apedrear. No se trata esta vez entonces de una muchedumbre exigiendo una respuesta simplista a un problema complejo.

¡No! Esta vez son los liberales que perdieron las riendas de sus democracias: disparidad rampante en la distribución de las riquezas, rechazo a la ciencia y a la academia. Discursos discriminatorios hay por todo Occidente. Son la razón, la igualdad ante la ley, la solidaridad, la pluralidad y la soberanía del pueblo, todos pilares fundamentales de nuestras constituciones los que se ven amenazados. El llamado es casi un discurso reaccionario.

Veamos lo que esta pasando con el problema de la droga y pongámoslo en perspectiva con lo ya dicho.

Cualquier colombiano que tenga el tiempo de sentarse a pensar (de derecha, de izquierda, conservador, liberal, de centro; en fin, de cualquier posición política) entiende que el problema de la droga tiene un impacto en el país que va más allá de los indices de consumo. Y el que no vea esto le debe bastar con mirar lo que esta pasando con la Dirección Nacional de Estupefacientes y preguntarse por qué esta pasando. Pero aunque hay consenso entre científicos, especialistas de la salud, escritores y muchos políticos a la hora de identificar el impacto negativo, los ciudadanos y los legisladores de nuestras democracias se reúsan a entenderlo.

¿Cómo se relaciona esto con la pérdida de nuestros valores fundamentales tales como la razón? Semana tras semana salen estudios que van en contravía con nuestra política anti-drogas (por ejemplo). El Prof. y Dr. David Nutt en Inglaterra [1] dio a conocer un nuevo escalafón de peligrosidad de las drogas. Esta vez incluyendo tanto el daño que estas acarrean en el usuario como en la sociedad. El nuevo estudio pone las «drogas sintéticas» muy por debajo de muchas otras, como el alcohol y el cigarrillo, en lo que corresponde a los daños que su consumo acarrea en otros. ¿Y qué nos toca oír como declaración del mejor policía del mundo? «Las drogas sintéticas son la nueva amenaza mundial». Claro, algo similar hemos oído una infinidad de veces.

En lo que probablemente es el mejor estudio publicado hasta la fecha sobre drogas, «The Consumer Union Report on Licit and Illicit Drugs» (1972), se explica «casi todos los efectos perjudiciales que comúnmente le atribuimos a los opiáceos, de hecho, parecen venir más bien de las leyes anti-narcóticos». Resumo: los moralistas dicen que las drogas destruirán tu vida, la sociedad y sus legisladores responden ¡Amén!. Así pues, la influencia de la DEA se encargará de hacer que las palabras del General Naranjo se conviertan en realidad [2] (al menos que hagamos algo al respecto).

Sigamos. ¿Cómo se relaciona el impacto del problema de la droga con la perdida de nuestros valores fundamentales tales como la soberanía del pueblo?  Se votó el referendo sobre la legalización de la marihuana en California, y gracias a él hemos podido repasar la posición de muchas figuras de autoridad en Colombia respecto a la guerra contra las drogas. Digo repasar pues, contando pocas excepciones, no vimos aporte alguno.

La posición dominante es la de Antonio Caballero, que me tomo el atrevimiento de resumir así: aunque la droga contra las drogas es un desastre, a Colombia no le corresponde tomar iniciativa alguna pues no es un país soberano. Como ya lo he mencionado en una entrada anterior, para las personas que tienen esa convicción, el ¿cual iniciativa podría Colombia tomar? o el ¿cómo la podría tomar?, son preguntas que no merecen consideración alguna, pues cualquier conclusión sería impracticable.

Es probable que un colombiano que haya vivido por un buen tiempo se haya acostumbrado a ver su país arrodillado ante la voluntad de los gobiernos de otras naciones más exitosas. Ya no les molesta someter su dignidad, pues el tiempo les ha enseñado a escudarse detrás de una versión criolla del Realpolitik, y  su impotencia la justifican con cinismo. Otros llegan a la misma conclusión bajo el argumento «la soberanía ha cambiado sus términos porque ya son muchos los problemas que no pueden manejarse desde el gobierno nacional». Así, ante la pregunta: ¿entonces que podemos hacer los que entendemos que la guerra contras las drogas es una catástrofe? Se nos responde algo tipo: «nada, eso es un problema que deben resolver otras naciones primeros.».

¿Acaso por qué esas otras naciones sí son soberanas? No en lo que corresponde a la política antidrogas como ya lo mostraré más abajo.

Ahora, ¿cómo se relaciona el impacto del problema de la droga con la perdida de nuestros valores fundamentales tales como la solidaridad? Con posiciones inclementes. Algunos conservadores (de derecha o de izquierda) relegan todas las consecuencias desastrosas de la guerra contra las drogas a un segundo plano. Explican que todos esos efectos secundarios de la guerra contra las drogas (complicar las consecuencias del consumo, enriquecimiento de mafias, ingobernabilidad de estados pobres…) están subordinados a otras cuestiones. Básicamente su posición es la siguiente: el enfoque correcto es el de la guerra contra las drogas, el hecho que no funcione es un síntoma de una descomposición social aún mayor, es la descomposición que surge de la falta de educación, de una «profunda crisis de gobernabilidad que golpea a nuestros Estados» (o hasta del vacío espiritual que genera la sociedad de consumo y el modelo capitalista). Así, ante la pregunta: ¿entonces que podemos hacer los que entendemos que la guerra contras las drogas es una catástrofe? Se nos responde algo del estilo: «deje el vicio, usted lo que quiere es justificar sus debilidades, hay  que preocuparse por cuestiones más profundas ¡Mano dura es todo lo que necesitamos!»

Y así, entre los que renuncian a la soberanía y los que ridiculizan la preocupación por el problema de la droga, han logrado convencer a la mayoría que las consecuencias indeseadas de la política internacional de control de estupefacientes son estructurales: toca vivir con ellas y no hay nada que hacer al menos que se reorganize todo el orden internacional.

Uno puede entender que nuestros gobernantes tengan una posición que relegue la cuestión de la guerra contra las drogas: la mayoría de la población tiene una posición en contra de la legalización y a muchos intelectuales no les parece una cuestión sobre la cual haya que tener una opinión clara, luego los gobernantes no pueden alienar a sus constituyentes ejerciendo un liderazgo que nadie les ha pedido [3]. Pero resulta inexplicable que los que se muestran tan críticos de la política anti-droga de los gobiernos que hemos tenido, en términos prácticos lleguen exactamente a las mismas conclusiones que esos gobiernos.

El debate sobre el tema de las drogas ya esta resuelto: hay que reestructurar por completo el modelo de control internacional de estupefacientes, reemplazándolo por uno basado en el del tabaco pero más estricto. El consenso es tan contundente que esa posición no esta alineada ni con la izquierda ni con la derecha ni con el centro. Es un hecho simple y claro. Y aunque siguen lloviendo estudios que sugieren tal conclusión, los moralistas los ridiculizan pues no creen en la ciencia ni la razón.

Lo que toca tener en cuenta es que una cosa es admitir el fracaso de la guerra contra las drogas y otra es acceder a algún cambio de enfoque  El 65% de los gringos esta de acuerdo en que la guerra contra las drogas ha fracasado, pero menos de la mitad estaría de acuerdo con la legalización (así sea sólo de la marihuana).

Este llamado a la cordura no es solo para que pensemos en la guerra contra las drogas. Es para que pensemos sobre lo que significa pluralidad e igualdad ante la ley. Para que pensemos si esos dos principios son sólo embelecos o más bien principios fundamentales sin los cuales nuestra sociedad no funciona.

¿Qué tan legitima o que tanto espacio tiene la política anti-drogas en nuestras democracias liberales? ¿Qué sentido tiene que en nuestras sociedades se criminalizen a los usuarios de marihuana? Pregúntese usted ¿cuanta gente estaría de acuerdo en no criminalizar a violadores, a asesinos o a traficantes de humanos?  ¿Llegaría acaso a más del 1% de la población? ¡Obviamente no!

Es que acá no estamos hablando de un beneficio social como el seguro de desempleo o del derecho a adoptar, ¡estamos hablando de la ley criminal! Si a más del 40% de la gente le parece que la marihuana se debería legalizar (como ahora pasa en los Estados Unidos), ¿que tan legítima es la ley que criminaliza las actividades alrededor de su consumo?

¿Si se deben someter a referendo las leyes que establecen quien entra al sistema judicial como criminal y quien no, se esta de verdad en un democracia liberal y pluralista? ¿Que pasó entonces con los legisladores? Seguramente, cuando el consumo y la producción  sean regulados y el problema de la droga no sea más que un fastidio como lo es hoy el del alcohol, se usará todo lo que hemos vivido para darle un ejemplo a la gente de la necesidad de seguir esos principios fundamentales como lo son la pluralidad, la solidaridad y la igualdad ante la ley.

Notas

[1]: El Dr. Nutt se hizo famoso el año pasado por decir la verdad y entonces ser despedido de su posición como jefe del Consejo de Asesores Sobre el Abuso de Drogas.

[2]: Pero no podemos ensancharnos ahora contra el General Naranjo, el es un excelente policía: hace lo que la ley le exige. En lo personal me entristece que la valentía y la entrega de nuestros soldados y policías se vean mal enfocadas a raíz de unas leyes mal concebidas.

[3]: Loable es la valentía de Aura Lucía Mera.

Esta gráfica es tomada del articulo en la BBC sobre el último estudio del Comité Científico Independiente sobre Drogas de Inglaterra.

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