En medio de grandes diferencias, Trump y Petro tienen unos puntos en común, no por lo que
piensan, sino por su modo de ser y de verse a sí mismos. Ambos hablan, se comunican en términos
de amenazas; se presentan amenazantes. Sin embargo, las razones para ello, son bien diferentes.
Trump lo hace para demostrar que él es dios que manda, sumido en sus ataques permanentes de
vanidad; pero cuando de negocios se trata, aparece su elemento pragmático es un duro para
conseguir la rebaja que busca, lo que más le importa. El poder para él, se traduce en plata; lo dice
y lo practica. Sea Groenlandia, sea Venezuela, su motivación y ambición no cambian, rodeadas de
una vanidad y de una suficiencia pocas veces vista. Su procedimiento es pedestre pero efectivo,
ofrecer barato para luego mejorar la propuesta inicial y salir ganando; la otra parte también
considera que ganó, porque le mejoraron algo la oferta inicial. Pero ojo, no es un gana – gana
entre iguales, sino el señuelo para que el más débil muerda el anzuelo del más fuerte y accede al
negocio, donde el poderoso se quedará con la tajada grande.
Las invitaciones presidenciales de Trump, le cambian a sus invitados a su actitud y sus
declaraciones sobre el Presidente. Ejemplos destacados de esto, son Delcy Rodríguez y Gustavo
Petro. Lo de Delcy parece como si hubiera sido cuadrado a espaldas de Maduro, a partir de
reconocer que el camino se había agotado y el gobierno estaba cada vez más vulnerable y
amenazado. Trump es claro en afirmar que controlará a Venezuela, el tiempo necesario para,
según él, defender y apoyar los intereses de los inversionistas norteamericanos. Y Delcy observa
en silencio.
Petro por su parte es más abstracto, se mueve en el nivel del discurso. Considera que Trump, más
que un peligro para Colombia, en lo que tiene razón, lo es para la vida, la biodiversidad y la
naturaleza. Un planteamiento impecable que como seres humanos, en principio deberíamos
apoyar con entusiasmo, pero tiene un problemita pues, más allá de ser un discurso ampuloso,
dirigido en general a la Humanidad y a la defensa de vida en el planeta, no convoca ni orienta a la
acción. Es un diagnóstico vago, que nada dice sobre la manera de aterrizarlo, de concretarlo;
queda reducido a un vistoso fuego de artificio y nada más. A eso se reduce Petro en política, a
pesar de tener más o menos la tercera parte del electorado. Esa no es la luz fuerte y constante
que necesita Colombia para abordar los grandes temas de la sociedad, que son grandes por su
importancia, pero que deben formularse y ejecutarse de manera concreta, aterrizada; no es tarea
de caudillos iluminados sino el esfuerzo ciudadano, políticamente organizado. Por ello, urge una
política para abordar y transformar esas realidades. El camino no es revivir la política de hace
cuarenta o cincuenta años. El Estado, la sociedad y los ciudadanos, con sus problemas y desafíos,
pero también sus posibilidades, ya no son los mismos de entonces. Es fácil decirlo, pero
necesitamos, nos urge, una política para los nuevos tiempos que vivimos. Me pregunto
¿estaremos dando los pasos necesarios, no solo en Colombia, para que esos cambios, que no son
milagrosos, se empiecen a darse o estaremos condenados a caer en otras “manos providenciales”?
Esa es la gran pregunta respecto a la campaña electoral en que ya estamos embarcados. La tarea
ahora, es ponernos la mano en el corazón, gastarle un tiempo a pensar por quién y por qué vamos
a votar. Lo primero es que no podemos seguir decidiendo nuestro voto, en el último momento,
algo que no hacemos ni para decidir nuestro almuerzo y las elecciones son más que un almuerzo.